AC/DC, la vejez y el rock and roll. Escucha la columna aquí:
El viernes de la semana pasada quedé de verme con Raúl Mejía en la cantina La Enramada. Es un viejo tugurio que gozaba de buen prestigio, pero últimamente todo es tan caro y hostil que no merece la pena de ser visitado. La cita era a las 2:45 y el escritor arribó 15 minutos después. Eso es algo inédito, pues se trata de un viejo ideoso que pregona la absoluta puntualidad al grado de siempre llegar 20 minutos antes para que sea imposible derrotarlo.
Aguardé pacientemente mientras Satanás, el cantinero, me servía a regañadientes una botella de agua mineral. Él no lo sabe, pero mi ingesta alcohólica se ha reducido a casi cero en los últimos dos años. Cuando pasaron 14 minutos me preocupé por Raúl, quien suele viajar en motocicleta como si fuera uno de esos hardrockeros de los años 80. Estaba por llamarle cuando entró con casco en mano y un rostro ligeramente enrojecido.
“Perdón, ¡me quedé dormido!”, fue su sincera explicación ante la demora. Raúl Mejía es un feliz y millonario pensionado, de esos que mi generación ya no alcanzará a ser. Su única preocupación es cuidar a su nieta en Toluca y escribir las columnas más populares de este mismo portal, además de conducir un podcast mañanero todos los miércoles. Y claro, escribe libros que están disponibles en Amazon.
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Raúl se quedó dormido al mediodía del viernes porque puede y quiere. No dudé en decirle cómo lo envidio y cómo deseo tener una vejez similar. El asunto de la edad comienza a atormentarme a tal grado que ya estoy previendo todo el lío de las Afores, así como revisar si aspiro a algo por ser “generación de transición” en el Seguro Social. Hace algunas semanas la nutrióloga me dijo: “Si no quieres ser un viejo al que le limpien el culo, come bien, haz mucho ejercicio y sigue sin beber”. Dejar de ser joven es algo que pesa, sobre todo cuando usaste tus mejores años en fiestas, drogas alcohol y diversión.
Ser un viejo como Raúl Mejía se traduce en una vida tranquila, sin apuros económicos. Una etapa dedicada a la creatividad, el ocio y el cuidado de la familia. Quedarse dormido cuando se te dé la gana para luego despertar y ponerte a escribir una columna o tu próximo libro.

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Angus Young acaba de cumplir 71 años, prácticamente los mismos que Raúl Mejía. Cuando era un veinteañero, a mediados de la década de los 70, se juntó con sus hermanos[1] para hacer una banda de rock en Australia a la que le pusieron AC/DC. Una de sus primeras tocadas la tuvieron en un pub llamado Station, en el que el sonido era rudimentario y el público escaso, pero Angus ya era una bestia sobre el escenario. “Ninguno de los allí presentes podía entender de dónde brotaba aquella energía que gastaba Angus”, escribe Mark Evans en el libro Dirty Dees —Actas Profanas—, su testimonio sobre la etapa en que se convirtió el bajista de ese naciente grupo de hard rock.
Malcolm Young, considerado el cerebro de AC/DC, murió en 2017 luego de emprender una dura batalla contra la demencia. Su vejez no pudo ser buena, en parte por los abusos al alcohol y otras sustancias. Había dejado al grupo desde 2010 y todo el peso cayó en Angus y Brian Johnson, el agudo vocalista que no tuvo problemas para reemplazar al también leyenda Bon Scott, quien colgó los tenis en 1980, a la escasa edad de 33 años. Una congestión etílica le evitó ser viejo y ahorrarse un montón de problemas, aunque también lo privó de las posteriores glorias de la banda.
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El sábado 11 de abril, un día después de encontrarme en la cantina con Raúl Mejía, viajé a la Ciudad de México para cumplir un sueño de chavorruquez: ver en vivo a AC/DC. Compré mi boleto con meses de anticipación y elegí la parte de arriba en el Estadio GNP. Ni en broma podría soportar la llamada Sección A, en la que hay que permanecer de pie unas tres horas previas más las dos que dure el espectáculo. Además, hay que pagar una cantidad de plata bastante grosera.
El año pasado cometí el error de comprar en la sección B —también a nivel de piso— el boleto para ver a Oasis. La idea de estar parado tanto tiempo y las probabilidades de lluvia me hicieron desistir y terminé por venderle mi boleto a un amigo que en verdad ama a esa banda. A mis casi 50 años he renunciado a cualquier cosa que implique tantos sacrificios físicos, como poner en peligro la espalda, la ciática y ahora las rodillas, las cuales están hechas mierda por correr un medio maratón.
Como a eso de las 8:15 de la noche estaba en mi butaca asignada. La vista era muy buena, pues el escenario quedaba justo en frente. Pero vamos, es un puto estadio y todo está muy lejos. Quienes acuden a estos conciertos masivos se deben de conformar con ver las pantallas gigantes, a menos que compres en la sección A y acampes durante mil horas o, mejor aún, te consigas una zona VIP.
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Justo a las 9:00 la leyenda australiana salió al escenario para tocar If you want blood you got it y Angus Young estaba ahí, con su pantaloncito escolar que lo ha marcado en toda su trayectoria. Fueron 21 temas sin parar y un solo de guitarra brutal, en el que el viejo se dejó poseer por el demonio del rock and rol para interactuar con más de 65 mil fanáticos. Angus se arrastraba en la tarima, hacía sus clásicos pasitos al frente y retaba al respetable a ver quién se cansaba primero. Creo que ganó la batalla.
Brian Johnson es todavía más viejo. El 5 de octubre cumplirá 79 años y su voz, aunque gastada por razones obvias, es lo suficientemente estruendosa para martillar los oídos de sus fanáticos. Sí, en temas como Highway to Hell se nota el paso de los años, pero el hombre sigue rockeando con la misma energía que cuando se integró a la banda en 1980. La vejez de este tío ha tenido sus complicaciones: hay que acordarnos que en 2016 abandonó el grupo por problemas de sordera dejando su lugar al lamentable Axl Rose. Por fortuna, regresó a casa y ha superado sus conflictos en el oído, provocados en parte por su afición a las carreras de autos.
Cuando se terminó el concierto regresé a Morelia en un autobús de esos que organizan el viaje redondo al evento. Terminé devastado por un día entero en el que prácticamente no hice nada más estar sentado, caminar, estar de pie, escuchar rock and roll y volver a sentarme para tratar de dormir, cosa que ya no logro en los autobuses. Al siguiente día todo me estaba doliendo y entendí que nunca llegaré a ser un viejo como Raúl Mejía.
Y mucho menos un viejo como Angus Young o Brian Johnson.
[1] George Young tocó el bajo mientras la banda tomaba forma, pero pronto los dejó para ser un padre de familia.