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—¡Ay, mijo: lo está pisteando una bruja!*

Bruja

Tenía, por dar una edad exacta, unos nueve años y ya dormía en mi habitación de maderas recogidas, en mi cama, con mi repisa y mi televisor culón. Papá y mamá me enseñaban a dormir solo —y ellos reanudaban su dormir junticos—. Que para ese entonces pensara que los dinosaurios vivían detrás de la cerca del ganado no creo que influyera en mi patente horror de la noche en que una bruja robara los costales repletos de café de papito.

¿Cómo no la escucharon levantarse, ¡sin ayuda!, dos costales que ni el trabajador más grande y hombrón levantaba sin ayuda? Y ¿cómo papá y mamá no la escucharon descargarlos sobre mi techo de tejas y levantarlos y soltarlos, y levantarlos y soltarlos, haciendo temblar el maderamen brutalista, anexado a un lateral de la casa, como una tienda de campaña a tiempo indefinido?

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Yo, mordiendo la cobija de Pooh, sudando goticas de electrocutado y pidiéndole al ángel custodio que no dejaba caer a un niño que perseguía una pelota tirada a un riachuelo, terminaba por ir a acostármeles y a aguzar el oído para ver cuánta fuerza hacía para alzarse los costales de papito y devolverlos al acopio.

***

Salí carrereado, cogido de la noche, para ganar tiempo y verme las novelas antes de dormir. A los pocos minutos ya me desvestía en la pieza de mamita. Quitándome las medias —y el canal en propagandas— escuchamos pasos en el techo. Silenciamos el televisor y nos concentramos a descifrar si eran de animal —gato o perro (había que abarcar todas las posibilidades) — o de humano.

—¡Lo persiguió una bruja! —me condenó mamita abriendo los ojos desde el rincón de su cama…

Yo me tiré al piso —temiendo que abriera un hueco y me enganchara— y me deslicé hasta donde mamita. Le resumí mi carrerón, la soledad de la calle y de la casa que venía.

—Pero no más…

—¡Ay mijo: lo está pisteando una bruja! ¡Ande con escapulario o lo pierde en el monte!

Los pasos se aplacaron, subimos el volumen del televisor y rezamos viendo la novela.

El papá mío tenía la edad de seis años y vivía en una vereda llamada Bejuquillo en Mutatá. Entonces él salió a hacer chichí en la noche; cuando él salió —él vivía en una finca diagonal a un cementerio— él vio que había como un bulto blanco, y cuando ese bulto blanco se movió y le pasó por el lado ¡y él sintió un frío en el cuerpo!… Tonces él se fue corriendo y se puso por la puerta de la casa pa ver el bulto… Y cuando el bulto llegó hasta la puerta del cementerio de ahí pallá mi papá no pudo ver más.

***

Le pasó a mi tío Hetor: eso hace por ahi… (yo tengo cuarenta)… eso hace por ahi, yo tenía por ahi diez años…

Hace treinta años en la vereda El Pedregal existían mucho las señoras que eran brujas, pero brujas de verdad; las brujas de por allá se le aparecía mucho eran a los hombres… Mi tío Hetor le gustaba mucho tomar aguardientico y donde vivíamos era una finca; en ese tiempo la llamaban la finca Los Mataperros –por otra historia que pasó allá.

Mi tío siempre, como ese camino era, la entrada de la finca eran tan sola, él tenía que pasar dos quebradas, y él siempre, pasando la primera quebrada, una mujer se le burlaba y se le burlaba en la cara. Él contaba que el pasaba y se le paraban los pelos, y una mujer eran ahí en la quebrada en una piedra grande y burlándosele; ¡y él salía corriendo y hasta la borrachera se le quitaba!

Y cuando llegaba a la casa —él dormía en la casa vieja, en una de las habitaciones que ahí siempre se ha escuchado cosas— él amanecía sin calzoncillos y envuelto en la cobija, y los calzoncillos en el techo.

* de la oralidad y del imaginario antioqueño y chocoano de Colombia

Valle de Aburrá, julio-agosto de 2023

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