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¿De dónde viene la tristeza de Juan Rulfo?

Cualquiera que haya leído a Juan Rulfo puede darse cuenta de la inmensa tristeza que habitan en sus relatos. Desde relatos como “Diles que no me maten” hasta la despoblada “Luvina”, los textos Rulfo muestran una desolación que, si se lee en soledad, sin ruido, resulta en una experiencia dolorosa. Sin embargo, pocos saben de dónde se origina esa melancolía.

 

Juan Rulfo nació en una familia rica. Su abuelo paterno era abogado, mientras que su abuelo materno era un conocido hacendado de Apulco, un pueblo situado en una barranca de San Gabriel, Jalisco. Tan adinerada era la familia de Rulfo, que su abuelo materno fue el encargado de la construcción de todos los edificios importantes del pueblo, como el puente y la iglesia.

 

Pero, cuando Juan Rulfo apenas tenía 6 años, su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, y su abuelo, el licenciado Perez Jiménez, tuvieron un conflicto por tierras y ganado con Guadalupe Nava Palacios, hijo del presidente municipal de San Gabriel. Se dice que Guadalupe le disparó por la espalda al padre de Juan. Se dice también que el tiro fue tan certero que entró por la nuca y salió por la punta de la nariz. La noticia se dio a conocer en El Informador el 6 de junio de 1923, cuatro días después del altercado. Debido a la posición política de su padre, Guadalupe quedó impune.

 

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En 1926 iniciaron las batallas de los Cristeros. Además de ser desplazados a San Gabriel a la fuerza, la familia de Rulfo perdió casi toda su fortuna.

 

En ese entonces el autor de Pedro Páramo estudiaba en el colegio de las Monjas Josefinas de San Gabriel, hasta diciembre de 1927, cuando su madre, María Vizcaíno, también se fue de este mundo a causa de un infarto. 

 

Debido al fallecimiento de sus padres, Rulfo quedó al cuidado de un orfanato. Juan diría que ese lugar era en realidad una correccional. Era el único orfanato que existía en Guadalajara. El sitio, más que ser un orfanato en toda regla, operaba como una correccional. Las familias ricas internaban a sus hijos ahí cuando estos ya representaban un problema, a la par, los huérfanos eran enviados ahí.

 

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Entre pandillas violentas y una disciplina carcelaria, Juan Rulfo tuvo que sobrevivir por años. El autor reconoció que fue en ese orfanato donde inició su tristeza. 

 

“Lo único que aprendí fue a deprimirme. Fue una de las épocas en las que me encontré más solo… en donde conseguí un estado depresivo que todavía no se me puede curar”, dijo Rulfo muchos años después en una entrevista para el programa de televisión A fondo.

 

Juan Rulfo ubica aquellos días como los peores de su vida, pues antes era un niño alegre, pero a partir de esos sucesos traumáticos tuvo que aprender a vivir en aislamiento. Él mismo llegó a decir que le tenía pánico a las multitudes y prefería estar solo. Cuando Joaquín Soler Serrano le preguntó si es más feliz cuando está solo, Juan respondió “Exactamente. He aprendido a vivir con la soledad. Es una gran amiga”.

 

Es por eso que, al leer a Juan Rulfo, ya sea en El llano en llamas o Pedro Páramo, es inevitable sentirse desolado, como si los fantasmas de Rulfo poblaran las páginas de sus libros.

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