Los argentinos dirán que en su país inicia Latinoamérica y termina en México, los mexicanos responderán entonces que inicia en el Río Bravo y termina en la Patagonia (los chilenos tendrán otra opinión); pero, sin importar sus diferencias ideológicas, políticas o hasta sociales, ambos países pueden presumir que tuvieron entre sus connacionales a dos grandes de la literatura universal.
El 4 de diciembre de 1973, Jorge Luis Borges vistió por primera vez México para recibir el Premio Internacional Alfonso Reyes. En ese punto, el autor de El Inmortal ya había perdido gran parte del sentido de la vista, aunque se dice que aún podía distinguir sombras y luces. Durante su estancia se encontró con el escritor Miguel Capistrán, quien lo había convencido de acudir personalmente a México para recibir el premio.
Como protocolo, se encontró con políticos e intelectuales, hasta con el presidente de México, Luis Echeverría. Los periódicos publicaron el encabezado “Borges está en México”, y desde que abrió la puerta del vuelo donde venía Jorge Luis, una avalancha de reporteros y fotógrafos le rodearon.
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Durante su visita también estuvo presente en una charla literaria en el Salón El Generalito del Antiguo Colegio de San Ildefonso, junto a Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Juan José Arreola. El encuentro con el tercer Juan sería solicitado por el propio Borges, ese era, sin duda, Juan Rulfo. A petición de Borges, el encuentro tuvo lugar una tarde, y del mismo se pudo rescatar la siguiente conversación.

El encuentro
Rulfo: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.
Borges: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos “maestro”, dígame Jorge Luis.
Rulfo: ¡Qué amable! Usted dígame entonces Juan.
Borges: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
Rulfo: No, eso sí que no. Juan cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
Borges: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?
Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
Borges: Entonces no le ha ido tan mal.
Rulfo: ¿Cómo?
Borges: Imagínese, Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
Rulfo: Sí, ¿verdad? Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera vivo.
Borges: Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
Rulfo: Así ya me puedo morir en serio.
La conversación, llena de capas de significado, deja ver cómo dos genios se entienden en un diálogo enigmático.
Borges volvería a México un par de veces más, en su tercera visita, en 1981, el autor viajó a la ciudad de la Cultura y participó en el primer Festival de Poesía de Morelia, de lo que hacen falta más fotos, por cierto.
Ambos autores se fueron de este mundo en 1981, con tan solo seis meses de diferencia.