Icono del sitio Revés Online

Mal de Amores: la serie que cuestiona cómo amamos en la era del swipe

Mal de amores

Netflix acaba de estrenar «Mal de Amores», la primera adaptación de la novela homónima de Ángeles Mastretta, publicada en 1996. La serie es dirigida por Catalina Aguilar Mastretta —hija de la autora— junto a Humberto Hinojosa Ozcariz, y protagonizada por Renata Vaca, Juan Pablo Fuentes e Iván Amozurrutia.

Mientras en redes crece el team Daniel o team Antonio, lo que realmente hace interesante a esta historia va por otro lado.

La trama sigue a Emilia Sauri, una joven de Puebla que sueña con ejercer la medicina en pleno estallido de la Revolución Mexicana, una época en la que ni lo uno ni lo otro estaban pensados para una mujer. A su alrededor, dos posibilidades: Daniel Cuenca, el amigo de infancia devenido revolucionario, símbolo de la aventura y el riesgo; y Antonio Zavalza, el médico que apuesta por la estabilidad y la paz en medio de la guerra.

El formato es el de un triángulo amoroso clásico. Pero según la crítica publicada en Mindies, la serie evita reducir esa disyuntiva a una simple elección entre dos hombres. Emilia no espera que ninguno la rescate, sino que se convierte en el centro de su propia historia, priorizando su carrera y su libertad. Netflix resume el personaje como una mujer que lo quiere todo —“su vocación, su libertad y su derecho a amar sin límites”— en una sociedad que rara vez toma en cuenta a las mujeres.

Por lo tanto, la pregunta que plantea la serie no es «¿con cuál se queda?», sino «¿por qué tendría que quedarse con alguno?».

El amor lento contra el amor de swipe

Hay un dato de la promoción de la serie que casi nadie está usando y que conecta directo con una conversación muy actual. En una entrevista para Milenio, la actriz Cassandra Ciangherotti —quien interpreta a Milagros Veytia— reflexionó sobre el tipo de amor que retrata la serie: la pasión es revolucionaria, dijo, y “hoy las redes sociales nos han alejado de las cartas, del tiempo, del espacio, de la fantasía y de la construcción del amor”.

Es una idea que resuena fuerte en 2026, cuando buena parte de la conversación en redes sobre citas gira en torno al cansancio con las apps, el «dating fatigue» y la nostalgia por formas de enamorarse que tomaban meses en lugar de segundos. Mal de Amores retrata un mundo donde el amor se construía con cartas, silencios y tiempo de espera —todo lo que el swipe eliminó. Y quizás por eso, más de una espectadora joven se identifica con Emilia no por el contexto revolucionario, sino por su hartazgo con la idea de que un hombre defina su historia.

Una hija adaptando el amor que imaginó su madre

Catalina Aguilar Mastretta, quien dirige y coescribe la serie, es hija de Ángeles Mastretta. Treinta años después de que su madre escribiera esta historia, es ella quien decide cómo se ve y se siente Emilia Sauri en pantalla. Es una relectura generacional del feminismo que su madre imaginó en los noventa, ahora filtrada por una directora que forma parte de la generación que vive el amor de otra manera.

Recepción dividida

La serie ha recibido críticas mixtas en su primera semana. Milenio la calificó como un nivel de trabajo incomparable con el resto del mercado —»una experiencia superior… como una película larga, poderosa»—, mientras que Decider destacó el equilibrio entre sus momentos más subidos de tono y una historia convincente sobre una mujer que busca controlar su propio destino. En contraste, otros análisis, como el de Midgard Times, señalaron cierta falta de originalidad en el desarrollo.

Mal de Amores se disfraza de melodrama de época con triángulo amoroso, pero en el fondo plantea una pregunta incómoda para el 2026: si hace más de cien años una mujer podía imaginar un amor que no la obligara a elegir ni a desaparecer, ¿por qué seguimos reduciendo el amor —en la ficción y en las apps— a una sola casilla que marcar?

También lee:

¿Se ampliará el universo de El Laberinto del Fauno?

Salir de la versión móvil