Ya iba por la última recámara, la del tío. Los papeles estaban en el cajón de abajo del ropero. El cajón se atoraba. Dejó la taza de café en la mesita de noche, jaló dos veces hasta sacar el cajón entero y lo puso sobre la cama. Adentro, una caja de zapatos amarrada con un mecate. El nudo estaba apretado; lo desató con las uñas. Se sentó en el borde de la cama y fue poniendo las cosas sobre el colchón.
Recibos de la luz de los ochenta. La cartilla militar de Nicolás. Un sobre con estampitas de la Virgen de Guadalupe. Fue haciendo montoncitos de papeles por año, alisando los dobleces con la mano.
Una foto. Dos muchachos flacos en el malecón, con pantalones de Tin Tan, muertos de la risa, abrazados por los hombros, como borrachos. La acercó a la ventana. El de la izquierda era el tío, joven, riéndose como nunca lo vio reírse. Volteó la foto. Atrás no decía nada.
Luego salió un boleto de un baile en el Riviera, sábado 14 de febrero de 1959, entero. Una esquela doblada: Herminia Arballo, 1983, descanse en paz, la familia agradece. En su familia no había ninguna Herminia. Volvió a leer el nombre.
Más abajo venía un legajo con una liga de hule vuelta polvo. Eran recibos de colegiaturas, del sesenta y seis al sesenta y nueve, uno por mes, de septiembre a junio, de una escuela con nombre de padre jesuita. Recibí del Sr. Nicolás, por concepto de colegiatura del alumno. Y el alumno era su papá.
Gerardo los contó. Treinta recibos. Su papá contaba, con orgullo todavía, que en la prepa había tenido beca. Quitó los restos de la liga, emparejó el legajo y lo dejó junto a la foto.
Después, dos papeles engrapados. El primero era una compraventa hecha a máquina: el abuelo le vendía a Nicolás un camión, en marzo de 1970. Gerardo empezó a hacer cuentas. El segundo papel era otra compraventa, de agosto del mismo año: Nicolás le vendía el camión a un señor de apellido Ojeda, por casi el doble.
Los puso en la colcha, uno junto al otro. En la familia, el setenta era el año en que el abuelo perdió el camión. Así se decía. Perdió el camión, como se pierde una cosecha. Nadie perdió nada, decían ahora los papeles: se compró y se vendió.
Un poco más abajo estaba una fotocopia de la factura de un Datsun, el último endoso era de 1990, también a nombre de Cuco, y el auto de 1971.
Amarillenta, doblada en dos, una escritura. Era de la casa, la misma que estaba vaciando. La del abuelo, la casa vieja, donde Nicolás se quedó cuando los demás se fueron saliendo a hacer sus vidas. Era la historia que se contaba siempre que salía el tema: el año de las vacas flacas, el año del camión, cuando la familia estuvo a nada de quedarse en la calle, el tío Nicolás se movió. Cómo, nadie sabía, porque Nicolás no era hombre de explicaciones. De él se sabía lo que se dejaba ver. Que llegaba temprano. Que arreglaba sin que nadie le pidiera la chapa floja o la llave que goteaba. Que no bailaba. Que se iba antes del pastel en las fiestas. Si no hubiera sido por Nica, decían, y hasta ahí.

Gerardo la desdobló, la leyó despacio, varias veces. La escritura estaba en regla, a nombre de Nicolás. Se detuvo en los antecedentes. La casa había estado a nombre de un tercero de marzo del setenta a mayo del setenta y dos, y después había vuelto a Nicolás. El nombre estaba mecanografiado en una máquina vieja, de esas que brincaban las mayúsculas: J. Refugio Palomino.
Cuco Palomino. El compadre Cuco.
Cuco era otro nombre que salía siempre en las comidas familiares. El compadre Cuco, que en paz descanse. El que le llevaba camarón al abuelo los viernes. El padrino de no se sabía quién. Un nombre que en la familia salía siempre con cariño, siempre con un ay, el Cuco, siempre con risa.
Gerardo buscó la foto del malecón entre los montoncitos: el muchacho del abrazo de borracho, el que se reía con toda la dentadura, era Cuco de joven. La dejó junto a la escritura y los papeles del camión, emparejó las orillas. Los estuvo mirando un rato largo.
En el fondo de la caja quedaba un sobre sin nada escrito afuera. Adentro una hoja sola, escrita a mano.
Ensenada, Baja California, a 3 de junio de 1972. Yo, Nicolás Loaiza Sández, mayor de edad y en pleno uso de mis facultades mentales, por mi propia voluntad y sin que medie presión de persona alguna, declaro y manifiesto lo siguiente. Que es mi última voluntad que la casa de mi propiedad, la cual consta en la escritura pública número 3,625, volumen XIV, del Notario Público número 4 de esta ciudad, sea heredada al señor J. Refugio Palomino, para que la tenga y disfrute como suya propia a partir del día de mi fallecimiento. Lo escribo todo de mi puño y letra y lo firmo. Nadie me obliga.
Abajo la firma y la huella de un pulgar, en tinta.
La leyó. La volvió a leer. Tomó la foto de los muchachos y la puso encima de la hoja.
Se quedó un rato quieto, con la hoja sobre las rodillas. En la calle pasó un carro tocando un corrido tumbado y luego se fue apagando la música. Dobló la escritura, por los mismos dobleces viejos, y se la guardó en la bolsa de adentro del saco, junto a la hoja del sobre y la foto. Devolvió lo demás a la caja en el mismo orden, la amarró con el mecate y se la puso bajo el brazo. Acabó de cerrar las cajas. Le echó llave a la casa y se fue a la comida, porque era domingo y tocaba en casa de su papá. Ya iba tarde.
*
Una tía lo agarró del brazo junto a la puerta.
—Hijo, ¿luego me ayudas con mi casa? Quiero dejarla a las muchachas.
—Sí, tía. Lo vemos en la semana.
—Ya lo escribí de mi puño y letra. Con mi firma y todo.
—Así no vale, tía. Tiene que ser con notario.
—Una fría, primo —dijo alguien acercándole una cerveza.
—¿Cómo no va a valer, si es mi letra?
—No vale. Yo la llevo, no se apure.
—Solo como el olote —dijo una prima, y Gerardo volteó con una media sonrisa.
La tía le agradeció despeinándolo y se fue rumbo a la cocina. Gerardo pasó al patio por la puerta lateral. La Pulga chocó con él, soltó una carcajada enseñando todos los dientes y siguió corriendo. En el patio ya estaban todos. Su papá volteando la carne, el humo del carbón, las hieleras, los chiquillos empapados de sudor, corriendo entre las piernas de los grandes, las mujeres en la cocina y en la puerta de la cocina, Yola con su vozarrón mandando sobre todo aquello como capataz de muelle.
Se sentaron a comer como a las cuatro, en la mesa larga que se armaba con la del comedor y una prestada, con el mantel de hule de girasoles. Gerardo enderezó un tenedor que alguien había dejado atravesado.
De la casa del tío Nica se habló entre la salsa y las tortillas, como se hablaba siempre, sin llegar a ninguna parte: que ya se iba a vender, que qué bueno que Gerardo la estaba arreglando. Un primo dijo sin malicia:
—¿Y para cuándo la venta? Nos va a tocar bien poquito. Ocupo, primo.
—Cuando junte los papeles.
—¿Hallaste el testamento?
—No hay —contestó Gerardo.
—Ya no queda ni uno de esa palomilla. Nica fue el último. —La tía arrimó su plato al de junto para hacerle lugar a la olla.
—¿Y si se escritura a tu nombre mientras se vende?
—También se puede con un poder de todos los hermanos. Cada quien tendría que ir al notario a firmar.
—No, pos a tu nombre. Valeria ya no se levanta.
—Como quieran —dijo Gerardo.
—El Cuco el penúltimo —dijo otro, y se rió sin que viniera a cuento—. Ese le prestaba a medio mundo. Y cobraba, eh. Bien que cobraba.
—Me dijo mi nuera que van a rematar la casa de Cuco, como era solo. Ya ves que murió en casa de Nica.
—Ah, sí, Nica lo cuidó.
—Parecían casados esos viejitos —dijo un primo, soltando la carcajada.
—No seas cabrón
Se rieron de buena gana.
Gerardo se llevó la mano al saco. Se removió en su silla.
—De ahí p’acá ya no fue el mismo. Se apagó.
—La novia se le murió cuando estaba chavalón —la tía estaba sirviendo mientras hablaba.
—¿Cuál novia?
—Sí, hombre, la novia.
—Nica era así, me daba domingo ya de grande —casi gritó su papá desde el asador, sin voltear—. Nomás tenía que llevarle buenas calificaciones.
Gerardo dejó de masticar, su papá seguía volteando carne. Tragó, abrió la boca. La volvió a cerrar. Quería preguntar algo; pero a la tía Yola le habían servido su plato, y con la panza contenta esa mujer era un huracán.
—El Carín va a estar en la Arena del Valle. Ya compré boletos —dijo, abanicándose con una tortilla—. Se me antoja, llenito, como un corte de Sonora. ¡En esa báscula me quiero yo pesar!
Hubo un silencio. El tío Homero, el marido, se veía todavía más chiquito al lado de Yola. Se puso pálido y luego se rió con ganas. Le dio una palmada en la pierna a la tía. La mesa celebró con una carcajada.
—Hablando de comer, ¿les conté del güero del Mercado Negro? El del crucero. ¡Ay, no! Resulta que al Rafa, el del puesto de mariscos junto a la escalera, se le aparece un güero. Solo, sin mujer, ni guía ni nada. Grande, despacioso, ya mayor, colorado del sol, la gorra en la mano.
El Rafa anda de malas porque no ha llegado el hielo. Está en el teléfono renegando, «dile a tu patrón que si no llega el hielo no sacamos nada», y vuelve a la vitrina donde se le están poniendo tibios los mariscos. Y el güero esperando su turno, oyéndolo todo, muy serio.
—El detalle —dijo Yola, y ya la mesa estaba callada— es que el güero quiere camarón y no sabe decir camarón, y el Rafa justo no tiene camarón.
El señor no trae papelito, no trae teléfono, no trae nada. Empieza a hacerle señas. Pone la mano así —y la tía puso la mano encogida y la movió para atrás, para atrás, como nadando de reversa—. El Rafa le saca un pulpo. No, con una disculpa en la cara. Le saca una jaiba. No. Le enseña una langosta y nomás por joder le dice el precio, a ver si así. Y nada: el güero celebra la langosta como se celebra al hijo de otro, y sigue con su mano.
Gerardo vio la mano de Yola nadando de reversa sobre el mantel de girasoles.
Ya se juntó gente. La del puesto de enfrente se mea de la risa, un plebito copia la manita, y el güero, en vez de ofenderse, lo corrige, más doblada la mano, más despacio, hasta que los dos nadan de reversa igualito.
El papá de Gerardo se había acercado desde el asador, con las pinzas en la mano.
Al final el güero voltea y ve pasar a un señor que viene de las palapas del otro lado, las de comida, con un cóctel bien servido, rojo, con su galleta salada. Lo apunta con el dedo y abre los ojos así de grandes.
—Ah. Eso —dice el Rafa, por fin—. Camarón.
El güero que sí con la cabeza, otra vez y otra vez.
Y el Rafa, muy despacio, con todas sus letras:
—No hay.
Y le señala los puestos, como diciéndole vaya, a lo mejor allá tienen.
La mesa prestada cabeceó. Gerardo se agachó, dobló una servilleta de papel en cuatro y la metió debajo de la pata. Probó con la mano. Ya no se movía.
El güero, feliz.
—¿Nou-jái?
—No hay —le confirma el Rafa.
El papá de Gerardo empezó a reírse, despacito.
Y ahí va el gringo, de puesto en puesto, pidiendo no hay, por favor. Y los de los puestos doblados de la risa, y él da las gracias y sigue, contentísimo. Cuando suena el barco se despide de todos, muy serio: no hay.
La Pulga estaba riéndose desde hacía rato. Gerardo lo vio reírse. Taparse la boca. Se le quedó viendo un segundo de más. Luego se rió con todos.
—Y al puesto del Rafa —remató Yola, limpiándose los ojos— nunca llegó el hielo.
*
Gerardo se fue ya de noche. Manejó de regreso con la ventana abajo y el aire salado metiéndose al carro, y en un semáforo dijo entre dientes: no hay. La caja de zapatos iba en el asiento de atrás.
En su casa colgó el saco en el respaldo de una silla. Sacó la hoja de la bolsa de adentro. Tomó una carpeta nueva, le puso un separador y metió la hoja. La foto también. En la pestaña no escribió nada. Subió la caja a lo alto del clóset y se acostó.
*
El lunes entregó la escritura en la notaría.
El domingo siguiente la comida fue en casa de Yola. Gerardo sacó la perica de la cajuela y arregló la llave del lavadero, que goteaba.
*
En marzo llevó a su tía con el notario. Salieron con el testamento en una carpeta, y la tía lo invitó a unos mariscos.
De ahí se fue a la casa del tío. Traía una cajita cargando. Quitó la chapa vieja, sacó una de la cajita y la puso. Probó la puerta desde afuera dos veces, sonrió cuando al abrirla la vio con las paredes resanadas, pintada y con piso nuevo.
Al entrar se hizo un café en la cocina y se lo tomó de pie, mirando el patio, que tenía pasto nuevo.
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