Jueves 17 de septiembre. 23:45 horas. Regresé a casa pensando que los teatros son enemigos de los conciertos. Después de ver a Julieta Venegas padecer la apatía del público, me convencí de que este tipo de estructuras no logran converger con la música, al menos no con los géneros populares. La falta de tempestad emocional y la obligada cordura, hasta cierto punto, tienen un responsable: el Teatro Morelos.
Desde que ingresas y estás forzado a ocupar un asiento numerado, ya existe una restricción que contradice la esencia de un concierto, esa en la que se entiende que por dos horas podrás liberar tu cuerpo para que se mueva a placer en un espacio sin delimitaciones.
Es así que el ambiente que tendría que ser de festividad o euforia, se volvió sobrio, cohibido y casi enrarecido. Bajo esas condiciones antinaturales para la música, Julieta abre la presentación con “Tiempos dorados”, canción con la que también inaugura su más reciente álbum Norteña, título que se enlaza con la ópera prima literaria de la cantante y que, en conjunto, dio paso a conformar el concepto de la gira que está promocionando por el país y el extranjero.
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Los tres primeros temas de la noche son precisamente de este trabajo discográfico, pero en el teatro a nadie se le escucha entonar alguna de las letras. Lo anterior puede resultar entendible, y es que cuando se trata de artistas con una prolongada carrera, tengo la hipótesis de que la mayoría del público da por sentado que sus mejores años ya pasaron y que no vale la pena siquiera escuchar lo nuevo que tienen para ofrecer.
Sin embargo, al llegar “Oleada”, ese hit del 2003 que forma parte de Sí, el álbum que catapultó a la de Tijuana a las grandes esferas de la industria, la respuesta de la gente sigue siento tímida. Algunos cantan para sus adentros susurrando, otros apenas si mueven las palmas de sus manos de un lado a otro y hay quienes graban con sus celulares como si fuera la señal con la que comunican que conocen la canción.
La escena contrasta con lo sucedido dos noches anteriores, cuando Julieta Venegas fue la invitada sorpresa en el evento denominado como Los Guitarrazos, en la Ciudad de México. Los videos no mienten: la cantante está rodeada de fans, sin ninguna barrera que impida el acercamiento y todos corean a una sola voz temas propios y hasta covers.
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Con más de 30 años de carrera, en Morelia la compositora no cede a la presión de buscar el aplauso fácil y respeta su setlist. A cada tema concluido, hay una ovación. Vuelvo a pensar que el problema no es ella, sino el lugar. En algún punto de la noche, decide servirse un caballito de mezcal y ahí sí, la antropología borracha michoacana se impone con un colectivo “¡Fondo, fondo, fondo!”.
Hay monstruos de la música popular mexicana, como Juan Gabriel, que fueron capaces de romper con la elegancia del Palacio de Bellas Artes para convertirlo en un festín comunal, pero también hay casos a nivel internacional como el de Elvis Presley que, pese a ser el rey del rock and roll y del mundo, tuvieron noches para el olvido en el prestigioso International Hotel de Las Vegas.
Julieta bien podría quedar exonerada de la cuestión, pero a ella no parece importarle mucho qué tanto es la respuesta de las gradas hacia el escenario. Se le mira feliz, cómoda frente a su teclado, tocando con ligereza su tradicional acordeón y hasta contoneándose sensualmente de un lado a otro para hacernos olvidar que es una mujer de 55 años.
Cuando el tiempo se va agotando y los mayores éxitos comerciales empiezan a aparecer, el público intenta reaccionar. Con “A dónde va el viento”, dos adolescentes se paran y tratan de contagiar al resto, pero lo único que reciben como respuesta es un contundente “¡Siéntense, no dejan ver!”. Al par de entusiastas no les queda de otra que abandonar sus asientos y bailar sobre las escaleras como si fueran los mismísimos Tenoch y Marifer, personajes de la serie Nadie nos va a extrañar.
En una lluvia de singles, pasan “Limón y sal”, “Lento”, “Andar conmigo” y “Me voy”. Parece que los asistentes se van a rebelar contra el dictatorial teatro y algunos se atreven a romper la zona asignada de sus boletos. Julieta está en lo suyo: mostrando el oficio musical que comenzó a construir cuando, siendo una chica tímida y reprimida por su padre, tomaba el bajo en aquellas tardes calurosas de Tijuana para tocar “Boys don´t cry” de The Cure.
No sé si “La niña futbolista” sea una equivocación en su carrera. Lo que sí creo es que Julieta Venegas no le debe una disculpa a nadie. En el escenario está aquella mujer que una tarde cualquiera venció su lado introvertido y se animó a cantar por primera vez en un ensayo. Está la artista que entendió que el siguiente paso era componer y así creó “Pobre de ti”, el himno sin caducidad de Tijuana No! Con todo lo anterior debería ser suficiente.
Antes de despedirse de Morelia, regala un tema más, una suerte de norteño-ska que, además de hacer mover las caderas a unos cuantos insumisos, deja una idea sembrada en su letra que nos invita a sepultar todo lo que pudo haber estado mal en nuestras vidas: “El presente es lo único que tengo/el presente es lo único que hay”.

