Por Alejandro Zapata Espinosa
En la pared una exposición de troncos-camisas: bajo las gradas de una cancha ¿a unos metros del bar o en otro destino llegado a moto?, de un pregonero (y su carroza llena de mamoncillos), de una muchacha parrillera que no sabemos cómo el fotógrafo abrió la maleta y la siguió para la toma: Junior, Francia, Real Madrid, Atlético Nacional, un tendedero de camisas de Colombia. Las vi parecidas bajo de la variante de Caucasia, yendo a comprar tiquetes a la Terminal: bajé un poco en medio de la azul de visitante y la blanca de entrenamiento (además de las que el comercio ha diseñado), y la amarilla de rigor.
Sopesada la derrota en octavos, una nueva (en círculos amigos la tomaron como merecida), durante las lecturas (ahora mismo no sabemos, cosa que usted sí, depende de cuándo salga, cuál de los dos latinos, el ibérico o los australes, la Roja o la Scaloneta, ganó el Mundial), el hondureño, con el que hablé solo en la inauguración del domingo y en la despedida el sábado siguiente, que pensábamos leer juntos el lunes o el martes, y el kurdo leyeron con la de Colombia puesta.
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Ya se ve a poca gente en lo mismo; ven los partidos de civil, amargados, sin dónde emocionarse más que por el partido, no ya por la opción de victoria, el ego que ceba. Es común entre los señorones, no sé por qué, si optaron en política por la supuesta salvación de la patria (la del norte), apoyaban a todo enemigo de la Selección.
Hace dieciséis años, en un tercer piso, celebraba a pulmón roto el primer Mundial ganado por España contra Italia: las manos como sosteniéndose de una soga, de un palo de equilibrio, y las venas ampliando el cuello, el salto de la cama al balcón, y del balcón al techo de enfrente, de los abuelos, y más al frente un volado de dos pisos (al que me asomaba para probar altura). Ahora que veo, ese fue su único Mundial (y pensarán ustedes, ya es el segundo o sigue siendo el único: ¿cuál es el paso de lo único a lo último? ¿Una distopía, un gol, la muerte del fichero humano, el VAR o cabecitapelada Infantino?).
El de nosotros, el que ganamos en la historia futbolera colombiana, está en la imaginación de un taxista arañado.
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Le preguntamos por el partido de esa noche, que vieron los poetas en la recepción: Argentina y Colombia se llevan ganas, hubiera sido posible, teníamos con qué, dijo, pasar a la final. Complicado seguirle el despiste, la imaginativa, del amarillo contra el blanco, y más porque se nos fue la dicha en penaltis, esos que son mentales (literato en la cancha), pura cabeza atrofiada por la mano hacendosa como ruedo. Intentó grabarnos un empate o la victoria, pero ya nos debíamos bajar, dejarlo con su ilusión mundialista, y meternos a la exposición y al trago, con los avances y el gusto por la raíz hispanoamericana.
Sabrá usted si dimos en algo, como el taxista, o solo entregamos a la hoja cavilaciones sin sustento. Gana por adelanto histórico, aunque lo presente pueda servir como efervescencia (mírese en las opiniones pre y postelecciones, el macho caído si perdió) de qué se presentía antes de que Argentina o España ganara. Si es Argentina: los terceros bicampeones del mundo, ¿con miras a un tricampeonato? Y si es España, la memoria revivida, quizá sentarme a verlo con el compañero afónico y su pareja.
Alegres, o expectantes de lo ajeno, sin ánimo de parar bolas al que adelanta una bandera en el cuadro de clasificación, y vuelve abatido a repetirse que de nada vale.
Alejandro Zapata Espinosa
Aguas Calientes, julio 15 de 2026

