Por Antonio Monter Rodríguez
México vuelve a organizar un Mundial y yo vuelvo a tener diez años.
No ocurre durante los partidos ni frente al televisor. Tampoco cuando escucho a los especialistas hablar de posesiones, métricas, porcentajes de efectividad, mapas de calor y demás formas contemporáneas de arruinar una conversación futbolera. Sucede porque Azul quiere que le compre una pelota. Lleva semanas insistiendo. Una pelota para ir al parque. Nada más. Y descubro que basta esa palabra para que se abra una grieta en el tiempo. Detrás de ella reaparece el parque María Luisa, allá en la colonia Industrial, allá en el Distrito Federal que todavía se llamaba Distrito Federal, allá cuando el siglo XX parecía no tener fecha de caducidad.
El Mundial de hoy cabe en pantallas de alta definición. El nuestro cabía entre dos árboles. Nosotros también teníamos selección nacional. El Juan en la portería. Gustavo en la defensa. El Araña ejerciendo una forma de terrorismo táctico que mezclaba mordidas, empujones, pellizcos y bajadas de pantalón. Jacobo viviendo permanentemente a la espera de un rebote providencial que le permitiera aparecer en las estadísticas. Y yo ocupando el mediocampo con la arrogancia moderada de quien se sabía destinado a las reservas del Cruz Azul.
Número ocho en la espalda porque el diez me parecía demasiado pretencioso para un obrero del medio terreno, un artesano de la recuperación, la pared y el pase filtrado. Un Maradona versión colonia Industrial. Maradona región subdesarrollo.
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Éramos pobres para los estándares de la FIFA y millonarios para los estándares de la infancia. Ninguno tenía representante. Ninguno protagonizaba campañas publicitarias. Ninguno firmaba contratos multimillonarios. Nuestra cláusula de rescisión consistía en que una madre apareciera en la puerta de la casa para gritarnos el nombre completo. Entonces terminaba el partido.
Veo este Mundial y no puedo evitar pensar en la transformación del futbol. Los estadios parecen aeropuertos. Los futbolistas son empresas que usan piernas. Las transmisiones se han convertido en gigantescos escaparates publicitarios donde de vez en cuando aparece un partido. El futbol descubrió que podía venderse a sí mismo hasta el infinito. Y lo hizo.
Cada cuatro años, además, los medios desempolvan el mismo patrioterismo ceremonial. Nos explican que ahora sí. Que ésta es la generación. Que el país entero respira al ritmo de once jugadores. Que la Selección Mexicana encarna una especie de destino nacional. Lo escucho y a veces siento un extraño abismo entre la selección y yo. No con los futbolistas. Con la ceremonia. Con la obligación de creer. Con la maquinaria que necesita fabricar esperanza para mantener funcionando el negocio.
Sin embargo, algo permanece. Porque el verdadero negocio nunca consiguió apropiarse del todo de una pelota. Una pelota sigue siendo un objeto peligrosamente democrático. Puede aparecer en una calle, en una cancha de cemento o en un parque cualquiera y producir exactamente el mismo fenómeno que hace cuarenta años: dos niños discuten quién escoge primero, alguien acomoda dos piedras para improvisar una portería y, de pronto, el mundo entero desaparece. Ni la FIFA puede competir contra eso.
Mientras avanzan los partidos del Mundial intento recordar qué fue de aquellos compañeros. El Juan. El Araña. Gustavo. Jacobo. Nunca volví a verlos. A veces me pregunto si alguna vez me recuerdan. A veces me pregunto si sobreviven en alguna nostalgia semejante a la mía.

Y junto a ellos aparece otra figura: mi madre. Fue ella quien me llevó por primera vez a ver al Cruz Azul. Todavía puedo verla subiendo conmigo a aquellos camiones repletos de aficionados rumbo al Estadio Azteca. El ruido. Los vendedores. El mar de camisetas azules. La multitud avanzando hacia el estadio como si se dirigiera a una ceremonia religiosa. No recuerdo el resultado de aquel partido. Ni siquiera recuerdo los goles. La recuerdo a ella. Tomándome de la mano para que no me perdiera. Ella ya no está. Y quizá por eso los Mundiales tienen ahora una capa adicional de nostalgia. Ya no sólo extraño a los compañeros de aquellos partidos interminables. También extraño a quien me enseñó a querer este juego.
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Mientras tanto Azul sigue insistiendo con la pelota. Ollin observa todo desde la prudente distancia de quien nunca convirtió el futbol en religión, aunque de vez en cuando, por solidaridad filial o simple misericordia cementera, se pone una camiseta del Cruz Azul para acompañarme en el rito. Entonces imagino la escena. Azul corriendo detrás del balón. Yo intentando seguirle el paso. Ollin sumándose a la cascarita.
Y de pronto comprendo algo. Los niños del parque María Luisa ya no existen. Murieron como mueren todos los niños: creciendo. Pero tampoco desaparecieron del todo. Siguen apareciendo cada vez que una pelota rueda sobre el pasto. Siguen esperando el silbatazo inicial. Siguen creyendo que el partido más importante de la historia está por comenzar.
Quizá por eso sigo viendo los Mundiales. No por los campeones. No por las estrellas. Ni siquiera por el futbol. Los veo para encontrar, entre patrocinadores, drones, campañas publicitarias y discursos patrióticos, el rastro de aquellos muchachos insolentes que corrían dos horas bajo el sol convencidos de que el universo entero dependía del próximo gol.
Y porque todavía existe la posibilidad de rescatar el futbol. No en los estadios. No en las transmisiones. No en las redes sociales. Sino en algo mucho más pequeño: una hija que quiere una pelota, un hijo que se pone una camiseta para acompañar a su padre, la memoria de una madre que ya no está y un parque donde todavía caben, entre dos árboles que hacen las veces de portería, todas las patrias verdaderas de la infancia.


