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Contra el miedo no hay vacuna posible

Por Adrián Orozco

Este es un lunes atípico, una buena parte del país amaneció en silencio, resguardado, con tráfico escaso. La vida económica, educativa, comercial, gubernamental y de servicios detenida. Imagino algún paralelismo con lugares del mundo en los que se desarrollan conflictos armados: Ucrania, Gaza, Irán, Sudán. Reminiscencias de la pandemia por COVID-19 y largas filas para comprar insumos de primera necesidad, un “quédate en casa” que responde a otra clase de autocuidado, a otra clase de contagio. Un virus todavía más peligroso que el SARS-COV-II; el miedo, que además, como signo de la posmodernidad, nos invadió desde las redes sociales.

Contra el miedo no hay vacuna posible, ni inmunidad de rebaño ni vectores de contagio que se actualicen con el tiempo. Basta una imagen alterada con inteligencia artificial, un periodista que dé por cierta información no confirmada y la difunda, un chat familiar o vecinal que reproduzca una incierta amenaza sobre supuestos toques de queda dictados por el crimen organizado. Eso activa una maquinaria primitiva que nos enciende el interruptor de lucha o huida, indispensable para la autopreservación, pero amplificado por los ecos de la post-verdad. Es un entramado socio-digital en los que los huecos en la información, en las certezas, en lo fidedigno, se llenan.

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Mientras circulaban las noticias, todavía no confirmadas de la muerte del capo, la presidenta Sheinbaum atendía una gira en Coahuila. A pregunta expresa de la prensa evadió respondiendo que sería el gabinete de seguridad la instancia que daría las actualizaciones correspondientes, mismas que nunca llegaron. Fue hasta la conferencia mañanera del lunes 23 que se rindió parte, una conferencia además, atípicamente breve y con preguntas limitadas para la prensa, plagada de simbolismos. La mandataria enfundada en un riguroso negro, un secretario de la Defensa que prácticamente rompió en llanto al hablar de las bajas entre las fuerzas de seguridad y un mensaje que a un día de los acontecimientos, resulta por lo menos, ridículo: “El país está en calma y en normalidad”.

¿Sentirán lo mismo las 1,200 personas que tuvieron que pasar la noche en autobuses en el zoológico de Guadalajara? ¿Quienes atestiguaron los enfrentamientos dispersos a la largo de todo el bajío? ¿Las personas que fueron despojadas de sus vehículos particulares o de trabajo por sicarios encapuchados? ¿O los que tuvieron que salir corriendo de almacenes, tiendas, gasolineras y otros establecimientos para que el fuego de los incendiarios no les alcanzara? ¿Calma y normalidad para los miles de mexicanos y mexicanas que tuvieron que volver a casa caminando o pidiendo aventones solidarios por el cese de actividad del transporte público? ¿Los cientos de viajeros que sin saber de qué huían, corrían al lado de soldados de la Guardia Nacional en el segundo aeropuerto más importante del país?

La narrativa oficial reconoce 62 personas fallecidas, al menos 25 de ellas, integrantes de las fuerzas armadas, Guardia Nacional, policías estatales y/o municipales, más un número no determinado de personas lesionadas. ¿Estas son cifras consistentes con un país que se encuentra en calma y normalidad? Sería oportuno saber qué piensan al respecto los deudos y las víctimas colaterales.

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El presidente estadounidense Donald J. Trump declaró triunfante tras la extracción de Nicolás Maduro en Venezuela, en enero pasado, que no habían sufrido una sola baja entre sus filas de intervención. Si acaso un piloto de helicóptero alcanzado por fuego venezolano, pero que, muy al estilo de la narrativa de las barras y las estrellas: “continuó piloteando la aeronave, aún herido, hasta poner a sus compañeros a salvo”.

Me resulta inevitable realizar esta comparativa, porque si bien, guardadas las proporciones respecto al tamaño y poderío de las fuerzas militares estadounidenses, se enfrentaron a un aparato militar de estado, bases fortificadas, personal adiestrado, armamento antiaéreo y artillería, fuerza aérea con capacidad de combate, inteligencia y tropas, sin sufrir una sola baja.

Miedo

En México, se calcula que el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) comanda a alrededor de 40 mil sicarios, con entrenamiento variopinto, sin aeronaves, artillería, radares, sin disciplina de combate, una estructura más cercana a la de fuerzas paramilitares que al de un ejército regular. Su capacidad armamentística y de municiones pasa por necesidad por el mercado negro y si bien, se encuentra documentado que poseen lanzacohetes, calibres de guerra y utilizan drones modificados para lanzar operaciones aéreas de baja altura, no tienen, en la escala, un punto de comparación con las fuerzas armadas mexicanas.

Sin embargo, nuestro país no fue capaz de procesar esta intervención de manera quirúrgica, ni de garantizar que el objetivo fuera capturado con vida, ni de salvaguardar a la población de las represalias del cartel, ni de informar, oportunamente, sobre los acontecimientos. ¿Acaso esta respuesta de fuerza no estaba prevista? ¿300 mil elementos solo de Ejército, Fuerza Aérea, Marina y Guardia Nacional no son suficientes para contener la escalada de violencia? Eso sin contar al personal policial federal, estatal y municipal, de quienes no hay cifras actualizadas respecto al estado de fuerza.

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Así que la respuesta, la acción posterior, no vino del Estado, ni de autoridad alguna. Surgió desde la ciudadanía, desde las redes de información que, con evidencia o sin ella, con certeza o vaguedad lanzaron un llamado unánime, resguárdense, quédense en casa, como tanto nos fue repetido en los años pandémicos. Así es que hoy, bajo una tensa y artificial calma, aguardamos lo que siga, sabiendo que allá afuera no hay Estado capaz de garantizar nuestra seguridad mínima, con la certeza de que estamos solos y solas, frente a escenarios que cualquier día.

Pueden arrebatarnos la calma o la vida, el capo abatido es lo que menos importa, porque mañana o pasado mañana, volveremos a los espacios públicos, inseguros, atentos a las redes, que no a la autoridad, que a todo llega mal y tarde, contagiados irremediablemente por el miedo y al principio fingiendo que todo esto es normal, que peores cosas podrían suceder y que la vida sigue.

Pero después de fingirlo por un tiempo se termina aceptando, es normal, es México, mientras no me toque a mí, que el mundo ruede y así como en los tiempos de pandemia, la “nueva normalidad” es cada vez más cruenta y más injusta.

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