J. Azeem Amezcua
Aunque el caparazón de tortuga no se movía, sus ojos de camaleón giraban para todos lados, con determinación. Las fauces de lobo y las garras de tigre frontales tenían ansiedad de salir a explorar el mundo. Su artesano alcanzó a escuchar el cascabel de su cola serpentina y el crujir de las astillas como huesos rotos, igual que olfateó el aliento pútrido, antes de desmayarse por el ataque de la criatura.
El artesano utilizaba los colores primarios y algunos patrones para pintar los alebrijes de madera, como le habían enseñado para cubrir la cuota del subsidio turístico. Aunque también empleaba figuras ancestrales para sus obras de arte. Símbolos de poder prohibidos por sus ancestros y pigmentos que Salubridad no aprobaría ni con soborno.
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Aun así, decidió subir el nivel de sus creaciones al utilizar materiales de mayor ilegalidad para moldear un alebrije, que, levantado en sus patas traseras de conejo, mediría casi dos metros. Aunque la madera bañada en fluidos humanos y curada en varias noches de luna llena no tenía hueco, el artesano hizo uno para descargar vísceras y especias que combinadas con pigmentos sanguíneos y savias de orquídeas tóxicas completarían el ritual. La noche que terminó los últimos detalles, Tlaloc descargó suficiente energía para que el artista sintiera la bendición divina, el pincel no titubeaba mientras agregaba notas de color junto al barniz. El alebrije nació desbordante de vida.
Despertó horas después del ataque. Tosió aserrín. Estaba arrepentido de su creación. Los huesos le tronaron, más por el trabajo que por el golpe. Tomó su hacha. Le pondría fin a la bestia, un ser colorido y gigante, pero con corteza de madera.
El pueblo donde el artista se había criado era pequeño, conocía a la mayoría de sus habitantes, así como aquellos colegas que tenían potencial y fama. La lluvia todavía no había parado cuando buscó el rastro de su criatura. El lodo de las calles sin pavimentar marcaba el camino con sangre y colores primarios. Recorrió una decena de casas para dar con su alebrije. En la última, todavía no terminaba la masacre, en las anteriores fue poca la carne esparcida que quedó, en esa aún quedaba algo. La matanza grotesca de una criatura hambrienta.
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Al ver al alebrije, se aferró al mango del hacha dispuesto a reaccionar para poner fin a la matanza. Entonces el monstruo lo vio con uno de sus ojos camaleónicos, mientras el otro se clavaba en los restos de la carne esparcida. Las zarpas de tigre se despegaron de lo que fue competencia para el artesano, y avanzó lento hacia su artista. La proporción de patas le permitía un andar flexible. Su hocico lobezno olfateó a su creador. Este soltó el hacha antes de que la criatura estuviera cerca, no fue miedo lo que le provocó parálisis al recorrer su piel, fue amor. Él le había dado vida, merecía tenerla.
La criatura —ya satisfecha— tampoco reaccionó contra su padre. La imagen de nostalgia quedó grabada solo para ambos, un lazo invisible de cariño sobre el fondo rojo de los restos. Mejor para el artesano, el pueblo se quedaría sin competencia cuando su alebrije terminara de comer. Sin terminar las buenas noticias, la criatura en su paso había dejado insumo suficiente para ver nacer una gran cantidad de hermanos híbridos, vísceras, bocadillos, y gran cantidad de fluidos. El artesano tendría muchos alebrijes que trabajar, antes de la putrefacción.
Esa noche de lluvia, el artesano avanzó con malicia y orgullo por las calles del pequeño pueblo para dejar sin competencia la venta de su producto, la herencia de varias generaciones desde algún lejano ancestro. Solo pensaba en la sorpresa que se llevarían los turistas al visitar su taller, el único que quedaría abierto por la mañana. Sus alebrijes ganarían todos los concursos. Visitarían el mundo entero antes de la putrefacción.

