Cuando mis papás tienen que trabajar más horas en el hospital, me llevan a la casa de mi prima Jacqueline. Antes me dejaban con mi abuelita, pero ya se murió. A mis papás les gusta atender a sus pacientes, por eso los veo poco. Dicen que trabajan para que podamos irnos de vacaciones a muchos lugares y para que me compren cosas lindas. Por eso no les dije nada cuando me obligaron a ir al Halloween que organizó mi prima.
Ella tiene diez años y yo apenas voy a cumplir ocho. A Jacqueline le gustan las historias de terror, a mí no. “No seas miedosa, Romina”, me dice a cada rato, mientras me cuenta historias antes de dormir. Yo me agarro de las almohadas o de las cobijas y siempre me aguanto las ganas de gritar para que no se burle de mí. Esa es una razón por la que no me gusta venir a su casa. Otra es cómo trata a sus barbies, les corta el cabello hasta dejarlas pelonas, las pinta con plumones, las pisa con sus zapatos y las avienta contra la pared. Y a sus mascotas les hace muchas cosas.
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Mi prima ha tenido todo tipo de animales. Una vez tuvo un hámster al que metía en su ruedita giratoria y le daba muchas vueltas, hasta marearlo. También tuvo un gato negro al que ponía en la lavadora, le echaba un poco de agua y jabón y encendía el motor para ver si lograba salir. Luego le compraron un conejo blanco que estaba muy bonito.
Jacqueline jugaba con su conejo imitando a que se comía su cabecita, decía que no se asfixiaba dentro de su boca. La última vez vi que lo hizo, cerró la boca con más fuerza y sus dientes ya apretaban el cuellito de felpa. El conejo chilló como rata y noté una mancha roja en su pelaje, alrededor del cuello. No me quedó dudas de que tarde o temprano mi prima se iba a comer a su conejo.
En cuanto llegué a su Halloween, la reconocí de inmediato, a pesar del disfraz de Merlina. Se acercó a saludarme y puso en la palma de mi mano una patita de conejo y me guiñó el ojo. Sus amigas no me caían bien, se la pasaban jugando a que se maquillaban como señoras y mi mamá me había dicho que eso no hacen las niñas de mi edad. Pero esta noche se la pasaron contando historias de terror. Así que mejor me fui a la cocina para ver qué había de comer porque tenía mucha hambre.
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Había bocadillos con rodajitas de queso puestos como si fueran cruces, unos dedos de salchichas que parecían pintadas con salsa cátsup, como si fuera sangre. Y en unos vasos transparentes había una gelatina verdosa. Tomé un vaso y me di cuenta de que había unas bolas adentro. Parecían canicas. Cuando busqué una cuchara, volví a observar a las pequeñas bolas, en realidad parecían unos ojos pequeños. En ese momento estuve segura de que eran ojos de conejo.
Me dio mucho asco, porque los ojitos tenían unas líneas rojas como venas, que contrastaban con el color verdoso de la gelatina. Pero me dio curiosidad de probarlas. Si las habían puesto para todos, comerse a sus mascotas no debía ser algo tan malo. Me supo muy rica la gelatina. Y las bolas tenían una consistencia un poco más dura, pero no tanto como los huesos o semillas. Tomé otros dos vasos de gelatina y me los acabé.
Cuando mi papá pasó por mí, le pedí un conejo como el de mi prima Jacqueline. Creo que la patita peluda que me dio es de la buena suerte y la voy a colgar en mi cuarto. Cuando tenga a mi conejito, también le cortaré las patas para colgarlas o regalarlas. Lo quiero de color blanco, así a la hora de jugar al doctor, su pelaje se va a marcar de rojo.
“¿Puedo organizar el próximo Halloween, papi?” Haré gelatinas con ojos de conejo.



