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El medio maratón de Guadalajara y un domingo de perros

“El inconveniente de haber nacido es que ya no se puede empezar de nuevo.” La frase se atribuye a Cioran y por un momento la hice mía. Era un sábado 21 de febrero cuando abordé un autobús en Morelia con destino a Guadalajara. Estaba repleto de personas optimistas que a diario entrenan en pistas, en la calle o en cualquier lado con el único objetivo de convertirse en runners, una de las modas más enfermizas del nuevo siglo, solo superada por quienes practican yoga.

“En el entreno de ayer troté tres kilómetros y me cansé, ¿cómo interpretas eso?”, le confesé a Víctor Hugo, pero el hombre ni siquiera escuchó, pues es un egoista al que nada le importa la vida del prójimo. El camión arrancó de forma torpe y lenta, tanto, que entre paradas misteriosas y la moderada velocidad tardó cinco horas en arribar a nuestro destino. Lo primero que hicimos fue recoger un kit y registrarnos oficialmente para el medio maratón de Guadalajara, una salvajada que reúne a miles de trotacalles nacionales e internacionales.

Hacerlo no fue sencillo, tuvimos que caminar unos cuatro mil pasos para llegar a un sótano con gente amable y sonriente. Por la tarde cada quién comió donde le dio la gana y en la noche llegué a la habitación del hotel que compartía con José Arturo, un periodista obsesivo que escribe notas veintitrés horas al día. Encendí el televisor para ver el futbol. Las Chivas, equipo en desgracia al que apoyo desde la infancia, visitaban al Cruz Azul, otra de las leyendas tristes del futbol mexicano. Conforme avanzaba el cotejo mi furia subía de tono, llenando de improperios a los jugadores de ambos equipos y desde luego al árbitro.

El primer gol lo anotó la máquina, pero después lo empató el rebaño gracias a un cabezazo de Ángel Sepúlveda, un michoacano que al parecer es primo de un narcotraficante. Pasaron pocos minutos y Cruz Azul volvió a anotar, por lo que mis reclamos otra vez fueron estruendosos. José Arturo había permanecido todo el segundo tiempo en el retrete, seguramente escribiendo más notas para los siete medios en los que trabaja. Al salir, sólo me preguntó por qué me gustaba sufrir así y apenas atiné a decirle que aquella derrota tal vez era un mal augurio para lo que me esperaba al siguiente día.

El despertador sonó a las cuatro de la mañana, un despropósito hasta para los atletas más disciplinados. En caravana, decenas de michoacanos salimos al punto de encuentro del medio maratón y arribamos una hora antes de que arrancara la competencia. No le veía el caso de estar ahí con tanta anticipación. Pudimos haber dormido más, le dije a José Arturo, quien ya traía puestos unos audífonos y ni siquiera me escuchó. Me puse a calentar por unos minutos mientras el sitio se atascaba de personas en shorts, jerseys ligeros y sonrisas artificiales. Al fin se dio el disparo de salida y cada uno comenzó a correr o trotar como sus piernas y corazón le auxiliaban.

Medio maratón

Yo nunca había corrido veintiún kilómetros, si acaso dieciséis, así que tuve que diseñar una estrategia mental para llegar a la meta. Haré bloques de cinco kilómetros, esos serán mis objetivos parciales y tan sólo con cuatro habré logrado el reto, más un muy pequeño extra.

En los audífonos puse una lista interminable de canciones de los Rolling Stones, pues una banda de viejos es ideal para un viejo que pretende correr. Muy pronto encontramos una pendiente, pero en realidad no era tan mortífera como se apreciaba en los mapas virtuales que había analizado previamente. La subí sin muchas dificultades mientras sonaba “I’m a King Bee”, un blues cadencioso compuesto en 1957. Cuando llegué al kilómetro cinco me sentí entero y supe que aquello iba a terminar sin complicaciones, e incluso pensé en aumentar un poco la velocidad para dejar atrás a José Arturo y humillar a ese lunático reportero.

Pero algo pasó: mientras Jagger cantaba “Carol” mi rodilla derecha experimentó un dolor extraño, un piquete que de inmediato me puso en alerta. Intenté minimizarlo, creí que era mental, pero el dolor seguía ahí, como un intruso que llega a tu casa para robarte las cervezas del refrigerador. Decidí bajar la velocidad y José Arturo se escabulló, mientras yo empecé a temer lo peor. Así seguí, fingiendo que no pasaba nada, como lo he hecho en mis fallidas relaciones sentimentales cuando entran en crisis.

En el kilómetro diez pensé seriamente en abandonar la carrera, pero decidí que mi orgullo era más grande. Familiares, amigos y compañeros de trabajo estaban enterados de mi asistencia y no podía dejar que se burlaran de mí. Implementé una nueva estrategia: dispersar el dolor, pasando el malestar de la rodilla a la planta del pie o la espalda. Puedo soportar tres kilómetros con fascitis, dos más con la columna rota y otros cuatro con las pantorrillas a punto de reventar.  Eso hice y más o menos funcionaba, aunque más temprano que tarde toda la carga regresaba a la rodilla.

En el último tramo seguí a una mujer hermosa e imaginé que al final nos abrazaríamos para festejar la hazaña. Cuando llegué a la meta la busqué para hacerlo, pero ya había desaparecido, o tal vez fue producto de mis alucinaciones.

Para colmo, el lugar donde entregaban las medallas estaba como a dos kilómetros de distancia. Llegué como pude, arrastrándome como un gusano y un joven me felicitó. Hice algunos estiramientos, pocos, ya que no podía flexionar la pierna derecha. Llamé por celular a José Arturo y me dijo que ya me esperaba con Víctor Hugo justo en la zona de la meta, es decir, tenía que caminar de regreso otros dos kilómetros. ¿Qué clase de karma estaba pagando? Aprovechando que ya tenía el celular en la mano abrí una red social y vi noticias difusas sobre brotes de violencia en Guadalajara. No le di tanta importancia y al fin me reuní con mis amigos. Regresamos al hotel con el plan de darse un baño, descansar un poco y comer para luego regresar a Morelia, pero nadie imaginaba lo que estaba por ocurrir.

Mataron al Mencho

José Arturo otra vez estaba en el retrete cuando vi la noticia bomba: habían matado al Mencho, el sanguinario líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. No mames, mataron al Mencho. Puta madre, lo mataron, lo mataron, le grité de forma alarmante, exagerada y amarillista, como hacen todos los periodistas. Encendimos la televisión y los noticieros locales informaron que la ciudad estaba en llamas, con autos, gasolineras, centros comerciales y lo que sea ardiendo. El gobernador anunció un “código rojo”, equivalente a un toque de queda. Es mejor que nadie salga, decían los conductores del noticiero mientras los teléfonos se llenaban con videos salpicados de fuego y explosiones.

La salida de los autobuses de regreso a Morelia estaba programada a las tres de la tarde, pero dadas las condiciones el riesgo era máximo. Todo era confusión y la gerencia del hotel decidió cerrar las puertas por seguridad. Nadie había ni desayunado, si acaso comieron un plátano, un asqueroso plátano que regalan al final de las carreras. Atrapados, hambrientos y de mal humor, nos dividíamos entre mandar notas a los medios en los que trabajamos y preguntar al coordinador del viaje si íbamos a regresar o no. “Imagínate que nunca se calme y estemos aquí un mes”, le dije a José Arturo, pero la broma no le hizo ninguna gracia y solo dijo “mm”.

Al no haber más opciones me formé casi una hora para comer en el restaurante del hotel. Pedí un baguete que resultó malo y caro. También tomé una coca cola, imaginando que tal vez sería el último placer culposo de mi existencia. A esas alturas había dos probabilidades: que los del cártel llegaran a arrojar una bomba o que mi rodilla terminara de quebrarse. En cualquiera de los casos, tomarse una coca cola era una buena forma de decir adiós a todo.

La tarde avanzó y ya no teníamos habitación, pues había sido reservada por alguien más. Por fin pudimos salir a caminar entre calles desiertas, fantasmales, para buscar algún hotel cercano, pero los pocos que había estaban saturados. En Internet localizamos una opción cercana que sí tenía espacios y no resultaba tan cara. Además, estaba frente a una cantina llamada “Chavarín”, el único establecimiento abierto en todo el centro de la ciudad. Bebimos un par de cervezas mientras al fondo se observaba un hombre con cara de pistolero, halcón o lugarteniente. Levanté mi cerveza y brindé a la distancia, más valía que fuéramos amigos.

Cuando salimos de ahí volvimos a caminar, pues alguien informó que había una tienda abierta a unas cuantas cuadras. Cojeando, con la rodilla rota y las plantas reventadas, pude seguir a mis acompañantes. Ellos compraron comida chatarra como si se tratara del Apocalipsis y me reclamaron por solo pedir una botella de agua y unas galletas. En realidad solo quería dormir y no seguir caminando, pues a esa hora ya habría acumulado unos cuarenta mil malditos pasos.

Al siguiente día el saldo por el asesinato del Mencho era brutal, pero existían las condiciones para emprender el regreso a Michoacán, el estado natal del capo, otra tierra de personajes siniestros y enloquecidos. Partimos a eso de las diez de la mañana y en el camino nos encontramos con tráilers atravesados en la carretera, recién incendiados o ya reducidos a cenizas. El trayecto habitual de tres horas se convirtió en un paseo del horror de casi siete. Algunos niños que acompañaron a sus padres parecían fascinados: “Mira, papi, otro camión quemado, wow”, gritaban emocionados, como si estuvieran en un recorrido por Disney o los Estudios Universal.

Durante todo ese trayecto José Arturo no dejó de escribir notas en su celular, confirmando que todo periodista termina por enloquecer. A las cinco de la tarde el autobús paró frente a la Catedral de Morelia y los pasajeros le dieron un aplauso al chofer, que se las ingenió para llegar a la meta sin que un narco quemara el vehículo con todo y nuestras maletas.

Mientras escribo esta crónica tengo un hielo colocado en la rodilla. Debo hacerlo toda la semana tres veces al día y después ir al fisioterapeuta para que la revise, si es que no me manda al traumatólogo.

Si de esto se trata la vida runner, más me vale olvidarme de ella.

Que los medios maratones se vayan al infierno y acompañen al Mencho.

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