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El Tren Interoceánico y los sospechosos comunes

De visionario no tengo nada. Es más: siempre fallo en mis pronósticos, pero hay un rubro en el cual soy muy certero: en los fallos judiciales. No importa lo complejo de un caso. Siempre le atino con el culpable.

Como todos saben, el caso de la semana fue la expedita resolución de un complejísimo caso que mantuvo ocupada a la grey leguleya mexicana en el enredado caso del tren interoceánico del pasado diciembre en una zona de Oaxaca. Toda la “ciencia jurídica” encarnada en solemnes licenciados concluyeron algo que la mayoría de los ciudadanos de este país sabíamos desde el momento mismo del descarrilamiento: el culpable es el chofer.

Era un caso tan sencillo que uno se asombra por el tiempo que le tomó, a los científicos del Derecho, concluir lo obvio. Es más, el mismísimo chofer lo sabía. Siempre los tramos más débiles de la cuerda, la cadena o el proceso lo saben: si de encontrar un culpable se trata, será el velador, la señora de la limpieza, el cajero del Oxxo o el infeliz que iba pasando por ahí.

Andan diciendo que Emilio Erasmo, el maquinista, poseía una licencia vencida y, como todos lo sabemos, en cuanto una licencia se vence, todos los conocimientos que ese documento avala, empiezan a desvanecerse. Imaginen cuánta información valiosa se le perdió al chofer luego de cinco años de manejar trenes con la licencia vencida. Al chofer se le olvidó que ciertas velocidades ferrocarrileras —al menos en México— no se pueden sobrepasar. Circular a 75 kilómetros por hora hasta vértigos produce. Más chismes: el odómetro estaba en millas y bueno, uno se confunde, pero dejemos esos detalles.

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Me importa la parte menos atendida del accidente ferroviario. ¿Por qué un tren se descarrila a velocidades tan bajas? Porque bueno, algo debe ocurrir en el terreno, los durmientes, el balastro, las vías, los tornillos, las curvas, los vagones, como para que ocurra lo que ocurrió… y eso que ocurrió, pues ocurrió antes de que ocurriera el descuido del chofer y su licencia vencida. ¿Me expliqué bien?

Veamos: las vías datan del tiempo de don Porfirio y siguen siendo perfectas para trenes revolucionarios… nada que no se pueda arreglar con una manita de gato a los durmientes, el balastro, los tornillos y ¿saben? las piedras conocidas como balastro son fundamentales en eso del rodamiento de vehículos tan pesados. No olvidarlo.

Sospechosos

Los trenes son de segunda mano, los vagones (algunos) más largos de lo que se recomienda usar en vías y trazados tan añejos. Cualquier ingeniero especialista en trenes podría concluir que esa obra no se construyó con la estándares de calidad pertinentes. Vean esta nota de El País, del 27 de enero de este año:

“No solo los opositores al megaproyecto denunciaron irregularidades constructivas en el Corredor Interoceánico. De 2019 a 2023, la Auditoría Superior de la Federación, la entidad que fiscaliza cómo se ejerce el presupuesto, documentó diversos fallos que hubo en la construcción de las vías, alertando sobre problemas en la corrección de curvas y pendientes en varios tramos, que tienen que ver con la inexperiencia de los militares en este tipo de obra y las prisas constructivas. Además, el costo del proyecto solo de las vías fue de 62,000 millones de pesos, más del triple de los 20,000 que se presupuestaron al inicio”.

Los ingenieros a cargo de la obra ¿no se pusieron nerviosos con esa información? Quizás no, porque la obra, como se lee en la nota de El País, eran militares. Para ellos, un accidente estaba en el terreno de lo imposible.

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Pero… ¿qué tal una curva en donde los vagones más largos no “encajan” en los rieles si tal o cual velocidad se supera? Pues eso pudo ocurrir y claro, era menos probable un descarrilamiento si la velocidad fuera menor, sólo que a veces uno anda con prisas y ¿a quién le incomoda pasar de la “velocidad de carreta” de 50km/hora a la supersónica de 65?

Pues a las vías, al acero, a los tornillos, sí les importó ese detalle… pero alguien dijo que todo estaba OK con esa obra cuando no estaba OK. Esos sujetos o sujetas que le dieron el OK ¿no son culpables o responsables de la tragedia?

No, porque entre cuates no se anda uno fijando en esas minucias. Para eso se inventaron los sospechosos comunes: el chofer, el boletero, el garrotero y hasta un despistado despachador —se llama Ricardo y ya está en el bote.

Lo arriba expuesto no pretende exculpar al menos a tres fulanos que debieron tomar acciones de emergencia cuando el tren iba a más de 65 kilómetros por hora. Todos los pasajeros entrevistados lo notaron: “el tren iba más veloz de lo normal”, pero ni el maquinista, el garrotero y el despachador lo notaron. ¿Cuál rol jugaban esos seres en el caso? ¿Nadie se atrevió a decirle a Erasmo “oyess, creo que vamos a altísima velocidad”?

Lo que es interesante es lo selectivo a la hora de determinar culpables: éstos siempre tienen el mismo perfil socioeconómico y se ubican en la parte más débil de la cadena de errores.

Por unas horas se coló un nombre vinculado al tren interoceánico: Gonzalo. Fungía como asesor o supervisor de la obra. Rápidamente se le desvinculó, como marca el reglamento.

Por ahí circulan versiones (descabelladas, por supuesto) de que Gonzalo, y varios de sus amiguitos (sobre todo unos que se dedica —o dedicaba— a vender balastro), formaban parte del proyecto ferrocarrilero y que el chamaco, hijo de un expresidente, era asesor o supervisor de la obra, pero de manera honoraria, o sea, ¿no cobraba?

Si “honorario” significa no percibir emolumentos, eso habla muy bien de la “altura de miras” del escuincle, de su decencia, pero…  en serio en serio, lo que se llama en serio ¿en qué puede asesorar un junior sin oficio ni beneficio a los expertos en trenes?

¿Qué capacidad de supervisor puede tener Gonzalo de la ciencia ferroviaria, la resistencia de materiales y vainas de ese tipo?

Si me ponen de supervisor de casas de interés social (sí, a mí) y esas casas se cuartean, carecen de cimientos o cañería y luego se caen ¿quiénes son los responsables, los culpables?

¡Uy, qué pregunta tan tonta!

Los colegios de ingenieros y la ciudadanía, pero sobre todo los impartidores de justicia lo saben: son los albañiles —pero no el maistro, sino los chalanes, por supuesto.

¿Y yo?

¿Y el ingeniero?

Pues a mí ni me miren.

Yo sólo era supervisor (y además honorario) de la obra… y el ingeniero seguía instrucciones superiores.

Los albañiles.

Ahí está la clave y lo selectivo de la impartición de justicia.

Que un despachador y el maquinista sean los culpables de la tragedia del tren interoceánico es normal.

Puros usos y costumbres.

 

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