Les voy a decir cómo supe de un doctor llamado Ezekiel Emanuel.
Por esas casualidades de los algoritmos, el galeno se hizo presente en mi compu justo cuando andaba en los trámites finales de mi jubilación. Era un artículo de su autoría publicado en la revista The Atlantic en 2014. Lo leí primero en inglés y meses después en una versión resumida en español. El galeno es un tipo de mi edad dedicado a la bioética y oncólogo de profesión. El texto se titula “Why I hope to die at 75”. Basta con teclear en la computadora, tablet o teléfono, el título del artículo y cualquier persona lo puede leer.
El galeno, quien tenía unos 58 juveniles años al momento de publicarlo, empieza con un contundente “Este es el tiempo que quiero vivir: 75 años” y se suelta con un largo rollo sobre la conveniencia de no pasar de esa cifra, aunque —nos avisa— puede cambiar de idea y extenderla su fecha de muerte si las circunstancias lo ameritan aunque nada le garantiza que llegue a los 75 y menos obtener una prórroga. Eso lo deja muy claro el doctor.
Hoy, Ezekiel debe andar por los setenta… ¿habrá cambiado de opinión? Yo lo veo muy sanito y rozagante (ver su foto).

También consigna la reacción de sus amigos cuando leyeron el texto: “Estás loco, no puedes pensar de esa manera, hay mucho por ver” y claro, no hay forma de rebatir eso. Uno no sabe por dónde van las sorpresas. Por ejemplo, Edgar Morin tiene más de cien años, y, hasta donde sabemos, sigue lúcido. Tal vez ya no publique otro libro… aquí es imperioso acotar y comentar algo. Se les pide que pasen al renglón de abajo:
[NOTA PERTINENTE DEL 2026] Edgar sigue publicando y dando lata hasta el momento de escribir estas líneas y tiene la friolera edad de 104 años. Su más reciente libro (marzo de 2025) se llama Y a-t-il des leçons de l’histoire? (Denöel); en español se llama Lecciones de la historia: ¿Podemos aprender de nuestro pasado? (Taurus)]
El ilustre francés puede enviarnos un whatsapp desde su siglo de vida y acorde con los tiempos actuales: “La vida empieza a los ochenta, chamacos; llegar a los cien años en estos tiempos… es como tener ochenta a principios del siglo XXI”.
Entiendo a quienes rodean al doctor Ezekiel Emanuel, nacido en 1957. Varias de esas personas tienen muchos años menos que el galeno y unos pocos andan avanzando en la fragilidad de los ochenta sin preocuparse demasiado por los riesgos. Viven como si no fuese cierto “el fin de la historia” personal.
Nadie es fan de alardear los demasiados años, pero los conspiradores habituales, esos que niegan el paso del tiempo y a su vejez la consideran un “estado mental”, llegaron a la conclusión revolucionaria de que la vida, la verdadera vida, empieza a los sesenta.
A ver: hállenle.
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Tuve la oportunidad de conocer y tratar a una mujer de más de cien años. Una señora sin las prendas académicas de Edgar Morin.
Me refiero a doña Bety: paseó sus once décadas con una lucidez sorprendente para alguien de su edad. No ha escrito libros. No sé si tuvo la sabiduría que “sólo dan los años” pero hizo algo atípico: la mayor parte de sus ciento diez años la pasó cumpliendo la misión estoica de cuidar del esposo, luego a los hijos, luego a los nietos y así, por toda esa pequeña eternidad.
Los sobrevivió a todos. Cuando los últimos tres descendientes (sin crías ni críos como para que la banda siguiera retozando y reproduciéndose) murieron en un accidente de carretera, se quedó sola pero sola lo que se llama sola. Fue cuando decidió que ya la había rolado por el mundo el tiempo suficiente y le había tocado en suerte enterrar y cremar a toda su estirpe. Era suficiente: se murió mientras transitaba su siesta vespertina.
Sigamos con nuestro doctor Ezekiel: la muerte, dice el discípulo de Hipócrates, es una pérdida. Nos deja sin todas las cosas que valoramos, pero vivir mucho tiempo también es una pérdida. La vejez nos hace vacilantes, transforma la manera en que las personas nos experimentan y la forma de relacionarse con nosotros y, sobre todo, en cómo nos recordarán. No como personas vibrantes, sino como seres débiles, ineficaces e incluso patéticos.
Cuando llegue a los setenta y cinco —continúa el galeno— sabré que tuve tiempo de amar y ser amado, mis hijos estarán encauzados en sus vidas (…) habré visto a mis nietos y concluido los proyectos de vida (…) no tendré demasiadas limitaciones mentales. Morir a esa edad no será una tragedia. Incluso prepararé mi funeral y será un encuentro cálido de recuerdos divertidos (…) celebraciones de una vida buena.
Uno, como lector, empieza a suponer que el oncólogo saldrá con la predecible postura a favor de la eutanasia o el suicidio asistido, pero no. De hecho, está en contra de ambas prácticas y detalla sus motivos, sobre todo en el esquema de dar, a los enfermos terminales, una buena y compasiva muerte apoyados en los cuidados paliativos.
El escrito pasa revista a los derrames cerebrales, el Alzheimer y buena parte del menú que la vida nos tiene reservado en caso de llegar a esa idílica adultez en plenitud. Su decisión es sencilla: no intentará prolongar su vida de manera artificial. Reducirá las visitas al médico de manera drástica y, en caso de sufrir un cáncer terminal o una enfermedad potencialmente mortal, evitará cualquier tratamiento que le prolongue la vida y reduzca la calidad de su existencia. Los cuidados paliativos y esas vainas son muy recomendables, pero nada de “denme otros cinco años y con eso me conformo”.
El doctor pone énfasis en la merma de la capacidad creativa luego de los setenta y cinco: es difícil generar pensamientos creativos porque no desarrollamos nuevos conjuntos de conexiones neuronales y casi todos pensamos -ingenuos que somos- que nuestro caso se alejará de la información estadística media y nuestra vejez será más inspirada que la de los demás.
Ezekiel no pretende dictar cátedra ni que nos sumemos a su plan. De hecho, aclara no estar en contra de quienes quieran vivir más de setenta y cinco -independientemente de las condiciones en que los hayan de vivir. Para nada. Es más: si hay contingentes deseosos de vivir más se les debe prestar atención y cuidados para cumplir su deseo.
Expone dos conclusiones y las citaré textualmente: “También creo que mi punto de vista evoca razones espirituales y existenciales que las personas desprecian y rechazan. Muchos de nosotros hemos suprimido, activa o pasivamente, pensar en Dios, en el cielo, en el infierno o si nos convertimos en gusanos. Asumimos el agnosticismo, el ateísmo o simplemente no pensamos acerca de si hay un Dios y por qué debería importarle a Él lo que les pase a los simples mortales.
También evitamos constantemente pensar en el propósito de nuestras vidas y en qué recuerdos dejaremos: ¿es perseguir el sueño de hacer dinero lo único que vale la pena? De hecho, la mayoría de nosotros hemos encontrado una manera de vivir nuestras vidas cómodamente, sin reconocer (y mucho menos responder) a estas grandes preguntas. Nos hemos metido en una rutina productivista que nos ayuda a ignorarlas y yo no pretendo tener las respuestas”.
Al final, se cura en salud. El humor —ese escudo contra las adversidades— puede permear incluso cuando abordamos temas tan serios como la muerte: “Setenta y cinco años es todo lo que quiero vivir. Quiero celebrar mi vida mientras todavía estoy en mi mejor momento. Mis hijas y mis queridos amigos seguirán tratando de convencerme de que estoy equivocado y que aún puedo vivir una vida valiosa por más tiempo”.
Concluye con humor su discurso: “Yo conservo el derecho a cambiar de opinión y ofrecer una defensa vigorosa y razonada respecto a eso de vivir el mayor tiempo posible. Eso, después de todo, significaría dejar de ser creativo después de los setenta y cinco”. (Las cursivas son mías. RM).
Tal vez alguien encuentre motivos para soltar presión o hacer la evaluación de una vida plena, colmada de bendiciones… permítaseme soltar una blasfemia bendita: creo no hay registros de una etapa histórica en donde las “bendiciones” hayan sido una mercancía tan barata. Uno termina el día colmado y harto de tanta bendición que se nos unta, se nos prodiga y restriega: “Dios te bendiga” a la menor provocación o sin ella.
¿Han pasado un día sin ser bendecidos?
Es difícil.
En esta etapa histórica colmada de existencias irrelevantes, grises, opacas, pocos tienen los arrestos para reconocer que se pasaron cinco, quince, treinta, sesenta años de sus vidas sin la menor importancia. Aquí, en este momento, alguien graznará —y tendrá toda la razón— “pues depende de lo que entiendas por una existencia sin la menor importancia, porque no todos pensamos como tú… por fortuna, perro”.
No tengo ganas de definir las vidas sin la menor importancia, y menos tener la razón. Ya lo he dicho hasta el grado de caer mal. Si algo me colma de flojera es eso: luchar por tener la razón o salir victorioso en una discusión, pero, ya encaminados en ese terreno, les soltaré no una razón, sino algo peor: una doxa. ¿Qué tal? Luego de un punto y aparte va mi opinión (o sea, mi doxa).
Estamos apenas empezando un siglo en donde nadie debe sufrir ni decepcionarse, sino probar su trascendencia. Aspirar a que alguien se percate de nuestro paso por el mundo. De ahí arranca la tendencia de los libros de memorias de vidas magras. “Si te contara mi vida saldría una novela” —dicen y lo que sale es un legajo de anécdotas con la sana intención de transmitir a los hijos o nietos la glosa de una vida llevada al tope de la intensidad.
Mmh… ¡qué lindo!
Eso no está mal. De hecho, lo recomiendo, pero absténganse de abrigar esperanzas editoriales más allá de la familia. Cuando se llega al punto de confundir la experiencia vibrante de nuestra mediocridad con la trascendencia planetaria, algo anda mal en las capacidades cognitivas del autor.
La necesidad de trascender nunca había sido más intensa. Es tan anónimo nuestro transcurrir y tantas las oportunidades para constatar la medianía de las vidas de quienes conocemos (basta pasear por las páginas del feisbuc, Twitter o TikTok para constatarlo… y tener la razón) que algunos nos ponemos intensos en experiencias sencillas, pero no al alcance de la media nacional.
Nos creemos eternos y sanos forever —o eso creemos, porque lo expresado por el doctor Ezekiel nos da una certeza delirante: a nosotros no nos puede ocurrir una embolia, por ejemplo. Es más, las tres últimas bajas inapelables en mi entorno ocurrieron a sendos personajes seguros de “no estar listos” para padecer un cáncer de pancreas, un choque en carretera con funestas consecuencias… o una embolia, pero así fue y “se nos fueron”; se convirtieron en “seres de luz”, en objeto de las más sentidas aplogías feisbuqueras, pero ellos -se los juro- no estaban listos para calaquearse.
Está comprobado bajo parámetros de carácter personal y perfectamente debatibles que esas calamidades, a nosotros, nunca nos ocurrirán. ¿Un paro cardiaco a mí? No mamen.
La aspiración (y arrogancia) por dejar una memoria postrera es más acusada si el irrelevante tiene inclinaciones artísticas. El asunto es así: sin enfriarse del todo el difunto, los jilguerillos se ponen a graznar las cualidades del finado: “apenas pisaba un escenario y todo se iluminaba”. Si el muerto era un pintor, es obvio que se merecía una capilla sixtina y será la eternidad quien valore sus lienzos o muros (porque nosotros, obviamente, no lo hicimos).
Por pudor no consigno los excesos y cursilerías cuando el fallecido tiene tendencias literarias. Las cosas en ese rubro y con los escribidores suelen ser delirantes, pero me pregunto si alguna vez leeremos algo como “murió haciendo lo que más amó en esta vida: ir diariamente a la oficina de las nueve de la mañana a las cinco de la tarde”?
*Este texto se incluye en el libro «No pise el pasto», de Raúl Mejía. Si quieren comprarlo en Amazon, sólo den clic aquí.