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Expediente Vegetal 30: Es oficial, ya “nos toca”

¿Por qué nos sorprendemos tanto del escandaloso moridero de los últimos doce meses? Ya es de lo más normal recibir el aviso de que un amigo o amiga se mudaron al mundo de calacas. Aún no llegamos al grado de “normalizar” que alguien entrega los tenis, pero no falta mucho para lograrlo. “Normalizar” eventos de toda laya -sobre todo la muerte de alguien conocido, querido o amado- devendrá algo cotidiano. Atrás quedará el clásico “esto no pasaba antes” y bueno, es cierto, pero la cosa es más sencilla: pasa cuando pasa y cuando no… pues no.

Este año (y apenas va la mitad) he sido visitante frecuente de Gayosso y sitios similares seis veces. Eso “nunca había pasado” y es porque, como dice el lugar común, “se está muriendo gente que antes no se moría”.

Ayer estuve en el último velorio del mes. Aquello parecía una asamblea de vegetales. Como si los nacidos en la década de los cincuenta, algunos sobrevivientes de los cuarenta y un puñado de colados de las generaciones X y millenials nos hubiésemos puesto de acuerdo para vernos ahí. Busqué, entre los compungidos asistentes a un ente paritario y lo detecté: Fernando Ortiz, quien de inmediato me espetó: “El 90% de los que estamos aquí muy pronto estaremos muertos”. Eso me sacó de onda, pero es cierto. Ya “nos toca” y como bien lo dijo un famoso payaso moribundo “ya no los vamos a entretener más”. Estén atentos a las noticias porque serán frecuentes.

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Uno de los “problemas” de hacerse vegetal militante y con credencial del INAPAM es el cambio físico operado en los compañeros de generación. Imagínense lo siguiente: un vejete observa, a unos metros, a un sujeto que le parece conocido, pero no está seguro.  Desde la personalísima perspectiva del vejete observante, todos a su alrededor dieron el viejazo de manera alarmante y fea… pero ese viejazo no aplica para él (o ella) porque se siente “diferente”. Es por eso que, cuando se decide a abordar al “desconocido”, en lugar de llegar y decir “¡pero qué gusto verte, Héctor Janitzio!” se pregunta “¿Eres Héctor Janitzio?” –como si uno no estuviera seguro de que eso frente a uno sea Héctor Janitzio. Esos “Héctorjanitzios”, por lo general, piensan lo mismo de nosotros: “¿ese que está ahí es Raúl? ¡Pero qué jodido se ve!”.

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Pero bueno, el caso es que estuve muy triste en el velorio de Salvador Próspero, un amigo entrañable que no empezó siendo mi amigo entrañable. Lo conocí hace unos cuarenta años (debe ser más, pero ya no los quiero asustar con el tiempo transcurrido) y nos caímos bien, pero por décadas no pasamos de saludarnos con afecto.

Fue necesario un cruce de itinerarios ultramarinos para hacernos amigos y paso a contarles: yo trabajaba en un lugar muy muy lejano y recibí una llamada. Era Salvador. Estaba por salir de Verona con rumbo a una ciudad en Alemania para visitar a sus nietos y a su hija Tania. Me preguntó si le podía dar asilo en mi casa por tres días antes de seguir su periplo. Me dio gusto saber que me toparía con un moreliano en la cuna del Renacimiento, pero había un problema: no me sentía bien de salud y estaba a unos cuantos días de regresar a México y ya me encontraba instalado en el “modo Jamaicón” de manera irredenta: extrañaba el menudo, las tortillitas recién hechas (siempre en diminutivo), los taquitos de tripa doradita.

Mi plan, apenas tocara suelo azteca, era irme a la Fonda Margarita en la Colonia del Valle para degustar sus mundialmente famosos frijoles chinitos con huevo. Ese tipo de nostalgias fueron el motivo para rechazar una extensión de mi contrato en la escuela donde oficiaba de profe. Apenas les dije a las autoridades que sin pozole no podía vivir y que si tenían espejo “ahí se ven”, me cancelaron el seguro médico… y yo empezaba a tener los síntomas que me pusieron en situación de alarma seis días después de la llegada de Salvador a mi casa.

Apenas habían transcurrido tres días de su llegada y Salvador ya era un éxito en la casa de la adorable Stefania Nicasi (quien me rentaba una parte de su propiedad). Ese par se cayó retebien en cuanto se conocieron y se la pasaban en el cotorreo hablando de música de alto pedorraje. Apenas supo que mi amigo era violinista le armó un concierto en la sala de la casa y asistieron sus más cercanos amigos, todos muy picudos en ese tipo de música. Ya saben, de Paganini a Monteverdi con una escala para “repostar combustible” en Joshua Bell. Salvador aprovechó para mostrarles un pequeño pedazo de la música lacustre michoacana y los dejó gratamente impresionados. Lo supe por los gritos de “¡otra, otra, otra…!”.

Yo no pude asistir porque ya estaba muy jodido de salud, pero escuché todo el huateque desde mi recámara. Los enfermos suelen ser una lata y yo ya estaba enfermo.

Stefania me dijo, al día siguiente del concierto “mejor posterga tu viaje, Raúl, yo no te veo bien de salud”. En eso coincidió Salvador. ¿Qué hizo Stefania? Al día siguiente me mandó un médico a domicilio y cuando quise pagarle al profesional de la salud me dijo que todo lo había pagado la señora Nicasi. ¿Descubrió qué carajos estaba mal en mi cuerpecito? No. Se declaró incapaz de un diagnóstico certero y me mandó con un especialista en no sé qué de la garganta y ese doctor me mandó a hacer unos análisis que revisó con atención y se rascó la cabeza sin saber cuál era mi padecimiento. Al final le dije, al primer hijo de Hipócrates que me mandó por los análisis de marras, que por piedad me recetara algo para alcanzar a llegar a México y ahí yo me las arreglaba.

En este trance de visitar médicos es donde Salvador se portó como la buena persona que era y lo destaco: no tenía motivos para quedarse más tiempo en Florencia; sus nietos y Tania, su hija, ya lo esperaban en Alemania, pero se quedó conmigo y su ayuda fue vital porque mi dominio de la lengua de Dante siempre fue bastante elemental… seré sincero: mi italiano cotizaba en la franja más naca del universo lingüístico porque lo aprendí, fundamentalmente, en la calle -sobre todo en Nápoles.

Pero Salvador lo hablaba muy bien y fue mi intermediario por dos días completitos con los médicos. Parece algo sencillo, pero no. Se requería un italiano cuando menos de nivel C1 y, sin que fuera su responsabilidad, el Salvador se quedó. Fue él quien les tradujo todas mis penas en materia de salud a los galenos y mi petición de un remedio casero “nomás para llegar a mi país”, cosa que llevé a cabo al día siguiente.

Nomás para que no se queden con el pendiente, les chismeo: el tal remedio no funcionó y en pleno vuelo me puse grave lo que se llama grave.  Generé una emergencia médica a diez mil metros de altura (“si entre los pasajeros hay un médico, pase por favor a contacte a una de las asistentes de vuelo; hay una emergencia”) pero lo que quiero resaltar es la solidaridad de Salvador (y de Stefania) en esos momentos cruciales.

A partir de ahí nuestra relación transitó por otros caminos y nos hicimos amigos: yo iba a su casa, él venía a la mía, frecuentemente comíamos juntos en la Fonda Las Güeras en la colonia Chapultepec aquí en Morelia, nos contamos nuestras vidas con lujo de detalles y eso, contarse la vida, hace que las personas se hagan amigos y amigas de verdad.

En el velorio platiqué un poco con su hija alemana (Tania) y más tarde se me acercó la menor de sus hijas. Me refiero a Eridani (quien reside en México) y me preguntó si yo era Fulandraco de Tal. Le dije que sí y me confió unas palabras que Salvador le había dicho respecto a mí. Me las parafraseó y quedé conmovido de manera extrema. Quise decirle “gracias”, pero no pude y sólo la abracé. No podía hablar. Me puse a chillar pues.

Gracias por esas palabras, Salvador. Si querías hacerme llorar, lo lograste, cabrón.

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