Por Raúl Mejía
Uno (¿todo lo excepcional está a nuestro alcance?)
Este texto va en seis pequeñas partes y ya empezó. Va el inicio:
Uno cree sinceramente que el cobijo institucional a las actividades ciudadanas organizadas es esencial e imaginar lo contrario es inconcebible. Si atendemos sólo a las actividades culturales (artes escénicas, visuales y demás) y a las de promoción y fomento de la ciencia, ¿cuánto de la viabilidad de México, como país se arriesga si se abandona a su suerte a la ciencia y la cultura? ¿No es un deber moral, cívico, patriótico, lanzarse en su defensa? Son dos rubros de la mayor importancia, aunque a los destinatarios del esfuerzo poco les importan esos guisos.
O sea ¿hay que abandonar los empeños? No. Se deben fortalecer. Es la obligación de un Estado democrático.
Llevando la imaginación al extremo, cantar, pintar, tocar el piano y crear poemas seguirían siendo actividades esenciales para los humanos, aunque no existiesen instituciones encargadas de su práctica, fomento o promoción en plazas públicas, teatros, salas de concierto o cantinas
Las cosas científicas son un poco más complejas.
En un escenario distópico, desaparecerían primero las instituciones que las puestas en escena, las novelas o la danza. De hecho, las restricciones presupuestales a las que se ha sometido “lo cultural” desde hace décadas, ha provocado que danzar, actuar, pintar sean actividades que se despliegan fuera del ámbito institucional y que éstas (las instituciones) se avoquen a atender sólo a ciertos nichos, es decir, practicar la exclusividad. No todos caben en el presupuesto ni el ánimo de los jefes en turno.
Lo valioso y lo trágico de la cultura y la ciencia es que son asuntos de interés sólo para unos pocos a pesar de los anhelos que se sintetizan en las Misiones y Visiones de tal o cual dependencia con tal de que sus afanes “estén al alcance de todos”. No suele ser así… y menos en la ciencia.
Eso explica por qué casi cualquiera puede pasar por poeta o escritor (aunque no lo sea); pero no cualquiera osaría pasar por matemático, genetista, ingeniero químico (sin serlo). Como bien lo prescribe la famosa frase orwelliana que parafraseo groseramente: en este mundo todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros. Hay actividades que son para pocos, aunque seamos millones quienes las practiquemos como villamelones. Mi plumaje -por si estaban con el pendiente- es de esos y así funciona un sistema basado en el capitalismo en cualquiera de sus versiones.

Dos (los zapatos brillosos y la bolsa de valores)
Para ahondar y perderme (y perderlos) en las profundas aguas de la exclusividad, el beneficio y los intereses, humildemente les excreto: el capitalismo es una bazofia inmunda en donde una significativa porción de la humanidad resuelve de manera injusta y cruel sus problemas. La mayoría de las veces no resuelve nada, pero eso es otro asunto. A ver: intente resolverlos en otro sistema político/económico/cultural y verá que algunas cosas, deseos y anhelos, son imposibles de llevarse a cabo fuera del pestilente capitalismo y sus diversas formas de adaptación el devenir histórico. Más que tener cosas, acceso al consumo, se busca la libertad, aunque sus caras sean engañosas.
Pues bien, llegados a esta línea, los invito a dar un paseo por las anécdotas con moraleja. Empiezo: en el miserable sistema capitalista de principios del siglo XX, el patriarca del “clan Kennedy”, un tal Joseph (el papá de John Kennedy) se hizo hiper millonario aprovechando contactos, puestos, relaciones inconfesables y cuanta infamia nos imaginemos, pero como era sagaz, marrullero y rapaz, tuvo la cualidad de percibir hasta qué punto el mundo iba a cambiar en unos años… cosa que ocurrió a partir del “crack de 1929”.
¿Cómo se dio cuenta si todo era felicidad y buenos augurios?
Fácil: cuando el asunto de las acciones, los bonos, las inversiones y esas cosas misteriosas dejaron de ser un asunto sólo atendible y entendible para algunas personas “especializadas”, y pasaron a ser instrumentos de especulación en las manos de la mayoría de los ciudadanos gabachos, algo empezó a ser sospechoso -bueno, en realidad esos instrumentos nunca fueron para la mayoría; estoy exagerando, pero ilustra el tema de manera pertinente.
Más o menos las cosas iban así: cualquier clasemediero sin chiste ni atributos especiales ni talento conocido para el manejo del dinero con rendimiento -pero con cien dólares extras en su cartera- podía “jugar a la bolsa” y duplicar su fortuna en cosa de semanas o días a través de un instrumento mencionado antes: las acciones. ¿Para qué ahorrar? ¡Es mejor invertir! El tema es complejo y no es el meollo de estas páginas. Voy más allá: es probable que a usted, lector, el asunto le sea conocido en este momento. ¿Ya le han llamado por teléfono o ha leído las oportunidades de invertir en cientos de opciones a partir de cien pesos?
Desde antes de 1929, cuando aquella burbuja tronó y metió al mundo en una crisis brutal, Joseph Kennedy “ya se las olía”, pero fue hasta una soleada mañana de verano cuando pasó de la ligera intuición a la franca alarma en un parque de Washington DC, New York o Massachusetts (los historiadores aún discuten acaloradamente si fue en una entidad u otra).
Va la imagen: al señor Kennedy le estaban “lustrando los zapatos” en una esquina y escuchó cuando el señor que le sacaba brillo a sus botines le comentó algo. Un comentario de talante bursátil en pequeña escala. Casual pero pertinente sobre el tema de las famosas acciones. Joe pensó: ¿un lustrador de calzado hablando de un tema tan complicado?
Eso le inquietó y dicen que ahí mero pensó la frase que luego esparció en una charla con sus amiguitos de la Bolsa de Valores de New York: “Si el limpiabotas que le saca brillo a mis zapatos sabe tanto de la Bolsa como yo… es hora de que me salga de la Bolsa”.
Y se salió.
Vendió sus acciones como si fueran papas calientes y se fue con sus millones a otro nicho de mercado que le dio sus mejores dividendos durante la Segunda Guerra Mundial. Eso estuvo chido porque todo era muy versátil, amable y divertido: hacía negocios con los nazis, con los ingleses y antes, cuando se abolió la Ley Seca en Estados Unidos, con los irlandeses y su delicioso whiskey. No tienen idea, amiguitos que leen este texto, hasta qué punto, Joe se atascó de lana -como suelen hacerlo casi todos aquellos que se acercan al poder y saben cómo sacarle dividendos.
Esas fortunas y beneficios suelen ocurrirles a ciertas personas muy selectas, educadas, transas e informadas. A un ladito de esos cuervos, reptamos unos pequeños seres que vivimos en un universo paralelo en donde podremos estar muy informados… pero a nadie le importa.
Paso a contarles.
Tres (o por qué somos pobres si podemos ser ricos)
Entre 2005 y 2008 viví en Estados Unidos. Me ganaba la vida de dos maneras: la primera, escribiendo guiones para la televisión en vulgares programas para los hispanos en ese país y, como algunos seguramente sabrán o han especulado al respecto, la ignorancia, la educación infame, la desinformación y su explotación comercial da grandes beneficios en todas partes dando por resultado algo inquietante: en el rubro del trabajo duro, sacrificado y de calidad, pero escasa y pésima educación, los hispanos somos jefes. NOTA BENE: en USA -para mejor manejo de la discriminación y los impuestos- quienes hablan en español son hispanos. Punto.
La otra chamba que me daba para sacar lo de la chuleta, la llevaba a cabo los sábados y domingos en un exclusivo club de yates atestado de millonarios muy simpáticos. ¿Qué hacía en ese lugar, por vida de Dios? Pues atendía el Snack bar. O sea, manufacturaba hot dogs, quesadillas, papas a la francesa, hamburguesas y bebidas refrescantes (mi educación no daba para más). Eso lo hacía en Marina del Rey, una pequeña ciudad cercana a Santa Monica (sin acento), en California.
Al menos tres compañeros de trabajo, de modesta formación escolar (formal e informal) estaban por dejar el job, el laburo, la chamba en el exclusivo club náutico porque el sueño americano estaba tocando a la puerta de sus casas gracias a una actividad adicional que estaban desempeñando entusiastamente. Por una parte, atendían las necesidades de los millonarios en el formato de meseros, vigilantes o cocineros, pero fuera de las horas del trabajo meseril, vendían casas y gestionaban créditos hipotecarios a quien se dejara.
Ellos vendían casas; yo, hotdogs.
Mis compañeritos parecían felices. Sus ojos refulgían y es lógico: cuando hay dinero extra en la cuenta de banco o en la bolsa (sin mayúscula), la infelicidad es menos jodida… o eso dicen. En esa lógica imperturbable, me invitaron a ser parte del american dream porque -lo que sea de cada quien- alcanzaba para todos. Lo mismo ocurrió en las semanas previas al crack de 1929 pero la historia que les cuento se desarrollaba en 2007 y una lluvia durísima iba a caer (gracias Dylan).
A mí ya empezaba a parecerme sospechosa esa tendencia a “comprar una casa” sin mayores trámites, pero como no le entendía a esas cosas en el país que me acogía y daba sustento, no dije nada. Aquello, se los juro, estaba raro lo que se llama raro. Los créditos para tener “casa propia” ya estaban al alcance de un perro, un gato o un perico -no estoy bromeando, es real- y quienes movían el mercado (o el segmento del cual yo era testigo porque eran mis compañeros de trabajo) estaban exultantes de felicidad. Conocí a tres héroes: Hipólito, Consuelo y Pedro.
“Esto no puede seguir así”, pensaba con mis tribulaciones económicas alcanzando cotas conceptuales muy altas en octubre de 2007. Esas reflexiones me asaltaban, sobre todo, cuando freía salchichas y tocino en la parrilla del snack bar del club de yates… y eso mismo debió ocurrirle a Joe Kennedy con el “lustrador de calzado”. Algo no andaba bien y no porque algunos de los promotores del boom inmobiliario tuvieran nombres hispanos, sino porque algunas cosas huelen mal desde bien lejos y en este caso era obvio que “algo apestaba en Dinamarca”… aunque yo estaba en Los Angeles (sin acento), en el mero estado de California y mi relación con Shakespeare era más bien indiferente.
No los voy a aburrir más de lo estrictamente necesario: jamás me dieron ganas de ser parte del movimiento inmobiliario que tronó unos meses después dejando en la ruina absoluta a Hipólito, Consuelo, Pedro y nombres similares (y a millones con nombres ingleses, alemanes, suecos, japoneses). Me había puesto, sin ser consciente de ello, en el “formato Kennedy” por puro realismo pragmático: “si mis compañeros meseros del club de yates saben tanto como yo del asunto inmobiliario… es mejor no meterme a vender casas ni ofrecer créditos”.
Eso pensé gracias mis escasos conocimientos de una cosa que se llama “oferta y demanda: su impacto en los costos y los precios”. Como algunos recordarán, la crisis mundial por el asunto de las casas en abonos chiquitos cimbró al mundo al año siguiente (2008). Hay un antes y un después luego de esa crisis, pero apenas me percaté y paso a informarles.
Cuatro (créditos hipotecarios y hot dogs)
A fines del 2007 renuncié al gratísimo oficio (lo digo en serio) de atender el Snack bar de mis amores en el Marina del Rey Yacht Club (un sitio súper exclusivo que luego terminó en llamas) y mis pasos me llevaron a un lugar lejano de mi residencia gabacha. Me alejé de las palmeras californianas y me asenté en otro lugar en donde los que la rifaba era el frío. Un frío que, con los meses, se hacía cada vez más perro.
Ahí me instalé en un cuarto (iba a decir buhardilla, pero ya debo dejar de inventar tantas cosas) y me puse a escribir los guiones de los infames programas de tele hispanos. Los mandaba por e-mail y esperaba el depósito de mis honorarios en mi cuenta de Bancomer. No lo voy a negar: fue una buena etapa.
La pasé rolándola por una ciudad hermosa y bebiendo, con estricta moderación, una cerveza que cotiza entre las mejores del mundo y el vino no desmerece tanto; eso dicen, pero de ese brebaje no sé nada. Andaba, como se dice de manera jocosa y coloquial, en otro pedo, pero seguía leyendo periódicos, revistas y cosas a través de un incipiente internet. Uno no deja de interesarse ni de su país o periódicos por más alejado que se encuentre de la patria.
Obviamente, el nombre de la compañía Lehman Brothers -causante primigenia del crack inmobiliario planetario- lo tenía presente, pero no vinculaba ese nombre con mis amigos meseros y lavaplatos. Honestamente, la magnitud del asunto me sorprendió hasta que vi una peli en el año 2015, siete años después del evento fatídico de las casas y los créditos. Me refiero a la cinta The big short (en español le pusieron La gran apuesta y está en Prime… pero hay que alquilarla).
Muy buena peli. La he visto tres veces.
Y bueno, seguro se han dado cuenta, amigos lectores: aunque parezca poco creíble, se puede estar en medio de un acontecimiento que cambiará al mundo y uno sigue viendo las ramas de los árboles o posando la mirada en lontananza, en la pendeja, para irnos entendiendo. Al menos eso nos pasó a muchos ilusos con los resultados de la última elección. ¿Ya nos cayó el veinte respecto a la magnitud histórica de lo ocurrido hace casi dos meses? ¡Qué cosas!
Cinco (o por qué no puedo tocar el requinto como David Gilmour)
Back to the roots -guiño a John Mayall y su disco señero con ese nombre: cuando un perfume o la ropa o un libro o pintura o película dejan su carácter “secreto”, discreto, restringido o elitista y devienen mercancías masivas, es el momento de marcar distancia. Decir algo así, invocar elitismos o segmentos secretos no es políticamente correcto.
Es más: todo aquel que invoque o apoye alguna forma de exclusividad o “acceso restringido”, se hace acreedor a una quemada integral con leña verde (y bien merecido lo tiene) pero como bien lo dijo Galileo luego de abjurar de la visión heliocéntrica del mundo en el tribunal de la Santa Inquisición: “Eppur si muove”. ¿Qué tal? Traducido a un escenario mexicano sería algo así: “Ok, chamacos, son mamadas decir que los planetas giran alrededor del Sol. Me equivoqué, perdónenme, soy un pendejo, pero ¿saben qué?, la Tierra gira alrededor del sol… aunque se encabronen”.
Si llega el día en donde ciertas prácticas devengan masivas, para algunos será el momento de abandonarlas porque a la calidad no se puede acceder (como practicantes o espectadores) sólo porque un día nos levantamos y decidimos que queríamos ser expertos en una cosa que se llama “materia oscura” o tocar el saxofón (y si es en una semana, mejor). Desplantes así sólo los practican y se los creen los miles de ingenuos, que un lunes se levantan y deciden que son poetas o escritores y ya es hora de que el mundo lo sepa o que los aportes de Max Planck en este año ya valieron madres gracias a la neurociencia a las predicciones de los nuevos astrólogos.
Ciertas expresiones de la cultura (y la ciencia) podrán ser, potencialmente, para todos en sus versiones elementales, de consumo masivo… pero aun en esas amplias categorías de admisión, muchos -la mayoría- quedará fuera.
Por fortuna.
Pasa con los actores y sus obras, los músicos y sus rolas, los escritores y sus libros. Son prácticas elitistas, exclusivas, de no muy fácil acceso… si se aspira a la “areté”, a la excelencia.
Pongo un ejemplo personal: cuando escuché el requinto de David Gilmour en Comfortable numb, supe que estaba percibiendo una pieza de belleza y complejidades a las que sólo se accede si se tiene una “formación” rockera. No es común brincar del corrido tumbado al Pink Floyd Clásico. Hacer lo que hacen Gilmour, Van Halen, Jimmy Page, Jeff Beck y otros demonios rezumando azufre no es producto de un churro, un azar. Es otra cosa: se precisa de un talento innato (creo Hendrix nunca pasó por un conservatorio) o mucho estudio, años en escuelas de música, de práctica, de información, lecturas… justo lo que es difícil se practique en México de manera regular.
Aquí operan milagros como la “honrosa medianía” creativa de Alex Lora o los Tigres del Norte, quienes llevan como setenta (o mil) álbumes en su carrera musical y millones de canciones que se bajan de Spotyfy y ¿saben? Todos sus álbumes y todas las rolas, son la misma rola; lo mismo pasa con el Alex: medio siglo tocando la misma canción… y sigue siendo un éxito, un referente cultural. El mercado es caprichoso.
Seis (y final)
Aquí viene el meollo del asunto y el final de este expediente vegetal: me considero un sujeto capaz de disfrutar de la música de cámara, de la música barroca; del blues y del rock procreado entre los sesenta y los noventa del siglo pasado. Esa “capacidad” me permite darme cuenta de que el reguetón, la cumbia, los corridos tumbados y otros géneros, me resultan ajenos. No logro ni entenderlos ni procurarlos ni reconocerlos. Eso a nadie le debe preocupar. Cada quien sus necedades.…
Lo que me lastima y agravia es que jamás podré tocar un riff de canciones como Beat it, Stairway to heaven, Smells like teen spirit, You really got me y rolas así. Hay un universo de complejidad, de exclusividad al cual jamás podré acceder…. ¡ay, qué derrotista soy! ¿Por qué me excluyo, por qué no me rebelo ante mi mediocridad?
No sé, pero me imagino que ya es muy tarde para emprender semejante hazaña y algo más (me pondré melodramático): porque algunas cosas debí emprenderlas a los seis años, porque debí nacer en otra familia, con otros recursos materiales y relaciones sociales, en un entorno con una cultura que propiciara ciertas potencialidades y porque el puto “¡sí se puede!” es una mamada con registro de calidad dudoso.
Se oye y se lee bien feo, pero no todos tenemos ni la fortuna, ni la oportunidad, ni los azares a favor como para que ciertas cosas ocurran. Eso “no es justo, no es correcto y no es normal”, pero ya ven cómo se las gasta Galileo: eppur si muove… pero sobre todo, nada de lo mencionado lo pude hacer porque no tengo talento para esas cosas ni soy excepcional.
Siempre he querido enseñarme a tocar el requinto de Gilmour en la rola mencionada sólo por el infinito placer que me provocaría poder hacerlo, pero sé que es imposible… ni eso puedo. Me conformo con disfrutar cierta música, pinturas, pelis, libros, amigos, obras de teatro, caminatas, paseos en moto…
Hay cosas que son bellas, disfrutables, maravillosas… porque son exclusivas.