PRIMERA PARTE
(o de cómo se cruza un río famoso y una mandataria puede convertirse en presidente de todos los mexicanos… y no sólo de los fans de su partido).
Hoy me pondré intelectual bajo en calorías.
Les voy a hablar de un asunto ocurrido hace un chorro de años. Digamos que el asunto por chismearles tuvo lugar hace más o menos dos mil cien años. ¿A qué me refiero y por qué me pongo a hablar de ello? Empiezo por esto último: recientemente se ha puesto de moda soltar una frase apantalladora para referirse a actos en donde, una vez tomada una decisión, ya no hay vuelta atrás.
Casi siempre se asocia de manera positiva respecto a quien decide a jugarse el todo por el todo por una causa. La frase es “cruzar el Rubicón”. Adosada a esa frase que se ha convertido en metáfora de arrojo, valentía y convicciones firmes, hay otra que soltó Julio César al cuzar el famoso Rubicón: Alea jacta est. Viene de ese momento en que César se pone acá, muy gallito, muy Juan Camaney y suelta esa sentencia tan famosa que —en español mexicano— significa “¡pues íngue su madre y vamos por todo, cabrones!”.
En latín, esa alocución es menos contundente y significa “la suerte está echada”. O sea, ya no hay forma de arrepentirse y todo puede pasar y ¿saben? Todo le salió bien al canijo, aunque quien pagó las consecuencias, de entrada, fue el buen Marco Tulio Ciceron y, en seguida (cosa de días) el sistema republicano romano.
La frase, famosa hasta nuestros días, les reitero, es “cruzar el Rubicón” y es el momento de contextualizar, de manera brevísima, sin tanto detalle, el por qué es tan famoso ese cruce por parte de Julio César. ¿Podemos decir, de manera indubitable, que se pueden cruzar diferentes tipos de rubicones?
La respuesta es sí. Van tres escenarios: se pueden cruzar rubicones globales (Trump es, desde hace unos días, aliado de China y viceversa… o sea, de nada nos sirvió ponerle aranceles a China porque ahora Trump y Xi Jinping son bien amiguis); rubicones nacionales (nuestra mandataria apoyando de manera abierta o encubierta o disimulada a los narcos de Sinaloa, en lugar de actuar como jefa de Estado); rubicones familiares (hipotecar la casa por segunda vez para pagar deudas de juego) y rubicones personales (optar por jubilarse con la “ley del 97” cuando se puede jubilar por la “ley del 73”. Sólo un orate lo haría, pero como se trata de cruzar rubicones, no hay mejor ejemplo).
Va la historia groseramente sintetizada. Si quieren detales métanse a páginas de Google, de Youtube o —si ya andan muy mamucas y quieren apantallar al personal— pónganse a leer algunos libros pertinentes. Pienso en César: La biografía definitiva, de Adrian Goldsworthy. Casi todos coinciden en que es una de las obras más picudas para entender ese periodo.
Mientras se deciden, seré yo quien les cuente del tema de manera comprensible (pero confusa): Julio César llegó a la Galia allá por el año 58 antes de Cristo en calidad de proconsul (un puesto ¡uy! muy importante). Su plan de acción era detener la migración de bandas de celtas que se la hacían de jamón a los galos. Julio llegó y aplacó a los helvecios revoltosos y se quedó, en buena onda y casi sin molestar a nadie, en esa zona conocida como La Galia, que comprendía lo que hoy es Francia, Bélgica y unas partecillas de Suiza y Alemania.
La vida de Julio César era un desmadre y más o menos hacía lo que le daba la gana (además le debía lana a todo el mundo). Eso incomodaba mucho a sus jefes, pero sobre todo a una abstracción llamada “el Senado romano” y a Marco Tulio Cicerón (gran personaje este sujeto, me cae rebién). “El Senado”, luego de pensarlo detalladamente (o no, da lo mismo) decidió que era hora de aplacar al inquieto Julio César y le pidió, en buena onda, que disolviera a su ejército si quería que la fiesta terminara más o menos en paz… pero Julio tenía otros datos y planes.
Por ejemplo, consideraba que una parte del Senado, allá en Roma, era corrupta (eso era cierto) y proponía una serie de reformas para salvar a la República —aunque, casi de inmediato, él mismo se encargó de destruirla. ¿Parece conocido? Pues lo es: llega un profeta, promete mejorar la vida de los habitantes, desmadra todo lo desmadrable y se retira a echar la hueva o lo matan.
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El Senado se puso intenso. Le pidió que le bajara de huevos a su chocomilk y de paso le recordó que si osaba entrar a Roma se lo iba a cargar el payaso. ¿Qué hizo julio? De entrada le valió madres lo que dijera el Senado (y Cicerón) y decidió ir a Roma para ver si eran tan gallitos como andaban cacareando y de paso ver de qué lado mascaba la iguana por esos lares. Para tal efecto, se llevó aproximadamente seis mil amiguitos fieles a su causa (de Julio) y así, en bola, enfiló con rumbo Sur, a la sede del poder: Roma.
Imaginen a esa banda trotando, descansando, chismeando y durmiendo hasta llegar a un punto clave. Un río. El hoy famoso Rubicón. Ahí se detuvo el proconsul muy sacado de onda y no era para menos. Fue ahí mero cuando reflexionó “¿Cruzo el Rubicón o no lo cruzo?”. Recordemos que el Senado le tenía prohibido a cualquier gobernador cruzar esa línea (sobre todo si iba armado). Cruzar a Roma con tropas era el pase automático al reino de calacas, pero ya ven cómo era Julio César. Se rascó la cabeza… ¿en serio?
[A ver, a ver, detengámonos aquí un segundo: en realidad no se rascó la cabeza. Más bien se sobó el casco simulando que estaba rascándose la cabeza… y no era cualquier casco. Era uno de bronce muy nice en esos tiempos —año 49 antes de Cristo por si estaban con el pendiente—. Nos referimos al modelo Montefortino, muy popular en esa época; todos querían uno].
Ahora sí, volvamos a lo importante: se sobó el Montefortino valorando las opciones. Eso de cruzar de la Galia Cisalpina a Roma —perdón que insista— tenía consecuencias muy cañonas y Julio lo sabía. Imaginémoslo en la mera frontera entre la Galia Cisalpina y el territorio de Marco Tulio Cicerón. Detalle fino: los chicos que lo acompañaban eran la alineación oficial de la Legión conocida como la Legio XIII Gemina —casi seis mil soldados y algunos a caballo. Julio se sabía el nombre de cada uno.
Yo sí me lo imagino pensando “¿qué hadré, qué hadré, qué hadré?”… porque la mera verdad, a Cesarín sí se le fruncía el asterisco nomás de pensar en las consecuencias de cruzar el río. Era una decisión del más alto nivel. Sus casi seis mil amiguitos nomás se le quedaron viendo y él, Cesar, sí se sentía medio chiviado. En ese momento fue cuando pensó en voz alta (consta en actas): ”Ahora todavía podemos retroceder, pero si atravesamos este pequeño puente, todo tendrá que resolverse con las armas” (¡uy, qué miedo, me cae!).
¿Qué pasa cuando unos pocos miles de fanáticos siguen a un líder carismático? Pues les vale chetos lo que pasa o pasará (de eso, los mexicanos sabemos un poco). ¿Posibilidades de salir con vida luego de cruzar el Rubicón? Siendo honestos, casi cero, pero al buen Julio César “le salió bien su apuesta” y llegó a Roma, se desató una guerra civil, la República se vino abajo y a Julito le valió chetos que se derrumbara la República porque, en el fondo, eso de “protegerla” era una consigna de campaña y no estaba obligado a cumplir su palabra. Una sana costumbre, entre partidos políticos y quienes quieren salvar al mundo, al país, a la ciudad o a nuestro barrio. Una práctica mundial pues.
“Cruzar el Rubicón”, en síntesis apurada y grosera, sí representa de manera “amplia, cumplida y bastante” (así dicen los abogados) la magnitud de ciertas decisiones, pero hay otras equivalentes. Pienso en una de carácter local y menos alejada en el tiempo. Fue excretada por Hernán Cortés en 1519, al poco de llegar a las costas de Veracruz con aproximadamente seiscientos soldados (mucho menos que los legionarios que acompañaban a Julio César). Traían, además poco más de diez caballos, cañones y otras amenidades.
A los barbados personajes no les tomó mucho tiempo percatarse de ciertos detalles a saber: ese lugar tenía riquezas inmensas que podían robarse (o capitalizar, que no es lo mismo pero es igual); había una “mayoría calificada” de pueblos originarios que odiaba, con odio jarocho, a los aztecas (por gandallas) y estaban listos para colaborar con esos tipos recién llegados en casas flotantes.
Todas las posibilidades de partirle la mauser a los aztecas, contaba con el beneplácito de los habitantes originarios de lo que hoy es México. También se dieron cuenta de que eran tratados como dioses y pensaron “¡por Belcebú que es gratísimo ser tratados como deidades ¿qué tal y sí lo somos?”.
La última cosa de la que se percataron y era muy importante saberlo es que estaba chido ser tratados como dioses, pero esos barbados apenas eran poco más de seiscientas almas. Estaban en aplastante y escandalosa minoría. Ser derrotados era algo casi cantado. Sobre todo cuando sus fans coyunturales se dieran cuenta de que no eran dioses.
¿Qué pasó?
Pues Cortés —como Julio César mil quinientos años atrás y ante el Rubicón— se sobó el casco (no se tienen noticias del modelo) y ordenó hundir las naves que los habían llevado a Veracruz. Un eventual regreso (a donde fuera) se cancelaba. Más o menos por ahí empezó a gestarse lo que ahora es México aunque todavía no era México, porque México sólo se empieza a generar con la mezcla carnal y retozona de españoles e indígenas (de entrada) y luego con la alegre y diversa mescolanza de mulatos con negros, de negros con saltapatrás, de moriscos con zambos, de zambos con españoles, de mestizos con castizos…
SEGUNDA PARTE
Cuando la presidente Sheinbaum decidió que lo mejor para su partido y su gobierno era solapar —sin que pareciera que los solapaba— a los pillos de la banda de Sinaloa en lugar de actuar como mujer de Estado y en nombre del país entero… cruzó el Rubicón: se puso del lado de los maleantes y, hasta la semana pasada, no ha parado de exigir pruebas a los gabachos respecto a que nuestros narcos sí son narcos.
Algo que todos los mexicanos sabemos desde hace décadas, pero en el gobierno no saben nada del asunto. Si no hay pruebas, dice nuestra mandataria, no los extraditará… o sí, pero se juzgarán en México… o sepa la bola qué haremos pero, al menos a mí, ya me quedó claro: la soberanía es primero aunque nos la violen con cierta frecuencia.
¿Alguien en su sano juicio puede soñar que en México habría un juicio justo cuando se trata de personajes de la 4T?
Yo tampoco.
Estados Unidos tampoco.
El mundo tampoco.
Los ocho “indiciados” que nos quedan tampoco —ya se nos pelaron dos, como todo México lo sabe.
La presidente de México quiere pruebas y sonríe socarrona (pero maternal). Pide pruebas, pruebas, pruebas y más pruebas. Se las van a dar, claro.
No sé ustedes, pero de repente me pongo suspicaz y pienso en la extraña conducta soberana de los dos “presuntos narcos” que se fueron con el Tío Sam (un general que era encargado de la seguridad en Sinaloa y el jefe de las finanzas en esa entidad). Los dos prefirieron entregarse a los bracitos negociadores de la justicia gabacha. ¿Es mejor ser juzgados allá? Pues en ciertos casos, la mera verdad, sí.
Pero a ver: si no hay pruebas contra ellos ¿por qué se entregan a la justicia gringa? Hasta hacen que uno se ponga malpensado: ¿acaso cabe la remota posibilidad de que tengan información que a los gabachos les puede servir y prefieren soltar la sopa en aquel país? Da la impresión de que sí son culpables y algo pueden ofrecer a los gabachos a cambio de piedad y justicia divina (pero laica).
Pienso en cositas como reconocer que son socios de los narcos, o protectores de narcos o compadres de los narcos… y con muuucha información respecto al “who is who” en el apasionante mundo de la delincuencia organizada.
Eso de arriba es lo que viene a mi atormentada y conspiranóica forma de analizar el asunto.
Dos preguntas iniciales ahora que la presidente ya cruzó el Rubicón poniéndose del lado de los maleantes… fingiendo que no se pone del lado de los maleantes: la primera: ¿reculará y se regresará a “su Galia Cisalpina”?
Segunda: si decide volver sobre sus pasos ¿significa que no sólo recularía sino que se pondrá en modo estadista y optará por México y no por el partido y el dueño del movimiento que la llevó al poder de manera democrática?
Creo la mandataria tiene la oportunidad de hacer Historia —con mayúsculas.
¿Se envolverá en la bandera que cobija a todos los mexicanos y no sólo a los devotos de la 4T?
Si opta por México… el país en pleno estará apoyándola
FINAL (POR FIN)
Perdónenme ustedes, lectores, pero mi amplia experiencia tratando con necios me hace reconocer que estoy a punto de cruzar un Rubicón personal: no creo que la doctora Sheinbaum se ponga en el papel de estadista (me dará felicidad equivocarme). Creo optará por la lealtad a sus patrocinadores y seguirá en el papel que le hemos visto desde hace unas pocas semanas.
Pero ¿y si hay por ahí un plan B? Porque Estados Unidos puede obligarla (sí, obligarla) a actuar contra los narcos incrustados en el gobierno en algún proceso legal , en México, pero vigilado por instancias internacionales… porque, seamos serios: si el asunto se lo dejan sólo a las autoridades mexicanas —todas sometidas al poder ejecutivo, con cero independencia— el resultado será de risa. Ya sabemos cómo operan estas cosas: con los adversarios, los del gobierno son rigurosos observantes del Derecho; con los amigos, laxos. Evidencias, sobran.
Una amiga me dijo hace unos días y mientras nos tomábamos unos pulques de avena muy refrescantes en la Delegación Magdalena Contreras de la Ciudad de México, su opinión sobre el tema Sinaloa: “Sin pretender defender a nadie, no siento que esto sea excepcional. Hace años que algunos políticos están vinculados al crimen organizado ¿no? Entiendo que hay particularidades, pero no me parece excepcional. Es más, me parece alentador que se desvele lo obvio”.
Si a esas vamos, podemos rastrear la colusión del crimen con los gobiernos hasta donde queramos, poro ¡caray! Ya no podemos juzgar a Jesús Malverde, sinaloense distinguido a principios del siglo pasado y que devino en el santo patrón de los narcos actuales. Ese sujeto ya está sentado a la derecha de Dios Padre —a donde llegó sin aduanas luego de ser ahorcado por las autoridades en 1909.
Me refiero a lo que está pasando en este momento y va de lo que comentó el Mayo Zambada luego de ser abducido, entregado, traslado o secuestrado: se ocupó exitosamente de estos asuntos del narco en Sinaloa desde hace cincuenta años… pero podemos ir más atrás y no pasará nada, pero ya basta. Se trata de lo que pasa hoy.
Lo más jodido del asunto es que los gabachos no se detendrán. Ya nos lo han advertido muchas veces… y lo cumplen.
Por favor, Claudia Sheinbaum: vuelve sobre tus pasos y envuélvete en la bandera de México. La de todos, no la de tu movimiento.
Por piedad.
Pd. Para la elaboración de este “documentado” texto, reconozco mi deuda con una obra cumbre de la literatura: Asterix, de Albert Uderzo y René Goscinny. Un compendio gráfico que facilitó todo para la comprensión de las incursiones de Julio César en el territorio galo. Fue el pretexto pata toparme con entrañables personajes como Obelix, Panoramix (el druida poseedor de la fórmula de la poción mágica que hace invencibles a esos irreductibles galos) y Abraracúrxis, el jefe de la aldea en donde vive Asterix. Les recomiendo, sobre todo, la historia que se llama La Cizaña, un relato excelso, se los juro.