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La historia de Britta y los libros reaparecidos

Mi relación con Noruega es distante y comenzó aproximadamente en 1975 cuando cayó en mis manos un tabique en forma de novela de un tal James Michener. Me la regaló mi papá: Hijos de Torremolinos. Una novela muy entretenida en donde el viaje (en cualquiera de sus formatos) es el protagonista. Creo es el único libro que he leído de ese sujeto.

Me gustó por motivos de lo más previsibles porque, siendo de una generación a la que no le pasó nada relevante, nos conformamos con ver, con admiración y envidia, a los chicos estelares de los sesenta como referentes inalcanzables. Mi generación era muy pequeña (en edad) para haber estado en el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco; cuando tuvimos conciencia plena de Los Beatles… ya se habían separado y el movimiento hippie lo vimos, como espectadores, en el modo jipiteca.

La novela me gustó mucho y por varios años la quise releer por el recuerdo que tengo de varios de sus personajes, pero ¿saben qué me pasaba? Temía que el sedimento en mi memoria de las vidas de esos chamacos sesenteros en Torremolinos sufriese un menoscabo. ¿Qué tal si con la relectura termino queriéndolos menos? Los amores revisitados (aunque sean en la ficción) suelen decepcionar, por eso cuando alguien se da “una segunda oportunidad” y trata de volver con la expareja, eso suele terminar en un mal entendido… aunque se dan milagrosos y felices reinicios.

Si quieren saber de qué va Hijos de Torremolinos (en inglés se llama The drifters) lo mejor es acudir a Google o a la inteligencia artificial de su predilección y le pregunten (yo, paso de esas cosas del demonio). Seguro les darán ganas de leerla. Para esta entrega medio extraña, lo que hice fue releer la historia de uno de los personajes. Concretamente de Britta. Me gustó porque esa escuincla vivía en una ciudad heroica, remota, gélida, aburrida y asfixiante llamada Tromsø. Sus ganas de salir de ese pueblo bicicletero se hicieron obsesivas y abandonarlo era un asunto de sobrevivencia.

¿A qué viene mi charla con ustedes sobre el tema noruego?

Pues por el personaje mencionado arriba (Britta) y a una bobada. De hecho, esa bobada me hizo pensar en la conveniencia de hacer un texto que ahora están leyendo.

La bobada: un apunte de la sección de zoociales

Todo empezó cuando leí, por mero azar, sobre la muerte un señor llamado Harald V que trabajaba como rey de Noruega. Su deceso ocupó, por varios días, a la prensa del mundo y pues ya nos la sabemos: cuando se muere un monarca, el protocolo para despacharlo administrativamente al otro mundo se toma varios días porque toda la nobleza del globo terráqueo quiere despedirse de la celebridad. Vean si no: Harald entregó los tenis el 28 de agosto y fue hasta el 9 de septiembre cuando por fin lo dejaron en paz. La muerte es democrática: iguala a todos.

Harald V

La familia de Harald V es variopinta y se parece a todas las familias del mundo, con su propia manera de ser felices y una muy particular de ser infelices –tal como lo sentencia Lev Tolstoi al inicio de Ana Karenina. Van algunos chismes de esa familia: Harald se casó con Sonja Haraldsen en 1968 (esta chica se convirtió en la Reina Sonja).

La señorita Haraldsen era una vulgar plebeya, pero ya saben cómo funcionan las pasiones en todas las clases sociales: no se analizan, se obedecen y ese par de tórtolos cachondos desafió al mundo en la década de los sesenta del siglo pasado. No sólo chacotearon clandestinamente por años. No. Esos escuincles fueron más allá de los combates cuerpo a cuerpo a nivel horizontal: se enamoraron, se casaron y vivieron felices por casi sesenta años.

Harald fue un decidido apoyador de la causa LGTBQ… (si me faltó alguna letra, póngala usted). O sea, el rey era un gran tipo y su nietecita (Maud Anjelica) rescató, en el mismísimo funeral, unas palabras de su abuelo pronunciadas diez años atrás. Esas palabras muestran su vanguardismo: “Los noruegos son chicas que aman a otras chicas, chicos que aman a otros chicos y chicos y chicas que se aman los unos a los otros (…) No es siempre fácil decir de dónde venimos, qué nacionalidad tenemos. El hogar es donde está el corazón, y eso no entiende de fronteras. En otras palabras, tú eres Noruega. Somos Noruega. Mi mayor esperanza para Noruega es que seamos capaces de cuidar los unos de los otros y que construyamos un país con la base de la solidaridad, confianza y generosidad”.

Muy bonito el párrafo, pero en esa familia también hay gandallas y culebras. Pienso en el apuesto Marius Borg Høiby, nieto apócrifo de Harald V y producto de un bochornoso desliz de su madre, la alocada Mette Maritt. Este escuincle de casi treinta años fue acusado por su novia (Nora Haukland) y una amiga (Juliane Snekkestad) de haberlas violado, pero aquello se puso severo porque al final nos enteramos que el Marius era una amenaza pública y le endosaron cuarenta cargos penales… y salió culpable en más de treinta.

Su especialidad es (no creo abandone esa costumbre) abusar de mujeres incapacitadas. ¿En qué acabó este asunto? Pues, como todos sabemos, en este mundo todo se separa, hasta la basura: Marius fue condenado a pasar una temporada (no se decide aún cuánto tiempo) en  “prisión domiciliaria”. O sea, no sólo en México se solapa a los criminales de la realeza.

Pero bueno, eso pasa en la Noruega noble y sus chismes tan sabrosos. ¿Cuánto sabía yo de ese país? Se los confieso: muy poco, y si no hubiese aparecido el letal delantero (y androide) llamado Erling Haaland, sabría menos. Ahí les dejo más noruegos: ¿quién no conoce “El Grito”, famoso cuadro de Edvard Munch? ¿Quién no ha escuchado el nombre Magnus Carlsen en el ámbito del ajedrez o, en el mundo del teatro, el apelativo de Henrik Ibsen? ¿En serio ya se les olvidó Liv Ullmann?

Yo me quedo con Britta

Ese país, ya se ve, le ha hecho aportes al mundo, pero a mí me conmovió la historia de Britta, personaje de una novela palomera plus de James Michener. Ella fue mi primer contacto con Noruega y paso a contarles.

La novela se ocupa de cómo termina en Torremolinos un grupo de chavos cuya esplendorosa juventud transcurre en la década de los sesenta del siglo pasado. Esa banda de chavos de diferentes nacionalidades viajan y sabemos de sus vidas gracias al narrador, un vejete sesentón llamado George Fairbanks. Una novela de viajes por el Algarve (Portugal), Pamplona (San Fermines), Mozambique y Marrakesh. Así, Michener nos muestra un fresco de los asuntos más intensos de esa década en la vida de esa juventud y del mundo. Temas vinculados a la Historia (con mayúscula) política, racismo, música, el conflicto árabe israelí, drogas, etcétera.

Marrakesh

Si le tienen tirria a los librotes, esta novela “palomera plus” es la muestra de todo lo entretenida que puede ser una historia en casi ochocientas páginas. Se los juro.

Me pondré borgiano: debo a la conjunción del rey Harald y a una mañana sin hacer nada de provecho, el redescubrimiento de Britta, personaje de una novela que leí hace medio siglo y me vino a la mente de manera inusitada. Dato curioso: cuando leí esa historia, mi edad era menor que la de todos los personajes ahí puestos en escena; hoy, incluso soy mayor que el señor Fairbanks. ¡Que alguien detenga este tránsito de finitud!

Britta tenía dieciocho años y corría el año 1969. Vivía en Tromsø, una pequeña ciudad en una isla llamada Tromsøya en donde no pasaba nada. Su padre era un héroe de la resistencia noruega frente a la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial y fue pieza clave para el hundimiento del acorazado aleman Tirpiz por parte de los aviones ingleses. Eso fue en 1944. Su padre, por radio, informaba a los ingleses las maniobras nazis y así detectaron el barco y lo hundieron.

Su papá se convierte en un héroe nacional, le ponen medallas en el pecho, sale en el periódico y la tele, se hace famoso y luego lo fueron olvidando. Para cuando la historia de Britta transcurre, ya estamos, les repito, en 1969. Su padre soñó toda su vida con visitar Ceilán (hoy Sri Lanka). Se convirtió en una obsesión que lo enajenó. Se hizo un tipo aburrido, soso y de hueva mientras su hija de dieciocho años vivía aterrada ante la expectativa frente a ella: que su vida fuese una réplica del matrimonio de sus padres y los cánones al uso en materia de felicidad nórdica: tener un novio, casarse, hacerse de una casa y tener hijos.

Tromsø le parecía la sede de la monotonía con su vida anodina, sus inviernos larguísimos y sus noches eternas. ¿Qué hacer? Pues no había mucho en el menú y decidió seguir el manual de instrucciones escandinavo: tener un novio y lo consiguió, ya después que fuese lo que decidiera Dios. El elegido fue el simpático Gunnar, con pocos defectos, pero con uno muy serio para el estándar de aspiraciones secretas de Britta: estaba obsesionado con la radio de onda corta… el equivalente a su papá, pero en la radiorecepción. Sólo de imaginar su vida al lado de Gunnar, más interesado en contactar con alguien de otro país que ponerle atención a ella, se le echinaba la piel.

Un día ve un anuncio: “Visite Torremolinos” y se le desata la imaginación, pero cuando le dicen cuánto costaba pasar quince días en ese sitio, la cordura regresó: era imposible pagarlo. Al final, como ya se lo imaginarán, logra huir de su pueblo con la firme convicción de no volver jamás a ese “túnel invernal” que era su país. Ora sí que se fue buscando al astro rey.

Ya en Torremolinos ve que la vida, como dijo un escritor mexicano, no suele ser muy seria en sus cosas y si quería quedarse alejada del tunel invernal, tenía que talonearle (literal). Al final –como seguro ya se imaginarán– conoce a Joe, quien le ofrece una chamba en una cantina y así, Brita se queda en España y la aventura de seis chamacos sesenteros se inicia. Tres generaciones viajando por Portugal, España, Mozambique, Marruecos… y “el fresco” comentado más arriba se despliega. Eso es lo interesante de la novela: nos acercamos a conocer ese mundo juvenil en donde la política, las guerras, drogas, el amor, la convivencia de tres generaciones –me faltó mencionar al Holt, un exmarino gabacho de cuarenta y cuatro años que se les une en Pamplona.

Britta, en la novela, funciona como el catalizador que ya daba cuenta del hastío europeo, el vacío existencial que empezaba a agarrar, “de salva sea la parte”, a sociedades como la escadinavia en donde ya se perfilaba el bienestar del que ahora disfrutan y cuyas bondades no pudieron darle un lugar a la felicidad humanamente posible.

No sé si esa novela se puede conseguir a precios razonables. Michener se ganó el Premio Pulitzer, pero no terminó siendo un autor que se mantuviera vigente. Encontrar sus libros (casi todos de viajes) no es fácil. Me metí a Amazon y la novela de marras anda en los cuatro mil pesos. Un abuso absoluto.

Y ahora ¿qué hago?

Pues les cuento cómo fue mi  reencuentro con esa novela en mi librero. Algunos van a decir “¿y para eso nos restregaste el choro del rey Harald V de Noruega y su familia?”

Pues sí. El proceso se dio así: cuando leí del rey Harald V vino a mi mente Noruega y lo supe: no tenía idea de dónde estaba ese país. Me metí a Google Maps y listo. Entonces me pregunté, así, de la nada y sin venir a cuento (o como dicen los gringos “out of the blue”) en dónde estaba Tromsø y cuando lo encontré me pregunté porqué me salieron las ganas de saber dónde estaba ese lugar. Bien pude buscar Cozumel, por ejemplo.

En esas estaba cuando  ¿quién creen que llegó a mi mente? Pues sí: Britta, la noruega jovencísima. Seguro esa chica seguía ahí, en Torremolinos, tal como la conocí hace tantísimos años –porque los personajes no envejecen. Ahora faltaba saber en qué novela fue que me la presentaron. No me acordaba pues.

Pasé dos días con esa duda carcomiendo mi alma de lector cursi que se enamora de los personajes: ¿qué habra sido de Britta –me pregunté– ahora que tengo más años que el señor Faibanks, el vejete acompañante de los jóvenes viajeros y narrador de toda la aventura?

Así llegó el sábado pasado. Estaba en mi casa comiéndome uno de los tradicionales chiles en nogada que vende la señora Alma Rosa Zepeda, mamá de una amiga y aún tratando de recordar en qué fuckin´ novela aparecía Britta: “¡Joder! Llevo dos días atormentado y no recuerdo el libro donde la conocí ¿a dónde vamos a parar, por vida de Dios?” –pensé, hasta que el creador se apiadó de mí: el autor era James Michener… Google hizo el resto: Hijos de Torremolinos.

¿Ese libro seguiría en mi biblioteca o ya me lo había robado algún amigo éticamente intachable? Si la lógica sirve de algo, debía estar en mis estantes y sí, ahí estaba. La última vez que lo saqué de su letargo fue hace unos cinco años, cuando se lo llevé a Octavio Vázquez para que lo restaurara. Luego de medio siglo de mudanzas, ya era evidente su deterioro pero su valor sentimental iba al alza. Octavio hizo un trabajo impecable. Vean la foto. Así de guapo está ahora el tal libro.

Cuando me acerqué al tabique vino a mi mente el mozalbete que recibió el libro de parte de su padre hace cincuenta años y lo que pensó: “por qué oscura razón mi papá piensa que voy a leer un libro de casi ochocientas páginas?”

Pues ocurrió.

Lo leí sin parar y Britta se quedó en la memoria por toda mi vida –también los otros, personajes, pero Britta es una mujer especial. La novela apareció en su versión original, en Estados Unidos, en 1971. ¡Ay de mí! Britta tenía dieciocho años cuando la historia da comienzo, en 1969 y yo tenía trece. Hoy, esa escuincla sigue teniendo dieciocho años y yo… pues saquen cuentas, morbosos.

Pasaron algunas décadas de la lectura y me dije varias veces “debo releer esa novela”. Nunca lo hice. Así, Britta aparecía en mi memoria de manera cada vez más esporádica… pero el sábado pasado la tuve en mis manos otra vez. Decidí releer la parte que se ocupa de la vida de esa jovencísima mujer en las semanas previas a dejar su país e irse a Torremolinos en busca del sol. Me siguió gustando esa entrada. Vi a Britta con otra mirada. A esa chica le pasaba  como le ocurre a todos los jóvenes de todo el mundo –y más ahora: la rebeldía frente a lo que se presenta como ineluctable, predecible, aburrido. ¿Es igual ahora, medio siglo después?

No. Hoy las cosas son más complejas y esa juventud no es posible recrearla, salvo leyendo novelas que nos digan cómo eran los jóvenes en el remoto pasado, cuando la juventud empezó a ser rentable en términos del consumo y con el culto a la juventud al precio que sea. Lo que vivimos hoy, pues.

Britta y sus amigos tenían la ilusión un futuro mejor… y en la “realidad literaria” lo siguen teniendo. Hoy, nada parece ser fuente para los sueños de quienes nacieron en el siglo XXI… o seguro sí, pero ya no le entiendo a la gramática de esta vida.

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