Definido como un romance de época, lo más reciente de Oliver Hermanus, La historia del sonido (The history of sound, 2025) se estrenó en la selección oficial de la más reciente edición del voluble Festival de Cannes, en donde recibió críticas mixtas. Por estas fechas, como avanzada de los estrenos románticos del mes, llega a la cartelera local gracias a Caníbal distribución.
La película transcurre a lo largo de setenta largos años, de 1910 a 1980. Sigue los pasos de Lionel (Paul Mescal), quien pasó su infancia en una pequeña granja del sureste estadounidense. A manera de remembranza, el protagonista recuerda su innato talento para identificar los sonidos. Con el tiempo, dicha aptitud lo lleva a un prestigioso conservatorio de la Costa Este. Ahí conoce a David (Josh O’Connor), un entusiasta de la música folclórica. Ambos jóvenes desarrollan un apasionado romance, que se ve interrumpido cuando David es llamado a filas para participar en la Gran Guerra, mientras que Lionel debe volver a la granja familiar. Aunque no será la última vez que vuelvan a verse.
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Ben Shattuck es un escritor nacido en Massachussets. Hace algunos años publicó un volumen de cuentos titulado La historia del sonido. Años después, él mismo escribiría el guion de la película, basándose en dos de sus relatos. Cabe mencionar que la edición en español será lanzada el próximo mes de abril, a través de Ediciones Urano, un pequeño sello catalán. Solo como dato de trivia, hay que mencionar que Shattuck es pareja sentimental de la comediante y actriz, Jenny Slate.
Buena parte de la expectativa que generó su estreno en Cannes, se debía a sus protagonistas: Josh O’Connor y Paul Mescal. El primero comenzó a despuntar con Tierra de dios (God’s own country, 2017), un íntimo drama en el marco de la diversidad sexual y llegó a su consagración con La quimera (La chimera, 2023), de Alice Rohrwacher. Mientras que el segundo es el actor irlandés de moda, con su reciente participación en Hamnet, el drama de época de Chloé Zhao.
El título hace referencia a la vocación musical de sus protagonistas, que se confirma con un viaje invernal por el noreste de Estados Unidos para registrar la música vernácula de pequeñas comunidades rurales. Cargando un pesado fonógrafo Edison, los amantes consiguen registrar en cilindros de cera, todas las canciones que encuentran a su paso.
El viaje marcará un antes y un después para la pareja. A partir de ese momento solo seguimos a Lionel, a quien, después de en un abrupto salto narrativo, vemos triunfando en los mejores coros de Europa y hasta cerca de comprometerse en matrimonio con una acaudalada joven británica. Sin embargo, estas escenas de aparente éxito están impregnadas de un permanente estado de tristeza. Solo encontrará cierta paz cuando descubre que ha sido de David.
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Buena parte de las críticas que ha recibido el filme del director sudafricano, acusan una falta de ritmo, profundidad y pasión. Algo que se extrañaría en un director abiertamente gay, que cuenta en su haber con un par de películas interesantes que atañen a la comunidad LGBTQ+: Moffie (2019), así como la menos conocida Belleza (Beauty, 2011), en donde se retratan el ambiente tóxico en el que se desenvuelve un joven soldado homosexual y la represión sexual de un hombre maduro.
Si bien la música está presente a lo largo de toda la cinta, es apenas el vínculo que entrelaza con sutileza las historias de estos personajes. Oliver Hermanus no busca los arrebatos apasionados y el llanto fácil, en vez de ello, muestra rostros contenidos y una melancolía palpable. No faltan las injustas comparaciones con la temprana El secreto de la montaña (Brokeback mountain, 2005), que se enfoca en mostrar las fatales consecuencias del amor homoerótico, mientras que los personajes creados por Shattuck, eligen sus destinos dentro de los estrechos márgenes que les impone la sociedad.
Para quienes acaso lo buscaban, hay que advertir que no es una película sobre la intolerancia de una época y el sufrimiento de los disidentes. Si de algo podríamos quejarnos es de una historia predecible, así como de sus lagunas narrativas, que llevan a un pobre cultivador de manzanas a los sitios más elegantes en la Europa de entreguerras. Sin embargo, a lo largo del metraje se conserva la esencia de una historia de amor sin prejuicios ni aspavientos, flanqueada por dos grandes interpretaciones.

