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Morirse o ser inmortales… eso es lo importante

Aprovechando la fecha, la quincena y el inicio del penúltimo mes del año les platicaré, en el formato de los Expedientes Vegetales, de un tema presente en nuestra vida. Me refiero a la muerte. Un tema serio por más que el lugar común y los usos y costumbres determinen que los mexicanos (incluso las mexicanas) nos reímos de la muerte. Esas son valentonadas ridículas. En el mero memento mori, ese instante ineluctable en donde ya no hay ni un milímetro más allá, pocos serán quienes se mantendrán gallitos, machitos y pagados (o pagadas) de sí mismos.

Hace poco más de una semana, de manera inexplicable decidí ponerme prosopopéyico (solemne pues) y opté por bajar una versión gratuita de una pequeña novela de Lev Tolstoi llamada La muerte de Ivan Ilich. La leí en mis tiernos y remotísimos veintitantos años y no me causó una emoción especial. Debe ser porque ya era muy superficial y a esa edad, la mayoría retozamos en la eternidad y ahí, según andan diciendo, nadie se muere y, si acaso eso ocurre, siempre le pasa a otros.

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Al momento de bajar el texto de Tolstoi traía muy avanzado un ensayo perturbador de la hermosa e inteligente Carissa Véliz. Se llama Profecía (ya les chismearé de ese libro) y en mi agenda estaba programado un viaje. Eso requería un kit básico de lecturas para el momento de ir metido diez horas en un tren por el norte del país. ¿Por qué seleccioné a Lev como compañero de viaje? No sé, pero es el segundo periplo en donde Tolstoi se ha incluido en mi famoso y ecléctico kit de lector.

La muerte de Ivan Ilich es una historia que se parece a todas las historias del mundo porque, en esencia, la mayoría somos como el tal Ilich. Con dinero y sin dinero; con estatus y sin él, la mayoría (según estadísticas confiables) nos moriremos en un lecho, pero las excepciones menudean y paso a poner ejemplos de personajes literarios: unos morirán como Artemio Cruz, confesando sus barbaridades; otros como Jay Gatsby, en su piscina y un disparo a cargo de un marido despechado que pensaba que Jay era el responsable de la muerte de su esposa (y además su amante); otros como el Adriano de Youcenar, en medio de dolores y casi en paz.

Las modalidades son variadas, pero nos vamos a morir.

La historia de Ivan Ilich es muy triste. La novela empieza en su funeral y todos los protocolos que se siguen cuando alguien entrega los tenis: el pésame a la viuda, la angustia del “y ahora qué será de nosotros” o “espero haya dejado algo de dinero”. La familia de Ilich era aspiracionista químicamente pura, presumida e imitadora de actitudes y consumos sociales lejos de sus alcances. La principal preocupación de la viuda, en el velorio, era saber si se le puede sacar algo extra al gobierno como renta… las angustias normales. Nada por objetar.

La muerte de Ivan Ilich

Luego, el narrador de la historia nos da los pormenores de cómo pasó de estar todo saludable a estar enfermo el buen Ivan. ¿Así de fácil? Así es, porque la condición esencial para que algo empiece a funcionar mal… es que primero haya estado bien.

Ilich tuvo una vida infeliz, un matrimonio ídem que parecía de ensueño por las deudas que les permitían mantener un estatus precario pero vistoso. Con él enfermo todo se empieza a descomponer en su conciencia porque si no lo saben lo sabrán: cuando uno se pone muy enfermo, ese doliente, esa persona, esa personalidad se va convirtiendo, en la familia, en un pesar (anímico) y luego en una carga física difícil de sobrellevar. Nada más desgastante que estar con un enfermo de larga duración. Independientemente del amor que se les profese.

Así, Ilich reflexiona en si esa vida que eligió llevar era la adecuada, se da cuenta de que muchas de las cosas experimentadas en la vida no eran para él –aunque lo creyó de esa manera. No dedicó tiempo a cultivar (en el mejor sentido de la palabra) relaciones de calidad. Le seguía la corriente en todo a sus modelos aspiracionales: leía los libros que se suponía debía leer y no los que quería leer y además era indolente.

Cuando se hablaba de la muerte de alguna persona en esos libros, Ivan se mostraba impasible, sin emociones, pero al ser testigo de su propia muerte se sintió único: “¿Por qué a mí Dios mío, por qué?”. El dolor actúa así.

La muerte de Iván Illich no es una novela exclusivamente sobre la muerte, sino sobre la vida de este funcionario, escrita en retrospectiva y poblada de anécdotas y reflexiones tanto del mismo Iván  como de sus familiares, amigos y compañeros de trabajo. De cierto modo, es también una crítica a la ambición de sus colegas, de sus amiguillos; cuestiona las relaciones humanas (con énfasis en su esposa).

Todo parece conspirar contra la débil salud de este hombre, pero es también su propia mente la que contribuye al derrumbe y en ese proceso de enfermedad el personaje comienza a comprender algo que a veces nos confunde: el creer que la muerte está lejos, que uno es joven y que no hace falta preocuparse si se tiene salud. Uno es consciente de la muerte cuando la salud empeora y luego, sencillamente (eso creo) uno se dejará llevar. ¿A dónde? Nadie lo sabe.

Para escudriñar en ese destino están las religiones. La fe. En una de esas uno sí se va a vivir a lo que gustamos en llamar “otro plano de conciencia”. Yo lo creo.

¿Cómo ven mi osadía?

¿Uno quisiera vivir eternamente?

Les dejo unas líneas de un ensayo de Juan García Ponce (Apariciones. Antología de ensayos, FCE, 1987): “La imposibilidad de morir es un atributo de la vida (…) nosotros, como vivos, no podemos morir. Mientras estamos  en el lugar de la vida, el terreno de la muerte nos está vedado (…) pero los hombres sabemos que vamos a morir, sabemos que la muerte existe. En cambio no sabemos qué es la muerte y por lo tanto no es imposible morir, no es posible entrar, desde el terreno del conocimiento, desde el campo del saber, desde la capacidad de pensar que nos define como hombres, el espacio de la muerte”.

Esa reflexión no ayudará mucho a quienes andamos en proceso de liquidación de este mundo (preferentemente los nacidos en el siglo pasado, en la década de los cincuenta y un poco más atrás).

¿Nos gustaría ser inmortales?

No se aceleren. Según la literatura fantástica (fuente digna de todo crédito), no es tan chida la inmortalidad.

En “El inmortal”, famosísimo relato de Jorge Luis Borges, éste comenta que ser inmortal es baladí. Todos lo animales son inmortales: las gaviotas, los perros, los gatos porque no tienen conciencia de su finitud. Lo pinche, lo feo de todo esto es que fuésemos inmortales… y lo supieramos.

Esto se pone interesante…

Más abajo van otras líneas del ensayo de García Ponce parafraseando a Borges en su relato ubicado en la ciudad de los inmortales en donde todos están viviendo como trogloditas. ¿Por qué tanta indolencia fente a la vida, pero sobre todo con el outfit diario? ¿Qué es lo que ha reducido a los inmortales a ese miserable estado sin nociones de la estética y el buen gusto?

Pues… su misma condición de inmortales.

Ora sí, va García Ponce: “…esa condición [la inmortalidad]  descansa en el olvido y ese olvido incluye un olvido de sí y tiene como fundamento y base primera la absoluta indiferencia. Para los inmortales no importa que el tiempo pase (…) porque ni el tiempo ni la vida pasan sobre ellos. En su mundo no hay bien ni mal ni actos positivos o negativos, no hay grandeza, no hay miseria. Todo es igual. Nos damos cuenta de que el olvido de sí es una entrada al no ser que se parece en todo a la muerte. Los inmortales lo son porque habitan el espacio de la muerte”.

Oh, mi God!

Cuando recuerdo la agonía de Ivan Ilich y la manera en que todo va dejando de tener importancia en sus pensamientos me queda claro que todo se hace “baladí”, deja de pesar y somos lanzados a la nada o a otro plano de conciencia ­–según los optimistas. ¿Si no fuera por el dolor que suele acompañar a la muerte nos pondríamos “flojitos y cooperando”? Lo dudo. Sin dolor todo es soportable, hasta una existencia miserable porque los miserables no son conscientes de su condición. Hasta parecen inmortales.

No están ustedes para saberlo, pero yo sí para contárselos: he pasado por dos episodios de salud graves. No estuvo en peligro mi vida, pero el dolor me acompañó por meses. No me enfermé de algo curable en cinco días o dos semanas. No. Fue un dolor constante por meses… pero la libré.

En algunos momentos me llegaron pensamientos como los de Ivan Ilich… y es que, lo que sea de cada quien, el dolor cansa. Pienso cuando la mujer de Ivan sale a socializar (la vida sigue para unos y se detiene para otros) y él sabe que ya es una pain in the ass para su familia y le da pena… ya luego hasta rencor sentía por su esposa, familia y “amigos”.

Pues hagan de cuenta. Eso me pasó y me puse lírico con la escritura de mis pesares. Va un fragmento de mi manifiesto sobre la enfermedad y los enfermos. No entrecomillaré nada porque… son mis palabras. Empieza (y termina) así:

No sabemos cómo actuar frente a la enfermedad de algún ser querido. Estar en el país del dolor no requiere visa, pero no hay turismo voluntario en él, sólo eso: dolor. Todo lo referente al sufrimiento solemos imaginarlo desde la salud y nos compadecemos del otro.

Más no se puede hacer.

Me encuentro en ese país desde hace varias semanas y —si todo sale bien— sólo serán unos cuantos meses. Lo interesante de esto es cómo he procesado mi relación con los otros desde la No Salud.

En un entorno híper comunicado resulta complicado mantener los eventos fuera del conocimiento de los demás. Si alguien pierde el trabajo, es cosa de minutos para que muchos lo sepan; si nos divorciamos o terminamos una relación, igual.

Si uno se enferma de algo más o menos complicado, es cosa de días para que sea del dominio público. Nos hacemos trending topic… y al morir eso se vuelve, por no más de setenta y dos horas, el acontecimiento del cual todos hablarán.

Eso es normal.

Cuando mi estado de salud actual fue del conocimiento de las personas amadas y conocidas recibí muchos mensajes de aliento y solidaridad. Siempre es lindo saberse querido. Conforme la situación se normalizó (si alguien no se alivia deja de ser novedad) los mensajes dejaron de ser continuos y es normal.

No me sentí mal por eso.

Mi atención estaba en otro lado.

En la No Salud uno está ocupado en cosas poco atendidas por los saludables y éstas reclaman toda la concentración. El dolor no admite indiferencias. ¿Se han puesto a pensar en cuán poco se requiere para transitar de sentirse bien a sentirse mal? Es cosa de unos cuántos grados centígrados. Pasar de 36.5 a 40 grados de temperatura corporal cambia todas las perspectivas. Si se pasa de 40 las cosas son preocupantes.

Y me llegaban whatsapps, mails, llamadas de personas atentas a mi estado de salud. En cuanto podía respondía a todos, sin fallarle a nadie… bueno, reconozco una falla: las llamadas por teléfono se me complican porque me canso muy rápido pero igual: apenas tengo ánimo le llamo a quien me llamó.

“Mas sin embargo” debo decirlo: todas las muestras de cariño las valoro, pero hay unas pocas personas a quienes uno de verdad quiere tener cerca. Me explico: mi vanidad de escribidor, por ejemplo, se colma cuando treinta o cincuenta personas leen lo que escribo… pero me ilusiona imaginar que esos escritos los lee tal persona en específico porque uno trae en la mente a alguna persona cuando se pone a pergeñar sus ocurrencias. ¿Se capta lo que quiero decir?

Así con la experiencia de la No Salud: yo “sentiría bien bonito” si cierta amiga o amigo me llamara, escribiera o viniera a verme porque necesito su presencia. Pero en estos trances de salud unos amigos o amigas entrañables se ponen firmes y no pueden hacerlo (y fui uno de esos sujetillos). Otros y otras no saben qué hacer con el enfermo. ¿Siento mal? Sí, pero deja de importar tanto.

De alguna manera esa ausencia de hard feelings (o de sad feelings) me aliviana. Es obvio: las cosas cambian, las circunstancias y ánimos también. El cariño que hubo entre Isaac y yo –por ejemplo– siempre fue correspondido… pero no supe qué hacer con su No Salud y me alejé de él en sus momentos finales.

La misma experiencia la vivo hoy. Las cosas son como son.

Y bueno, hasta ahí esa página que está consignada en un libro que publiqué hace unos tres años. Se llama No pise el pasto, por si se animan a leerlo. Está en este enlace de Amazon.

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