Revés Online

¿Qué misterios hay en las cocheras gabachas?

Seguro han leído por ahí de grandes descubrimientos o emprendimientos que se convierten en hitos, en modelos aspiracionales para el mundo… como si conseguir lo excepcional estuviese al alcance de cualquier ser humano y basta desearlo con mucha fe o algo más chistoso: decretarlo.

Para ilustrar el tema de manera sencilla, tomé algunos ejemplos en Google y se los paso tal cual: “En 1976, Steve Jobs y Steve Wozniak ensamblaron las primeras 50 computadoras Apple I a mano en el garage de la familia Jobs en Los Altos, sentando las bases de la computación personal intuitiva”;

“En 1994, Jeff Bezos transformó el garage de su casa rentada en Bellevue, Washington, en una librería en línea, instalando servidores que consumían tanta energía que hacían saltar los fusibles domésticos”;

El Rock y la Música de Garage: todo un subgénero musical y movimiento contracultural (el Garage Rock y posteriormente el Grunge) lleva ese nombre porque miles de bandas juveniles en los años 60, 70 y 90 (incluyendo los inicios de agrupaciones masivas como Nirvana) usaron las cocheras de sus padres como el único espacio disponible para ensayar sin restricciones de sonido amplificado”.

Es hora de dar a conocer una conclusión empírica, verificable: las cocheras y los áticos han jugado un papel central en la cultura empresarial, científica y comercial de la cultura gabacha y me pregunto si Wozniac y Jobs hubiesen carecido de una cochera ¿Apple hubiera sido posible? ¿Cuánto influyó el embrujo de un garage familiar para activar la creatividad? ¿Acaso no contar con un sótano o al menos “una habitación propia” ha impedido a los mexicanos ser más trascendentes en materia de inventos que cambian al mundo, libros que nombran de otra manera lo universal desde lo local, películas que nos dejan pensando por meses en su trama?

Delirios como los que recién han leído vinieron a mi mente cuando leí, hace unos días, una entrevista a Claire Burke que salió en la reputada revista New Yorker el pasado 9 de agosto. Se trata de una mujer de quien no sabía absolutamente nada –pero les dejo su foto aquí abajo.

¿Qué pasó con Claire?

Pues no mucho, pero sí muy desmesurado, como todas las cosas que se gestan en una cochera gabacha. El chisme va así: en 2024, Claire terminó de escribir una novela sin imaginar lo que se vendría. La novela se titula Yesteryear y entre abril y septiembre de este año se han vendido casi un millón y medio de ejemplares. No está mal para una escritora debutante. La historia va de una influencer llamada Natalie Heller, una chica bien portada que aborda temas de interés para esposas tradicionales del medio rural y profundos valores cristianos. Todo va bien hasta que un día la Natalie despierta en una realidad bastante incómoda y ubicada en 1855. Sin redes sociales, sin iPhone, sin ninguna de las comodidades que gustaba romantizar en sus redes sociales.

Claire Burke
Claire Burke

La trama suena interesante y hasta ganas me dan de comprar la novela, se los juro.

Claire tenía treinta años en 2024 y la suerte estaba de su lado. ¿Había decretado la abundancia para su vida? No lo sabemos, pero una fresca mañana de ese año abrió sus ojitos, se desperezó, reconoció que tenía un flojera épica justo cuando una epifanía iluminó su recámara y le anunció (la epifanía): “Claire, hoy es un buen día para ofrecer tu novela a un consorcio editorial multinacional”… y la chica se fue buscar  algún consorcio cerca de su casa.

Por ahí estaban las oficinas de Knopf Double Day. Claire pidió hablar con alguien capaz de resolver su asunto, la pasaron con esa persona y de manera expedita se arreglaron con el contrato. ¿Cómo le hizo para que los directivos de ese consorcio la recibieran en las oficinas corporativas y le compraran su novela? En la entrevista no se dan datos de ese milagro, pero sí se nos informa que fueron doce las editoriales en la puja por los derechos sobre Yesteryear. Claire estaba feliz y se llevó a casa un cheque con una cifra de siete dígitos… eso andan diciendo.

A eso se le conoce como “empezar desde abajo”.

Hay otro caso similar, pero en Inglaterra. Le sucedió a Zadie Smith en 1997 con su novela Dientes blancos de la cual apenas había escrito unas ochenta páginas que leyó  Georgia Garret, agente literaria y de volada le mandó copia a varias editoriales y, casualmente, también a Salman Rushdie. Me cae que a eso se le llama tener suerte, porque Salman se la recomendó a una editorial y ya quiero ver a la empresa que pasa por alto semejante recomendación. No importaba que apenas llevara ochenta páginas –terminó en un tabique de más de quinientas.

La trama va sobre la migración en Londres de familias pakistaníes, de Bangladesh, o de la India y los matrimonios entre diferentes culturas en aquel país a lo largo de varias décadas. La mera verdad, es la historia de la familia de Zadie cuyo papá es inglés y su mamá jamaiquina.

¿En qué acabó todo? Pues en que la editorial Hamish Hamilton ganó la puja y Dientes blancos se publicó en el año 2000. Está interesante esa canija novela aunque, para mí, al final, Zadie se pasó de lanza y se puso académica. Mala idea para una novela.

Zadie, por su parte, recibió el equivalente a 400 mil dólares por un libro apenas en su etapa inicial de desarrollo. La escuincla tenía 21 años en 1997 y era estudiante en Cambridge. Otra que “empieza desde abajo”.

Me pregunto –con modestia rayana en la humildad– si alguien en algún lugar del mundo estaría interesado en comprar los derechos de mi próximo e inminente libro que se llamará Expedientes vegetales. Lo pienso parir el próximo año bajo el sello de Amazon en el clásico formato de la “autopublicación”. Espero que Jesús Arroyo –mi editor oficial en ese consorcio– me siga teniendo entre sus afectos y lo suba a esa plataforma, pero bueno, de una vez les aviso a los de Penguin Random House –y a los del Grupo Planeta– que estoy abierto a escuchar sus propuestas. Espero me llamen antes de hablarle a Jesús. ¿Alguna oferta por ahí? No los escucho pujar –por los derechos, se entiende.

Pero volvamos con Claire.

Por si no lo saben, esa editorial (Knopf) es bien picuda y también ya forma parte de Penguin Random House. Nomás para apantallarlos, ese sello alberga en su seno a escritores como los premios Nobel Toni Morrison, Kazuo Ishiguru y Alice Munro, pero también a Joan Didion (me pongo de pie), Jumpa Lahiri, Colson Witehead, Anne Tyler, Michel Ondaatje y docenas más. O sea, la dulce Claire tuvo un don ajeno a la mayoría de los mortales… o sólo asequible en la cultura gabacha: tocó la tecla correcta y tenía “la cochera” adecuada.

Pero las cosas apenas empezaban a ponerse chidas para la señora Burke…

Semanas después, la banda de Amazon MGM Studios compró la versión cinematográfica de Yesteryear por una suma que podría rondar los dos millones de dólares. Pónganse cómodos porque se pone bueno: por ahí andaba una mujer bellísima con ganas de hacerle más ligera la carga económica a los de Amazon MGM. Su nombre: Anne Hataway, quien se sumó como productora de la inminente peli basada en la novela de Claire… y sí, adivinaron, Anne quiere ser la protagonista.

Vean los antecedentes de la autora de Yesteryear y los giros que da la vida: “fue educada en Dartmouth, Massachusetts, hija de un médico y una enfermera, creció con convicciones conservadoras (…) Sin embargo, comenzó a cuestionarlas cuando, junto a su esposo, con quien se casó a los veintiséis años, pasó dos años viviendo en una caravana Airstream y leyendo teoría marxista. Se apasionó por el feminismo y la izquierda, y encontró en TikTok un espacio para expresarse libremente sobre temas como la masculinidad tóxica y su apoyo a los palestinos”.

O sea, era feminista, marxista, de izquierda, apoyaba la causa palestina y vivió en una casa rodante. Todo iba bien ¿en dónde torció el camino? ¿Acaso fue a partir del trato con los chicos de Knopf Double Day? Mmh… pues la mera verdad, eso creo. Tengo la impresión de que hasta las más feroces convicciones de izquierda mengüan cuando a uno le endosan un cheque con siete dígitos en dólares. Cualquiera que haya vivido esa experiencia, asi sea en escala microscópica, lo podrá entender.

Retomemos el concepto “empezar desde abajo” ocupándonos de Gloria Steinem, ícono del feminismo mundial, quien entregó los tenis el miércoles pasado a los 92 años. Les paso cómo fue que “empezó desde abajo” en el periodismo cuando andaba estrenando la segunda década de vida: “inició su trayectoria como escritora independiente, publicando artículos en revistas tradicionales como Esquire, Vogue, Cosmopolitan, Glamour y McCall’s. Es famosa por haberse infiltrado como conejita de Playboy para una investigación de la revista Show en 1963, que expuso las condiciones de explotación laboral de las mujeres”.

Un inicio de lo más prometedor. Contrasta con Revés Online, El Artefacto o el suplemento Jueves, de La Voz de Michoacán.

Esos inicios profesionales no ocurren en estas latitudes mesoamericanas… excepto si se tienen los antecedentes familiares, ecónomicos, los conectes y demás pequeñeces de los que disfrutan entes como Alfonso Cuarón, Guillermo Arriaga o Guillermo del Toro, por mencionar a tres aztecas talentosos. Pero por piedad, no me vengan con la macana de que “empezaron desde abajo”. El “desde abajo” de ellos no tiene relación con el “desde abajo» de, por ejemplo, Juan Pablo Arroyo o Adrián González Camargo. Opté por no ponerme de ejemplo porque no me dedico a hacer películas y, si fuera el caso, apenas sería una nota al margen.

Una nota al margen…

… eso les pasará a quienes se inscriban en una escuela de cine que pretende poner a funcionar la Universidad Tecnológica en Morelia. A eso le llamo un despropósito con las mejores intenciones. Les deseo suerte… la van a necesitar.

A nivel local y vallisoletano, en poco más de un año han salido tres novelas de sendos morelianos (llevan tantas décadas en Morelia que ya son vallisoletanos). ¿Alguna vez pensaron en subastar sus historias o bastó con publicar en los sellos donde salieron impresas sus ficciones?

¿Quiénes son?  Al menos dos se ganaron premios: Ramón Lara y su Ciudad que brilla (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo, 2024) y Sergio Monreal con Una poca de gracia (ganadora del Premio Internacional de Novela Negra Puerto Negro, 2024). El tercer escritor es Jaime Martínez Ochoa con Altar de cráneos, su más reciente entrega novelera.

He leído dos (me falta la de Jaime) pero en mis sueños húmedos alucino con que un día (por ejemplo, en un mes) María Fasce (*) se dé una vueltecita por el Valle de Guayangareo y sea entrevistada en exclusiva por el Sistema Michoacano de Radio y Televisión (SMRTV) con Yazmín David a cuadro y nos diga “estamos en Morelia porque nos interesa adquirir los derechos de publicación de la novela Altar de cráneos, de Jaime Martínez Ochoa. Estamos listos para negociar adelantándonos a los de Amazon MGM que ya quieren hacer una película y tienen cita con Jimmie”.

¿Por qué metí tan forzadamente al SMRTV en este texto? Porque en ese sitio se sintetiza la capacidad destructiva de instituciones estatales. ¿En qué piensa un gobernador cuando decide que tal o cual fulano o fulana dirigirá tal o cual dependencia? Parece que cuando pide candidatos para dirigir un armatoste de esos dice “tráeme la currícula de los más incompetentes… así no hay pierde”.

Mientras ese alucine se hace realidad (la visita de María Fasce) me queda una sensación incómoda que arranca con el “síndrome de la cochera gabacha”, en donde se gestan tantas cosas trascendentes aunque no sean tan buenas en términos estéticos, de arte, pero ¿a quién le importa? Lo son en términos económicos y a los autores no les viene mal amanecer millonarios de vez en cuando.

Lo que pasa en los garages gabachos con sus adolescentes inquietos (como Mark Zuckerberg) podría ser parte de un subgénero periodístico como ese que se ocupa de la vestimenta de los famosos: los zapatos que usan en una fiesta, el collar que se colgaron y visutería de ese tipo.

Uno se pregunta por el lado oscuro de la luna: ¿cuántos millones de sujetos y sujetas –en el mundo de los libros, por ejemplo– forman parte de los autores rechazados por las editoriales? Esas toneladas de papel o de bytes son una especie de literatura paralela, el mundo de lo que pudo ser y no fue… salvo que ocurran los milagros recurrentes (¿será?) como el de Gloria Steinem, Sadie Smith, Steve Wozniac, Claire Burke y unos cuantos miles más.

María Fasce

BONO PARA LOS LECTORES

No creo que puedan acceder a la entrevista de Claire Burke en New Yorker. Hay que pagar por ello, pero puedo hacer un democrático y justiciero copy/paste para que quien se interese en el asunto pueda leer todo el texto. Es una larga entevista de lo más interesante en donde se enterarán, con detalle, de aspectos que en mi artículo mencioné de manera superficial e irónica.

Nomás me avisan en la sección de comentarios.

(*)Por si están con el pendiente: María Fasce es la directora literaria de Alfaguara, Lumen y Reservoir Books en el grupo Penguin Random House, donde se ha desempeñado desde 2013 como directora editorial de Alfaguara y Taurus. (Tomado de Wikipedia).

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