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Trabajar para otros

Un cuento de Francisco Javier Ibáñez

Aquella mañana empezó con gritos. Salí al balcón y las vi. Unas naves gigantes colgaban del cielo como si quisieran robarnos el sol. Luego hubo un silencio, mucho más horrible que un alarido. Aquellos artefactos evidenciaban una tecnología inconcebible para la imaginación humana. ¿Para qué luchar? Estábamos perdidos.

No atacaron al principio; supongo que calibraban nuestra reacción. Los días de espera se llenaron de llanto, miedo y a veces alegría. Hubo quien creyó que llegaban los salvadores celestiales; otros aseguraban que era el castigo que merecíamos. En los medios no se hablaba de otra cosa, muchas veces desinformando y vendiendo terror. Las élites trataron de ponerse de acuerdo, sin éxito. Algunos de ellos buscaban entendimiento con las fuerzas invasoras para suavizar el impacto; los halcones presionaron para atacar. De hecho, un misil salió disparado en dirección a las naves. Lo vimos todo en televisión, la estela blanca ascendiendo… No explotó ni dañó. Simplemente desapareció. Cuando una ciudad también se esfumó esa misma tarde, aprendimos su idioma.

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Hubo contactos al más alto nivel. Los tauri ceta mostraron imágenes: ciudades reducidas a polvo, combates en el vacío, planetas quebrándose en silencio. Repitieron una palabra —aselianos— hasta que dejó de sonar extraña. Nunca enseñaron sus rostros. Cuando el secretario general de la ONU habló, ya nadie discutía lo esencial: los tauri no venían a conquistarnos, venían a pedir ayuda. Su civilización había sido casi destruida en una guerra y los restos habían llegado hasta nosotros. Su expansión había terminado al chocar con los aselianos, que avanzaban ahora hacia la Tierra. La cuestión era simple: ayudar o esperar. Si colaborábamos, habría que armar el planeta con superláseres capaces de plantarles cara. A cambio, prometían conocimiento. Si no aceptábamos, se marcharían y nos dejarían a nuestra suerte.

No se preguntó a la ciudadanía; un consejo mundial decidió la alianza. Se movilizaron recursos y ejércitos, pero casi ningún voluntario dio un paso al frente por la desconfianza. Empezaron entonces los envíos semiobligatorios: a ciertos delincuentes se les ofrecía conmutar la pena por trabajo. Ese fue mi caso. Coca. Quince años. Dijeron tráfico; yo, consumo propio. No importó. Firmé.

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De pronto surgieron ciudades enfermas, un mar de barracas extendiéndose hasta el horizonte. Cada amanecer, filas grises de humanidad marchaban a sus puestos y no pocos morían. Recuerdo a Duckie, siempre sonriendo entre el polvo y el metal. Aquel día oí el crujido antes que el grito. Cuando corrimos, ya no estaba; solo había polvo y algo que no quise mirar demasiado. Tuvimos poco que enterrar. El trabajo siguió porque a los jefes y a los alienígenas solo les importaba avanzar.

Los tauri construyeron palacios adaptados a sus exigencias. El día de la inauguración de estos se abrieron las compuertas de las naves ante las cámaras. Cuando aparecieron, a algunos se les escapó una risa; parecían absurdos, casi una broma pesada, pero no olvidábamos lo que podían hacer. Sin embargo, desde entonces, ya no imponían de la misma manera.

Sus exigencias cotidianas eran exasperantes. Se hacían servir como señores, obsesionados con los baños, masajes, perfumes insoportables y comida constante. En la siesta siempre se llevaban a alguien a sus habitaciones. Se aficionaron al cine, al arte y a las joyas humanas, que reclamaban para ellos. Las autoridades pedían comprensión, pero el intercambio no existía: para ellos solo éramos mano de obra barata y apenas compartían su ciencia o medicina.

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Pronto surgieron los rumores y las dudas. ¿Y si mentían? ¿Y si no había aselianos y todo era un teatro para someternos? Entonces surgió la Red, una organización bien estructurada en la que entré sin pensarlo. Se hablaba de dignidad y de recuperar lo nuestro. Primero intentamos presionar; luego llegaron los atentados, pero los tauri parecían anticiparse a todo y siempre morían humanos.

Tuve suerte al ser asignado al servicio de Fúrax. Mi trabajo era simple: baños, ropa, silencio y acudir a la siesta. El puñal llevaba días escondido en mi túnica gris. Cuando entró en la bañera y cerró los ojos, supe que era el momento. Hundí la hoja, que entró fácil; la sangre, amarillenta y espesa, lo cubrió todo. Después, la paz.

Contacté con la Red y dijeron que todo había salido según lo previsto. La cadena de atentados contra los tauri a nivel global había tenido éxito: éramos libres. Durante unas horas, el planeta se llenó de risas. La decepción llegó pronto: la Red había sido creada por la élite para eliminar a los tauri y quedarse con su tecnología. A nosotros nos tocó seguir trabajando, pues los cañones no se iban a construir solos.

Claro que cuando volvimos a mirar al cielo, nos topamos con unas nuevas naves, aguardando en silencio. Esta vez nadie gritó. Nadie rio.

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