Por Liz De Roman
Un ser que aún
no acaba de ser. […]
No la obligada a ser buena.
No la obligada a ser mala. […]
No la que vive
porque la dejan vivir.
– Alaíde Foppa
Es impresionante la cantidad de cosas que se quedan atoradas en la garganta. La frase o palabra que lo cambiaría todo, una tensión que reprime emociones más complicadas, e incluso los rastros de alguna comida. Al final queda un solo sabor o una mezcla amorfa de todos ellos.
Eso también aplica para una sensación tan común –y a la vez tan específica– como lo son las náuseas. Cualquiera las ha sentido, pero no se sienten igual siempre. Ni se viven igual para todos. Pensemos en las situaciones que las provocan y es que, por un lado, está el cuerpo y su dolor y, por otro, un plano del que es imposible separarlas. Una cultura en la que el “asco” con el que se ligan y la frustración de soportarlo no se siente igual para una mujer que ha sido observada con morbo o manoseada en el camión que para un hombre que nunca ha sido mirado siquiera.
Es justo el doble estado de las náuseas y por extensión de la enfermedad lo que lleva a Monserrat Varela en Nuestro pan de cada día (2026) –publicada por el Fondo de Cultura Económica– a sumergirse en la experiencia de la mujer a través de distintos extremos: mujer mexicana, mujer trabajadora, mujer actriz, mujer enferma, mujer feminista, mujer humana.
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La novela explora en sus capítulos breves la vida de Dolores, personaje que transita sus treinta y que, abriéndose paso con una carrera de actuación en México, poco a poco ve reflejadas sus circunstancias familiares, de amistad y médicas en una situación aún más desoladora e intempestiva: la de “ser mujer”. Sumado a lo anterior, la mayoría de los personajes que se nos muestran son femeninos, por lo que se entrelazan las historias tanto de un linaje –abuela, madre y hermana– como los de vínculos afectivos –mejores amigas– con la de nuestra protagonista y sus incontables diagnósticos errados sobre sus “ñáñaras”, descritos así por ella misma y que fungen de sentencia a la hospitalización recurrente sin claridad o compasión en el proceso.
Es importante hacer un paréntesis temprano para hablar sobre lo complejo del término “consciencia de ser mujer”. Aunque es evidente que una no experimenta ni goza de las mismas condiciones que un hombre, el hecho de pertenecer y asumirte “mujer” no te predispone a nada. No por ser mujer eres o piensas de determinada manera, de modo que no por ser mujer eres menos machista ni más feminista, por ejemplo, y es que al final las sujetas que se asumen en dicho género siguen siendo personas y las personas son más que un género.
Con esta aclaración, podemos decir que Varela logra capturar la confusión existente entre las reflexiones personales de una protagonista que, como todas, creció en un sistema jerarquizado y violento –del que no escapas por completo–. Como casi todas, se ve impotente ante las acciones que no siempre lleva a cabo, los ideales que marcan una dirección pero no las veredas del camino, la indiferencia de la que también se es parte y los constantes golpes con una realidad que se niega al cambio.
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La principal contradicción por la que atraviesa Lola –muchas veces se intercambia el nombre con el hipocorístico– será otro ejemplo de la cercanía y verosimilitud que su personaje representa para una mujer en la actualidad. A pesar de concebirse feminista, esto no la exime ni a ella ni a sus conocidas de ser arrastradas por vivencias “comunes” a las que nunca te acostumbras. “Un falso destino” al que son empujadas por el simple hecho de nacer y formarse mujeres. Desde el escape de su abuela de un matrimonio cargado de alcohol y moretones hasta la desconfianza permanente hacia el género masculino que se comprueba una y otra vez en “los lugares comunes” de nuestras historias como diría Varela.

Así, uno de los episodios que orilla a Lola a unirse por primera vez a un grupo feminista, en el que conoce a sus únicas amigas y red de apoyo –Chío, Teté, Azu, Perla y Dana–, no fueron las insinuaciones de un jefe ni los encuentros con especialistas de la salud que, menospreciando sus malestares, le referían un problema sexual o psiquiátrico, sino el enfrentamiento de la vulnerabilidad ante “un potencial agresor”.
Esto se observa cuando, en cierto momento, Lola desayunaba un champurrado y detuvo un taxi. A pesar de la advertencia de que tuviera cuidado al manejar, éste dio un arrancón tirándole la bebida caliente encima. Hastiada, detuvo al chofer unos segundos más tarde y le dijo que no le pagaría. Colérico, el conductor se bajó del auto e intentó perseguirla mientras gritaba “vieja ratera” y “te vas a arrepentir”. Por fortuna, el suceso no llegó a más de un escupitajo en la oreja. Ese día conoció a Teté, una mujer que, intentando defenderla, le gritó de regreso al chofer mientras sacaba su gas pimienta. Fue ella quien también le presentó a las demás tras convertirse en amigas.
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La anécdota de Lola no es un caso aislado y seguro muchas chicas y mujeres estarían de acuerdo con que es una de las muchas situaciones con las que debemos de lidiar no uno o dos días, sino a diario. Al igual que Lola, tenemos ese listado de storytimes que nos harían repetir junto con ella: “no tengo nada contra el sexo masculino, solo que me han tocado varios bastante nefastos” (p. 106).
El altercado con el taxista no será el único que llegue a enfrentar Lola en medio de las visitas al hospital y la inesperada desaparición de su grupo de amigas. Uno de los que rescato por la sensibilidad que me transmitió fue el episodio con Ricardo, un conocido con el que Lola mantenía relaciones ocasionales, pero que cierta vez la forzó a tener sexo. Si bien esto es suficiente para visualizar la magnitud del impacto emocional en la protagonista, todavía sirve de ejemplificación sobre la posición confusa con que el sistema arremete contra la mujer para ponerla en duda: en ello que Lola no sepa reconocer de inmediato si lo que pasó con Ricardo fue abuso o no.
Tal actitud frente al abuso es un fenómeno que se observa con regularidad en el contexto femenino y, una vez más, ejemplo de aquel lo pude encontrar en el conflicto de la película Promising Young Woman (Hermosa Venganza, 2020), en el que Nina una chica universitaria que se rumoreaba fiestera y coqueta (=“fácil”) es violada por un grupo de chicos que se aprovechan de su estado de ebriedad. Pese a su testimonio sobre la falta de consentimiento, ni los directivos ni la comunidad escolar consideran que sus actos fueran abuso, antes bien juzgan y culpabilizan a Nina.
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Recomiendo esta lectura porque, aunque cruda, nos sitúa en una realidad que no debemos pasar por –y más ahora, con el resurgimiento de un conservadurismo radical–. Aunque en el texto de Varela se superpone el trato médico de las ñáñaras de Lola con su vivencia como mujer, remarcándole que sus síntomas están ligados a motivos emocionales y psicológicos, pero sin encontrar ninguna resolución a ellos, el aporte central que discute para ambos casos es el mismo: al introducir a la mujer en un contexto que la señala y critica sin cansancio, ésta se torna cómplice de una opresión en la que siempre le hacen dudar hasta de sí misma.