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Un viaje en tren para llegar al pueblo de Creel

Algo tienen los trenes que cautivan.

Ir metido en un vagón y recorrer distancias más o menos largas nos mete en una especie de nostalgias, de reflexiones a lo largo del trayecto lento, pausado.

La verdad es que esa experiencia, por sí misma, vale la pena.

En este renacimiento ferroviario mexicano, ya tuve la oportunidad de hacer un tramo del famoso Tren Maya y la experiencia fue muy buena: la atención, los servicios, la puntualidad. Todo bien –su pertinencia económica es aparte; los daños ecológicos infligidos a la naturaleza, también.

Mi involución con esto de viajar en tren pasó por tres etapas.

Primero me puse acá, muy Juan Camaney y pensé en chutarme una parte significativa del Transiberiano que va de Moscú a Vladivostok. Más de nueve mil kilómetros en una semana en su versión sin escalas. Vivir en el maldito tren siete días me parecía estupendo y me metí a ver los precios.

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Tres minutos después decidí que eso no era para mí. Incluso la opción más modesta estaba a años luz de mis pesos mexicanos.

Pasaron varios años y me dije que si Rusia me quedaba lejos, Canadá estaba aquí casi al lado y decidí hacer el trayecto de Vancouver a Toronto: cuatro mil cuatrocientos kilómetros sin parar y cuatro días con paisajes de ensueño.

Ese viaje sí estaba en mis posibilidades y me puse a prepararlo. Invité a cuatro amiguitos vejetes, sin oficio ni beneficio pero con una pensión decente. Conforme las semanas pasaron, los cuatro declinaron aduciendo variadas razones y me quedé solo con mi plan.

Cuando dije “pos me voy en solitario” me metí a la embajada canadiense para renovar mi eTA, documento que permite a los mexicanos entrar a ese país para estancias cortas y que se conseguía en cosa de minutos… pero el mero día que solicité mi nuevo eTA, cambiaron las leyes migratorias y me pidieron esperar unos días y luego me dijeron “ya, debe pedir una visa” y la pedí… y me la negaron.

Tren Canadá

“¿Ahora qué hadré?  –me pregunté todo azorado y decidí cancelar a los canadienses y su famoso tren.

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Pasaron otros años y me dije “es hora de consumir lo que el país produce” y me metí a ver cómo estaba eso del Chepe, famosa ruta ferroviaria de poco más de 350 kilómetros y diez horas de viaje.

Luego de luchar con los algoritmos que me llevaban, indefectiblemente, a comprar planes de viaje que no me interesaban y además eran carísimos, encontré la manera de viajar de Los Mochis a Creel, Chihuahua, de manera menos cara (no hay forma de hacer el viaje de manera económica).

O sea, la aventura comienza con el viaje a CdMx por autobús (preparen su credencial de vejete). Tomar un avión a Los Mochis y de ahí treparse al Chepe… y lo mismo de regreso. Recomendación: si no quieren ser asaltados en el tren a la hora de los alimentos, lleven unas tortas porque todo en ese armatoste es caro y un poco más: abusivo. Unos miserables huevos con jamón me los entregaron por la módica suma de trescientos pesos. Nunca había extrañado una torta como la extrañé cuando llegó la hora de desayunar.

El viaje cumple todos los requisitos que uno sueña encontrar en ese tren: pasajes hermosos (sobre todo cuando se transita por la sierra) y cuando se llega al destino en Creel, Chihuahua, se llega a un pueblecito pequeño. No más de cinco mil habitantes y poco por ver. Lo que es turísticamente atractivo de este lugar no es el lugar en sí, sino los sitios a los que se puede ir: cascadas, lagos, miradores, paseos en moto o en teleférico. Lo normal para un destino 100% turístico.

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¿Y Creel?

Pues es eso: Creel. Me imaginaba otra cosa, pero es lo que es y aquí he estado desde hace algunos días haciendo cosas ajenas al turismo.

¿Decepción?

No, pero sí me hubiera gustado que hubiera un buen café.

Me la he pasado leyendo y de vez en cuando escribiendo cosas… como esta que leen cada semana y se los agradezco.

¿Ya me quiero regresar?

Sí, pero mi tren sale hasta el martes (o sea, mañana) y el avión a CdMx el miércoles a las seis de la tarde. Justo cuando Valdo y Paco estarán haciendo el podcast de “Atardeció… y seguimos”. ¿Podrán con esa responsabilidad sin mi presencia?

Tengo mis dudas.

Pienso que el tren Chepe es uno de los planes que casi todos los mexicanos queremos convertir en realidad y de verdad vale la pena aunque es MUUUY caro incluso en la versión económica que logré encontrar.

Cuando alguno de mis lectores le salgan unas ganas irrefrenables de cumplir el “sueño Chepe”, por favor, no duden en consultarme. Eviten los algoritmos. Esos entes sólo quieren sacarle a uno la mayor cantidad de dinero que sea posible.

El único trayecto que superó en costos al Chepe fue el viaje que hicimos con la Jazzmine Aburto a lo largo de la península de Baja California en moto. Ahí sí, para que vean, son unos forajidos que se aprovechan de que los mexicanos no transitamos esa ruta y se las dejamos a europeos, canadienses y gabachos que pueden pagar por unos huevos con jamón más de veinte dólares.

Viajar en México sale más caro que hacerlo en el extranjero, se los juro. Parece que los prestadores de servicio tienen por consigna encontrar la forma más indecente de esquilmar al turismo local.

Ya no hay moral, carajo.

Una triste coca en el Chepe cuesta setenta pesos… ni que fuera “la última coca fría del desierto”.

Mi regreso será con dos tortas gigantes de chilorio y un termo de jugo de naranja… la coca me le tomo en Morelia.

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