Por Alis Flores
Todos tenemos familia, todos descendemos de alguien en este ciclo biológico infinito ?y quizá algo ineficaz? de lo que llamamos vida. Dicen que sólo tenemos que hacer cuatro cosas importantes e inherentes a la existencia: nacer, crecer, reproducirnos y morir. Una lista pequeña y fácil, ¿verdad? Sin embargo, ¿qué implica “reproducirnos” en esta pequeña lista? Malacría es el reflejo crudo de la respuesta a esta pregunta desde una perspectiva femenina y dolorosa, es decir, desde lo maternal.
Publicada en noviembre del 2025, Malacría es la primera novela de la escritora Elisa Díaz Castelo en la que se narran las historias de tres mujeres: Cecilia, la abuela, Perla, la madre, y Ele, la hija. Mujeres que conforman la unión del pasado, presente y futuro de un linaje femenino marcado por la demencia, la bipolaridad, la ansiedad y algo lejano, casi fantasmal, a través de temas como la maternidad, la negligencia emocional, la enfermedad y el reencuentro como sanación de un trauma generacional.
La estructura narrativa no es lineal. De hecho, contiene varios recursos temporales como el flashback y la prolepsis en una especie de narración enmarcada pues, aunque la historia central es la de Ele y el evento principal es la desaparición de su madre, conocemos las demás historias a través de un cuaderno de notas, en el caso de la abuela, y de un diario, en el caso de la madre.
Te puede interesar:
¿Y si me tiro al vacío? La potente novela de Adriana Ayala
La narrativa se nutre de un lenguaje poético en la descripción de las sensaciones y las imágenes, facilitando conectar emotivamente con la psique de cada personaje. De igual manera, el tono narrativo se adapta a la perspectiva de cada una. Por ejemplo, usa un tono melancólico en notas fragmentadas y referencias casi oníricas en la perspectiva de la abuela, quién sufría demencia y estaba atrapada entre el anhelo y la culpa. En cambio, para Perla usa una un tono confesional, ya que conocemos su historia sólo a través de su diario, lo que contrasta con la imagen que Ele tiene de ella, puesto que siempre evita hablar de su pasado.
Finalmente, para la protagonista adopta un tono reflexivo con subtono de suspenso. Ele va uniendo partes del pasado como pistas para encontrar a Perla y, a la vez, va descubriendo cómo estas partes influyeron de alguna forma en su vida, pues comprende que, aunque sean lejanas, no son del todo ajenas.
En cuanto a los símbolos, uno central dentro de la obra es el agua. Desde mitologías creacionales como la egipcia y la maya, entre algunas otras, el agua representa lo femenino, pues es en las aguas primigenias en donde surge la vida. Durante toda la novela encontraremos la figura del agua en escenas decisivas para la trama.
Desde la lluvia melancólica, pasando por los constantes baños de la abuela ?por cierto, otro significado para el agua es precisamente la purificación y esto se comprende conforme la novela avanza y conocemos la razón por la que llamaba Malacría a su hija, Perla? hasta llegar al agua estancada de un lago que representa el inicio y el cierre de este conflicto generacional que tanto ha atormentado al linaje femenino de Ele.
Sin embargo, es importante destacar la dualidad de este símbolo. El agua también es destructora. En la novela, la convivencia con la madre es incierta, dual. Algunas veces el acercamiento afectivo es bien recibido: “deja que me siente en su regazo y me meta dentro de su enorme suéter morado y saque la cabeza por la misma apertura suelta del cuello. Puedo sentir su corazón. Nos movemos juntas, acompasadas. Somos un mismo cuerpo de nuevo” (p.51). No obstante, también es evasiva, casi cruel por momentos: “¿Qué hice mal para tener una hija como tú? No esperes que te quiera, Ele. Te tolero, sí, pero ¿quererte?” (p. 19).

También lee:
MADAFAKERS! El regreso de Macaria España
Lo anterior nos lleva al siguiente símbolo presente en la obra: el espejo. Las historias personales de cada una tienen dos puntos de convergencia: la ausencia paterna ?de toda figura masculina en sí? y la negligencia emocional de la madre. De hecho, la obra hace referencia a la pérdida de la lengua materna como una metáfora de esta desconexión emocional entre madre e hija: “La comunicación entre Ele y Perla había tenido interferencia desde siempre […] Y, sin embargo, de igual modo le hablaba, siempre, a través de los demás y en su diario y en sus listas” (p. 119).
Las tres comparten esta herida, como si su sola existencia fuera un reflejo de la otra, como si se heredera. Por ejemplo, El diario ?o al menos una especie de diario? perteneciente a la madre de Ele, está titulado como “Perfekt” que es el pretérito perfecto en alemán, acciones pasadas que terminaron, pero que tienen relevancia en el presente.
En Malacría la figura materna es una herida y la figura de la hija es una marca, por tanto, este vínculo es una especie de causa y efecto. Generalmente, la relación entre madre e hija casi siempre es incomprendida y difícil, por no decir brutal en algunos casos. Por eso ha sido referenciada un montón de veces en la literatura y el cine. Jorge Bucay menciona, por ejemplo, que los padres y las madres ven a sus hijos como una extensión de sí mismos. En Malacría esta extensión se representa a través del mismo espejo en el que las tres se reflejaron alguna vez.
Por otro lado, Valeriana, la perrita salchicha de Perla, representa la conexión entre las tres. Perla parece tener mucha afinidad con los perros, pero Cecilia y Ele no comparten esto. Sin embargo, Valeriana tiene la enfermedad del trigo de Cecilia y Ele; conforme su búsqueda avanza y la convivencia con ella se vuelve constante, comienza a sentir en la perrita la cercanía de su madre.
Perla es el motivo de las acciones tanto de su propia madre como de su hija. La historia comienza con su búsqueda y termina con su encuentro. Ele es quién debe unir este mapa, tal como ella lo llama, no para romper el círculo, sino para entender mejor la negación de esa conexión maternal que anhelaba y, no obstante, repetía en su propia vida cuando se veía a sí misma en ese otro polo: “Las cicatrices que no vemos nos lastiman también, […] las cicatrices de las otras nos hieren. Afloran en nuestros cuerpos invisibles. Cargamos también con la herencia del corte” (p. 37). Así, la ausencia paterna no es como tal, el centro de la historia de Ele, sino la presencia de su madre que amenazaba constantemente en convertirse en ausencia completa.
Más sobre libros:
Norteña, el debut literario de Julieta Venegas
Personalmente, considero que Malacría nos pone en un lugar brutal e incómodo. La figura de la madre siempre ha estado rodeada de este halo de sacrificio, protección e incluso de pureza. “No hay nada como el amor de mamá”, se suele decir, pero ¿qué hay del otro lado? Malacría destroza este halo con un “sí, son madres, pero antes de eso fueron mujeres con sus propios problemas, anhelos y preocupaciones y después de eso continúan siéndolo”. La obra es una alegoría al lado crudo de la maternidad, no como la perfección de los comerciales de suavizantes y pastas dentales que acostumbramos a ver en la televisión.
La novela me hizo reflexionar sobre esto: creo que todos hemos escuchado alguna vez que hasta cierta edad puedes culpar a tus padres, pero llega un punto en que superas esta “victimización” y entonces, si no cambias, es culpa tuya y de nadie más. Una afirmación algo insensible a mi parecer. No se trata de culparlos, pero sí de reconocer que la crianza influye en cada individuo incluso si cortas lazos familiares después, tal como Perla y Ele trataron de hacer en su momento.
El trato de los padres hacía los hijos hereda tanto algo positivo como negativo ?ojalá fueran terrenos? y no creo que se supere del todo. Es como un caparazón, no en el sentido de una carga o un escudo, sino en el sentido de lo que es para las tortugas: solo parte de sí mismas. Quizá para los humanos los recuerdos se convierten en este caparazón cuando uno crece y toma las riendas de su vida porque, obviamente, sí tienes que trabajar en tus problemas heredados, pero eso no reconstruye los recuerdos.
También me hizo reflexionar que sí, en efecto, les debemos la vida, pero es válido preguntarnos a qué costo. Leer Malacría te deja esa incomodidad y esa compresión de que tu madre no solo es eso; puede ser tu amiga, tu verdugo, tu hija o tu padre o todo a la vez, pero nos invita a conocer mejor a la mujer detrás de esta etiqueta y decir “no, no es un superhéroe es humana y esta también es su primera vida”. No para justificar lo malo, sino para reconocer lo bueno y avanzar.
Te deja con ganas de ir y abrazar a tu mamá porque, tal como la novela menciona, “La memoria es un barco que se incendia y se repite” (p. 238) y quién sabe cuándo te toque ser madre. El único pero que le pondría a la novela es sobre su final, aunque eso ya va más desde mi lado de lectora quisquillosa con problemas para entender indirectas o inferencias, en este caso.
Observaciones fuera de lugar que quizá no sirvan para nada
Por momentos, algunas citas me recordaban a canciones o series, porque, si lees y tu mente no divaga, ¿de verdad estás leyendo? A continuación, algunas divagaciones sobre el libro:
- “Cerrar un ciclo, pensó. Como si los círculos existieran en la naturaleza, como si algo en la vida real pudiera ser tan limpio como un objeto geométrico” (p. 170) me recordó a The family jewels de Marina (canción). Insisto, ojalá sólo nos heredaran terrenos, pero tal como la novela nos enseña: ¿quiénes seríamos sin nuestros traumas familiares? No, de hecho esa no es la enseñanza. Me proyecté.
- “Nuestra niña: la cría, la malacría. Tú no estabas. No volviste. Fuiste una estación. Sólo eso. Tu cuerpo todavía hace sombra sobre mis palabras.” (p. 76) me recordó a Winner de Conan Gray (canción). El abandono paterno, tal como la novela refiere, es algo demasiado común y tiene un único ganador. Él puede olvidar todo y comenzar de nuevo.
- Recordé a Mónica Geller porque estoy viendo Friends por primera vez en pleno 2026 y las escenas con su madre son lo que Olivia Rodrigo tildaría con “God, it’s brutal out here”. Díaz Castelo tildaría con: “Por un momento, como acostumbraba, la cumpleañera pensó que era su culpa” (p. 189). Y yo tildo con: “Oye, esto no da risa”.