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Wes Craven y sus oscuros mundos narrativos

Por Anahí Vargas Carbajal

Wes Craven es un director muy cercano al oscuro corazón de los amantes del cine de terror. Particularmente, a los fans del slasher, ese desprendimiento del género en el que solemos ver a un asesino en serie persiguiendo a un grupo de adolescentes o jóvenes adultos con un arma punzocortante, aniquilándolos uno a uno hasta que es derrotado por la famosa final girl. Ese personaje es una suerte de sobreviviente por la que quizás no dábamos un peso al inicio de la película, pero que saca fortaleza a partir del trauma para también partirle su madre a quien la acecha.

El cineasta es recordado precisamente por sus monstruosos asesinos, específicamente por ser el padre de Freddy Krueger y Ghostface, la fantasmagórica figura de Scream.

Sin embargo, hay algo de lo que poco se habla sobre el cine de Wes Craven y que es una fuente fundamental del miedo que el director provocó con éxito en la audiencia durante décadas. Hablo de sus mundos narrativos. Claro que sus películas cuentan con villanos carismáticos que ejecutan a la perfección el característico humor ácido de Wes y que se combinaba con la brutalidad y violencia despiadada que el director nunca dejó de lado.

Pero además de eso, Craven solía colocar a sus víctimas en mundos o contextos aislados… casi desérticos. Eran situaciones que parecen no tener un horizonte que implique una salida a sus problemas, sino a caminar en círculos sin nadie que los pueda ayudar.

Sus mundos narrativos

La creación de los mundos narrativos puede tomar dos caminos: el natural o el artificial. En lo natural encontramos escenarios como el bosque, la selva, el mar, el espacio, el desierto, entre otros. En lo artificial encontramos sitios como ciudades, casas, hospitales y escuelas, digamos, lugares ya creados por el hombre.

El cineasta solía colocar a sus personajes en escenarios naturales en los que todos podrían asemejarse a un desierto, incluso cuando se encuentran dentro de un avión o cuando están inmersos en el bosque. Sus mundos narrativos ponían al protagonista a merced del villano, quien siempre podía observarlo desde las sombras y atacar desde cualquier flanco sin que él, ella, o nosotros supiéramos de dónde vino el daño hasta que ya estaba hecho.

El origen del genio

Wesley Earl Craven nació en Cleveland, Ohio, un 2 de agosto de 1939. Su padre abandonó el hogar cuando Wes apenas tenía tres años y falleció tan sólo un año después. En busca de amparo y de algo en qué creer, su madre se refugió en la Iglesia Bautista junto con sus tres hijos pequeños, y es ahí cuando comienzan a construirse los cimientos que formarían el espíritu rebelde del futuro realizador.

Las películas de Disney eran lo único que estrictamente se permitía en la casa Craven, acorde a los mandatos de la Iglesia Bautista. Se creía que Hollywood era tierra fértil para el diablo e irónicamente, años después, llegaría hasta ahí para hacer el trabajo del diablo. Creció aislado del mundo cinematográfico hasta que entró a la universidad a estudiar Psicología y se pudo dar la libertad de asistir a un cine cercano en el que descubrió a cineastas como Buñuel, Godard, Fellini, Truffaut o Bergman.

Craven entendía en carne propia el horror que significa vivir en un mundo restrictivo que aisla de los demás, y quizá, como buen psicólogo que era, encontró ahí el sitio perfecto para torturar a sus personajes.

Wes Craven

Sin salida

Los desiertos del terror de Wes Craven, esos mundos narrativos en los que sus personajes no encuentran ayuda ni una salida a un loop en el que los acechan una y otra vez, pueden ser vistos en sus películas. Prueba de ello es The Last House on the Left, en la que la protagonista y sus amigas se encuentran inmersas en un bosque cuesta abajo que parece descender hasta al mismísimo infierno repleto de delincuentes que gozan con su sufrimiento. Otra muestra es The Hills Have Eyes, en la que el desierto como tal es el escenario inquisidor principal en donde un clan de mutantes caníbales observan desde las montañas para atacar a sus presas. A Nightmare on Elm Street es el mejor ejemplo para hablar de lugares sin escapatoria: ¿qué sitio es más aterrador que el estado de sueño profundo, ese del que no podemos escapar ni siquiera biológicamente?

¿Y cómo puede entrar Scream en esta atmósfera?

Pues a través de la metaficción y la maldita genealogía, en este caso. Scream es una película que nunca acaba y no lo digo literalmente por sus secuelas, sino por este motivo de los asesinos iniciales: el de vivir dentro de una película de terror y de los Ghostface consecuentes a seguir con el legado de los originales. Por otro lado, Sidney Prescott, nuestra final girl, tiene que cargar con las maldiciones familiares heredadas por su madre que han alcanzado ramas profundas de su árbol genealógico, como su hermano y su prima. Scream en sí es una película sobre los traumas y las maldiciones familiares, ya que los personajes siempre están unidos por vínculos sanguíneos que dan pie a sus motivaciones… y la familia es un trauma que nunc se acaba.

Finalmente está Red Eye, o Vuelo Nocturno, con Rachel McAdams y Cillian Murphy. Si bien es más un thriller de suspenso que terror u horror, la película recurre al estilo más fino de Wes Craven para mantener la tensión intacta de inicio a fin. Aquí vemos a los personajes principales a bordo de un avión, pero ¿qué escenario más desolador que el cielo? Mientras vas volando no es como que puedas bajar de inmediato, no puedes correr; si gritas se crea un pandemonio a miles y miles de kilómetros de altura y, repito, no es como que puedas pedir la parada para bajar y escapar. Eso, no hay escapatoria. Una de sus películas más pulidas, en mi opinión e injustamente dejada de lado.

Wes Craven es un director que ha dejado un legado importante y que seguirá siendo recordado y homenajeado con directores como Jordan Peele o Zach Cregger, quienes intentan emular esa combinación de miedo con risa y mancillado también por tanta secuela y remake.

 

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