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Home»Columnas»Vidas Ejemplares: en presente del subjuntivo y pasado perfecto
Columnas

Vidas Ejemplares: en presente del subjuntivo y pasado perfecto

Raúl MejíaBy Raúl Mejía20 septiembre, 2026Updated:20 septiembre, 2026No hay comentarios12 Mins Read
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Como la mayoría de ustedes lo sabe, un tal Ortega y Gasset excretó, en uno de sus momentos más inspirados e instagrameables, la frase “Yo soy yo y mi circunstancia”. Eso fue allá por 1914. ¿Qué significa esa frase feisbuquera? Pues que la identidad de un homo sapiens avanzado (y perfectamente algoritmizado) está vinculada a su entorno cultural y que éste nos configura de manera permanente.

Para aterrizar este texto de la gustada sección “Vidas ejemplares”, les hablaré de cinco personas importantes en mi vida que contribuyeron, sin enterarse de ello, en la configuración del sujeto que terminé siendo en relación al trabajo, a lo profesional. En otras palabras: para ser eso que fui en el ámbito de mi actividad laboral se dio la confluencia estelar, inopinada y azarosa de esas cinco personas en diferentes etapas de mi transcurrir por este mundo. ¿Mi trayecto laboral es como para decir “uta, pero qué vida tan interesante la mía”? No, pero uno se acomoda a la visión de Ortega y Gasset como puede.

Y sí, uno tiene amigos en otros rubros con el carácter de insustituibles, pero ahora me ocupo de los que fueron “piedras de toque” para conformar lo que un día fui y ya no seré en materia laboral (por algún extraño motivo, hoy no logro sustraerme a la influencia filosófica de Jose José) aunque, en algunos casos, sí se haya creado un vínculo de amistad estrecho.

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Y bueno, nuestras existencias pueden ser puestas en los términos de la ucronía: ¿qué hubiese pasado si hace tres meses no hubiera rebasado unos coches en mi moto? Fácil: el accidente que me fracturó dos costillas no habría ocurrido. Ese extravagante ejercicio ucrónico en experiencias realmente importantes (no caerme de la moto) se empieza a poner en práctica cuando ya se está fuera del entorno profesional con todas sus vanidades, intereses y gandallismos. En otras palabras, cuando ya estamos “fuera de la jugada”.

En general, todos contamos con dos, tres o cinco de esos personajes coadyuvantes en nuestro devenir social, sentimental o para consolidar un grupo de amigos o cuando se busca el éxito político… en fin, lo normal es que haya sujetos o sujetas sin las cuales uno no hubiera llegado a equis situación relevante. Son coincidencias cósmicas.

Siguiendo con el influjo septembrino de José José, les espeto, con todo respeto, que “He rodado de acá para allá, fui de todo y sin medida…” ¿En serio? ¿Así de intenso? Seré sincero: lo de “sin medida” no aplica en mi biografía porque nunca fui un atascado, pero lo de rodar de “acá para allá”, eso sí fue una norma en mi hoja de servicios.

¿Estaba escrito en algún libro de los dioses o un oráculo chino (el I ching, por ejemplo) mi destino?  No tengo ni la más remota idea, pero sí creo en las coincidencias azarosas mencionadas arriba, esos hechos fortuitos que sólo cuando uno se va haciendo grande y luego viejo puede ver con cierta claridad. Es ahí cuando empiezan las reflexiones: “si no me hubiese topado con Fulandraco, jamás me hubiera pasado tal cosa”.

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¿Mi vida laboral fue apasionante, con experiencias apantalladoras y currícula académica que dejaba atónitos a quienes se enteraban de mis maestría y doctorados? No. A cambio de eso y por fortuna, coticé en el IMSS por más de cuarenta años… y por más de tres décadas me la pasé como burócrata de a peso.

Mis años en el plano laboral fueron equis. Antes de encontrar “mi vocación” fui empleado de un banco, trabajé en una fábrica de acero en Puebla, en un aserradero en San Pedro Jácuaro, en una fábrica de muebles en Santa María de Guido y rolándola por Tierra Caliente en localidades tan extremas como El Limón de Papatzindán, Huetamo, Laureles, Bastán del Cobre, Arcelia, Ciudad Altamirano, Churumuco, Taracatio o El Olivo, checando el funcionamiento de tiendas CONASUPO/COMPLAMAR –esa actividad la disfruté mucho.

 No recuerdo los motivos, pero allá por 1982/1983 renuncié a ese trabajo y un amigo de la adolescencia (Jesús Isarrarás) me contactó con unos chicos que estaban por iniciar un experimento educativo financiado por el INEA del extinto DF y era posible que quedara una vacante. Así fue como me topé con un grupo de cinco jovencillos de izquierda moderada (y muy presumidos) que cambiaron mi vida.

El trabajo estaba chido: se trataba de hablar mucho, de conocernos unos a otros y caernos bien antes de irnos a vivir a Villa Madero, Michoacán, con la misión de poner en práctica un programa educativo para adultos en esa zona. De verdad creíamos estar transformando la educación de adultos en México.

¿Quiénes eran esos jovencillos izquierdosos light?  Éramos seis, pero de entrada me ocuparé de uno de ellos.

GUILLERMO

Fueron al menos dos años juntos en Villa Madero con esa banda compartiendo casa, lecturas, comida, pasatiempos e incluso romances, pero la política y secrecía que rige la vida cotidiana en la capital del pecado (Las Vegas) funcionó en esa casa rural que nos albergó: “lo que pasó en Villa Madero, se quedó en Villa Madero”.

Coincidir con esa banda fue, para mis parámetros de “experiencias excepcionales”, un parteaguas existencial. Ora sí que, luego de conocerlos, mi vida cambió. Me puso a la mano brújula, pertrechos, mapas y hasta creo que un astrolabio (por si fallaba la brújula). ¿Alguien se dio cuenta de ese milagro? No. Nadie –ni yo… hasta ahora que me pongo memorioso.

De eso han pasado más de cuarenta años y conservo, para mi fortuna, la amistad de Guillermo Sánchez a quien quiero rete harto. Si algo recuerdo del Memo es su sentido del humor y su ironía frente a casi todo lo que se le ponía enfrente. Un experto en jazz y rock. Gracias a él conocí a The Allman Brothers y escuché discos inaccesibles para mi incipiente condición de melómano palomero… y sí, también nos aplicábamos en el funcionamiento del Modelo de Educación Diversificada para Adultos –el célebre MOEDA que jamás se puso en práctica.

Luego de la experiencia en Villa Madero, cada uno se fue por su lado y nos volvimos a encontrar, muchos años después, como profes en una universidad.  Ahí arrancó la amistad que, a la fecha, seguimos cuidando. No creo que Guillermo sepa lo importante que fue y ha sido en mi vida. Es más: ni yo lo valoré plenamente. Eso ocurrió muy recientemente. Unos años quizás. Así pues, Guillermo, ya lo sabes…

Guillermo Sánchez

SAÚL

Otro sujeto importante es Saúl Juárez. Gracias a él (y a Manuel del Postigo) regresé de Estados Unidos a Morelia (con una escala de un mes en Tlaxcala). En el gabacho pasé una temporada en la noble tarea de la albañilería. En esa chamba agobiante y gracias a los usos y costumbres nacionales fui transado sistemáticamente por mis compas mexicanos a la hora de cobrar mis dolarucos. La ingenuidad se paga aparte. ¿A quién se le ocurre, siendo cien por ciento mexicano, confiar en otro mexicano para que arme un “fondo de ahorro” con la banda de pollos bajo su cuidado y que al final se vaya con toda la lana?

Pues a mí se me ocurrió.

Esa experiencia me hizo volver a Tijuana en el formato de “perro en el periférico”. De ahí y gracias a afortunadas circunstancias que más adelante les contaré, pude volver a Morelia para ingresar a lo que hoy es la Secretaría de Cultura.

Les diré algo: con Saúl siempre “tuve la sensación” de que pudimos ser grandes amigos, pero nunca se dieron las cosas como para siquiera intentarlo. Por casi dos años fue mi jefe y sólo llegamos a ser, en la práctica, dos jovencillos que se caían bien. A Saúl lo corrieron por presentar un libro en una cantina. El autor: Genovevo Figueroa.

 Gracias a Saúl y a varias de las tareas que me encomendaba en el Instituto Michoacano de Cultura, logré buenas relaciones con personas de la cultura nacional que fueron un capital invaluable para los años que se me vinieron más adelante.

La relación con este chamaco siempre ha tenido como característica lo eventual, o sea, se daba a veces sí y a veces no y así ha sido por décadas. Siempre hemos estado “pendientes” uno del otro a través de terceras personas. Ese formato cambió hace unos años, cuando el whatsapp se hizo un sucedáneo de la amistad ante la imposibilidad de los encuentros personales.

Con Saúl adoptamos por esa modalidad y desde hace un buen rato nos mantenemos en contacto con la promesa, siempre renovada, de “vernos pronto”, cuando se dé una vuelta por Morelia. Obvio, no ha ocurrido.

Saúl tampoco sabe la importancia que tuvo en mi asalariada vida.

Ahora lo sabe y me ocuparé de que se entere.

FIDEL

Otro sujeto relevante para mí fue Fidel Ambriz y tampoco sabe del estatus del que goza en mi ánimo. Ahora lo sabrá. Le mandaré este texto a su e-mail porque dudo se ocupe de leer mis textos. Este tipo, en su momento, tuvo conmigo algo esencial en esto de deambular por las actividades profesionales o laborales a las que le dediqué la mayor parte de mi trayecto laboral: confianza.

¿Alguna vez Fidel se dijo “le tendré confianza a Raúl”?

Lo dudo. Simplemente las cosas se dieron… ni cuenta se dio.

Hay mucho por agradecerle a Fidel, pero me quedo con la fe depositada en mí y apoyar un proyecto editorial importante: la revista babel (con minúscula). Una publicación de alta calidad, de circulación casi secreta pero internacional gracias a Saúl, quien la colocaba en algunas embajadas de México por el mundo. A este asunto de la revista invité a Víctor Pineda y juntos formamos una pareja parecida a la de Lennon/McCartney. Consta en actas.

¿Cómo va mi relación con Fidel? Ha sido siempre afectuosa. No nos vemos para echarnos unos tragos ni para chismear –como marca el reglamento– pero eso no obsta para que conste: siempre le estaré agradecido por la confianza que me tuvo. ¿Lo supo, lo sabe, lo planeó? No creo.

Fidel Ambriz

JAIME

Sigue Jaime Rivera con quien tengo (en estado de hibernación por puras tonterías) una amistad vigente –aunque latente, les digo– de décadas. Con este tipo sí forjamos una amistad entrañable, constante y fructífera. No fue algo atípico porque en materia de lecturas, de interpretaciones políticas y sociales se dieron coincidencias plenas. A él le debo un cambio sustancial en mi vida en términos materiales y de experiencias laborales (buenas, feas y teribles) que no viene al caso mencionar pero muy trascendentes para los parámetros que ando manejando y rigieron mi carrera en la burocracia. Es de esos amigos que la vida, a veces, nos pone en el camino. Esos con quienes se puede hablar abierta y sinceramente de las vidas que llevamos, lo que nos jode, alegra o hace llorar… y de repente lloramos. De esos amigos es Jaime.

Jaime Rivera

TERE

At last but not least menciono a Tere García, integrante del “grupo de los seis” en Villa Madero. Una mujer admirable a quien le ha pasado todo lo mejor y lo peor que le puede ocurrir a una persona. Gracias a ella pude regresar a Morelia luego de mi cruce a México desde National City (un pueblo de USA) a Tijuana en la condición señalada más arriba (como perro en el periférico) y sin saber qué carajos sería de mi vida. Estaba, como cantaba el gemebundo Oscar Athié, “flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones”. En esas estaba cuando supe –vía un chisme telefónico– que Tere estaba trabajando en la generosa Tijuana en equis dependencia. La llamé, nos dio rete harto gusto escuchar nuestras voces por teléfono y decidimos vernos.

El día acordado me le apersoné luego de comerme dos burritos en la Avenida Revolución. Gracias a sus buenos oficios y relaciones, quedé “cerquitas” del bajío michoacano (“está cabrón colocarte en Morelia, pero te mandaré a Tlaxcala, está más cerca Morelia que Tijuana” –me dijo). Esa acción de Tere, cuando ya estaba segurísimo de haber valido madres en todos los ámbitos de mi vida, fue axial. Gracias, Tere. Estoy seguro que si lees esto ni te acordarás… pero yo sí.

Tere García

El presente subjuntivo del pasado perfecto

Hoy, los mencionados –todos– somos unos vegetales en proceso de liquidación pero aún animosos. Puro vejete de la tercera edad y eso de ser agradecidos siempre lo tengo en mente. Más ahora, a estas alturas del partido.

No dejaré para después lo agradecido que puedo ser hoy porque, como dijo una mujer llamada Bere Aguilar cuando habla de dejar para después lo que es esencial decirle a quien corresponda: el amor, el agradecimiento. Dice Bere: “¿Después? No hay después porque el interés se pierde, el café se enfría. Después el día se vuelve noche, después la gente crece, después la gente envejece, después la vida se termina y después uno se arrepiente por no hacerlo cuando se tuvo la oportunidad”.

Esos cuatro sujetos y una sujeta cuyos nombres son Guillermo Sánchez, Saúl Juárez, Fidel Ambriz, Jaime Rivera y Tere García fueron, sin pretenderlo, ni deberla, ni temerla, fundamentales en mi vida en el rubro que ya mencioné al inicio de este texto.

Sin ellos estaría preso entre las redes no de un poema, sino de una ucronía.

Ya lo saben…

vidas ejemplares
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Raúl Mejía
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Raúl Mejía. Escribidor. Ha publicado libros que nadie ha leído. Publica sus ocurrencias únicamente en Revés Online y son más extensos de lo normal. Sus artículos parece que sí se leen y por eso cuida a sus lectores. Los tiempos no están para andar dilapidando esa especie en franco proceso de extinción.

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