“Ya cuando se descarrile un tren va a ser otro pedo”
(frase jocosa excretada por Amilcar Olán en uno de sus momentos más lúcidos)
[Aunque nadie me lo ha preguntado se los digo: vi la peli Digger y me encantó. Una gran cinta del tal González Iñárritu. No apta para la mentalidad promedio de los críticos gabachos acostumbrados a no pensar. Dicho eso pasamos al tema de hoy].
Primera de dos partes
Hay cierto tipo de información cuyo talante nos pone a soñar y eso, soñar, no incomoda a nadie (a veces sólo al soñador). ¿Quién no ha soñado con tener un chorro de dinero? ¿Qué haríamos si de repente tuviéramos…? A ver… déjenme captar una cantidad al alcance de la imaginación ciudadana. Va la pregunta otra vez: ¿qué haría si de repente tuviera en mi cuenta de débito diez millones de pesos? Una cantidad al alcance de cualquiera –siempre y cuando sea un ejercicio de la imaginación.
En mi caso, las cosas se ponen fáciles porque pretendo vivir una suigéneris y convenenciera vida lenta (mejor conocida como Slow living): carezco de deudas, por fortuna vivo sin apremios, tengo un auto bien pitero que me da treinta kilómetros por litro (en realidad es una moto con carrocería), casi no salgo de mi hogar, mis traslados cotidianos no pasan de unos pocos destinos regulares como comprar la despensa, ir al menudo cada quince días, comer en cocinas económicas y de repente en restaurantes caros pero con platillos de ensueño; de repente opto por ir al café nomás para “que me dé al aire” y leer un rato, muy de vez en vez –previa invitación– voy a la casa de alguna amistad… o sea, soy un ciudadano vegetal aburrido y razonablemente feliz.
Esa media filiación me mete en problemas a la hora de decir qué haría con diez millones de pesos porque, la mera verdad necesito muy pocas cosas. ¿Qué haría? Pues seguramente los metería a una inversión que me diera más del 6.5% anual que actualmente prescribe el Banco de México para los lerdos en todo lo relacionado con la Bolsa de Valores.
Mi plumaje es de esos: un ignorante de los secretos bursátiles. Un simple “vida lenta” subalterno y valiente conservador que metería esos diez millones en el esquema de los CETES. Soy como la mayoría de los mexicanos: timoratos, imitador y otras cualidades y, si se puede, poco dado al riesgo.
¿Cuánto me daría al mes diez millones de pesos?
Pues más o menos 54 mil pesos. No está mal. Sólo de imaginarlo, “la loca de la casa” (la imaginación pues) se me desata: en cuatro meses podría irme en un vuelo bajo el amparo de la Clase Premium Economy a Rusia para hacer el soñado (y ya cancelado) trayecto del tren siberiano desde Moscú hasta Vladivostok. Siete días sin bajar del tren. Nada más atractivo para mí que eso: siete días sin bajar del ferrocarril. Un sueño que tuve que cancelar por estar fuera de mis posibilidades… ahora viene lo menos lindo.
¿A qué problemas me enfrentaría en cuanto estuviera de regreso en Morelia?
Pues a la angustia de revisar mis estados de cuenta y descubrir que en mi cuenta de débito de BBVA, ya tendría otros cincuenta mil pesos en mi tarjeta. ¡Oh, Dios, y pensar que me llegarán otros cincuenta mil el mes próximo! ¡Paren este inmisericorde alud de ingresos, por piedad! No estoy preparado para semejante abundancia.
¿Me cambiaría de casa?
No. Me encanta la vista que desde la ventana de mi estudio se me ofrece con muchos árboles y no me dan ganas de irme a ninguna otra parte. ¿Hay mejores vistas al alcance de cincuenta mil pesos al mes? Pues claro, pero uno se encariña con sus paisajes y mientras éstos no sean de una casa frente a la nuestra, todo va bien.

Así es amiguitos y amiguitas que me leen. Tengo la impresión de que luego de regresar de Moscú tendría serios problemas con el manejo de mi sorpresiva liquidez porque, les reitero: vivo con muy poco dinero y vivo bien, sólo les pido no me pregunten la clásica “depende de lo que entiendas por vivir bien” porque no terminaríamos de conceptualizar semejante exabrupto.
¿Acaso no le echaría la mano a un amigo en apuros? Les diré la verdad: sólo por honrosísima excepción. Lo sé por experiencia: cuando en una amistad se introduce el dinero, las cosas –según unos algoritmos personalizados que compré la semana pasada en Amazon– suelen salir mal. Queda la pregunta: ¿hay de otros algoritmos que no sean los personalizados? Joder.
En resumen: a estas alturas de mi vida, cuando vivo con poco dinero, cuando mi vida social es tan reducida y llena de exclusividades (o sea, de razonables exclusiones y prudentes distanciamientos respecto a muchas cosas y personas) y con ese viaje a Rusia ya cancelado, lo que haría con esa lana sería ahorrar y pagarme una buena estancia para vejetes periclitados. Un acontecimiento que ya se perfila en mi horizonte en unos pocos años.
También ahorraría para cuando alguien o algo me dé unos toquecitos en el hombro y me musite en la oreja “ya vas a entregar los tenis, Raúl”. ¡Uy, qué feo! Me aseguraría de tener al alcance todos los menjurjes que hagan menos penosa y dolorosa mi despedida de este mundo. Ya me asesoré al respecto y tengo mi documento llamado Voluntad Anticipada –mientras deciden si se aprueba la eutanasia, porque pretendo inscribirme en el “programa piloto”.
Pero, como siempre, ya me desvié y esto ya parece un Expediente Vegetal.
Segunda parte
Lo cierto es que no tengo diez millones ni los tendré, pero esta banal reflexión que tienen en su pantalla del teléfono, de su compu o tablet, me vino a la mente por un chisme de alto nivel cuya víctima es un mexicano decente, intachable, buen padre de familia y simpático. Este ejemplar sujeto, hasta el año 2020, era un empresario como hay muchos en México. Vendía azulejos y material de construcción en Tabasco. Seguro eso le daba para vivir bien –e insisto: no nos metamos a descifrar qué es eso de “vivir bien”, por piedad.
Les estoy chismeando de un tipo llamado Amilcar Olán. Este señor Olán es como el poeta de la irreductible aldea gala de Ásterix. Me refiero al inefable Asuracenturix. Como algunos recordarán, las opiniones sobre su talento estaban divididas en el pueblo: él decía que era un genio; los demás, que era un pelmazo.

Así con Amilcar: él se sentía un genio de los negocios; los demás, pensaban que sólo era un ratero. Aclaración pertinente: en “los demás” no se incluye a la Fiscalía General de la República, ni a la Unidad de inteligencia Financiera, ni al Gobierno de la República en pleno uso de sus alas protectoras. Esas entidades no tienen ninguna sospecha de la honorabilidad de Amilcar. Es más: es un ejemplo a seguir.
A mí o a usted, lector, le queda bien la pregunta “¿qué harías si de repente tuvieras diez millones de pesos?”, pero en este mundo hay clases y montos. Para gente como Amilcar, la pregunta es otra: “¿qué harías si, de repente, tuvieras mil quinientos millones de pesos?”.
El señor Olán es de esa banda que cacarea el mantra “nosotros no somos iguales” y se cobijaba con el cálido manto de la superioridad moral y la medianía juarista… pero el maldito dinero se cruzó en su camino y dejó de soñar. En lugar de imaginar qué haría con mil quinientos millones de pesos, decidió tenerlos en la realidad y optó, de manera soberana, por robarle a sus otros amigos (igual de rateros) esa modesta suma y huir a donde nadie lo viera feo. Se fue a Suiza y testificó, con orgásmico placer, de la transubstanciación de esos millones de pesos mexicanos en limpísimos francos suizos.
La transubstanciación fue un éxito. Los pesos se convirtieron en 72 millones de francos suizos (o euros normales porque la cotización es casi la misma).
Preguntas que me agobian: ¿Amilcar es como yo, con una convenenciera vida lenta pachorruda, con dos o tres trayectos o destinos regulares? ¿Está en edad de pensar en los menjurjes para una vejez y una muerte digna?
No.

Aquí empieza el sano ejercicio de la fantasía verificable y empírica: esos 72 millones de euros o de francos suizos los metió a una inversión con “cierto riesgo” en el país alpino. Pienso en los muy famosos y relativamente seguros “ETF diversificados” (*Ver nota explicativa hasta mero debajo de este texto).
Esos instrumentos financieros suelen dar, en Suiza, un rendimiento del 5% anual en promedio al día de hoy. O sea, al buen Amilcar cada millón le rinde, al mes, unos cuatro mil euros… pero como tiene 72 millones en inversión, pues son como trescientos mil euros al mes. Vistas así las cosas: ¿quién NO podría pagar la renta de 15 mil francos suizos mensuales del último “depa” que habitó hasta hace unas semanas en Lugano, Suiza?
Por eso les dije desde el principio “no nos metamos al brete de definir qué es vivir bien”. Todo en esta vida –y más en México–“depende de”.
¿Por qué huyó de esta tierra del faisán y del venado?
Pues porque ese dinero no era suyo totalmente, sino de otros amiguitos suyos igual de transas que lo andan buscando para dirimir diferencias o, si se da el caso, “desvivirlo” (vulgo, asesinarlo) pero pues ¿qué creen, queridos lectores? Pues sí: no lo encuentran y el tío Richi, dueño de TV Azteca, ya no quiere mandar al reportero Irving Pineda a buscarlo otra vez porque sale muy caro y además no sirve para nada… excepto para el morbo.
¿Dónde anda nuestro héroe, por vida de Dios? Ya, no sean así, díganos.
Para la realidad alternativa en que viven nuestras autoridades, Amilcar sigue siendo un ciudadano ejemplar y, ya encarrerados, opino que lo dejen en paz. Total: lo que hizo es de lo más normal. Es parte de nuestros usos y costumbres y eso, las tradiciones, se respetan.
Seamos justos para no sembrar envidias y ganas de sumarse a los examiguitos de Amilcar que lo quieren desvivir: mis especulaciones respecto al uso y rendimiento de 72 millones de euros son meras aproximaciones. No los puse en pesos porque las cifras son perturbadoras. Por supuesto y como buen ciudadano (aunque no sea suizo) seguramente paga impuestos y vive bien.
Es más: seguro conoció la muy reputada “Cantina Mexicana Street Food” (así se llama y es la versión suiza de la “comida callejera” en aquel país), donde se puede disfrutar de unos burritos, tacos, gorditas, guacamole. Pura delicia que hace confesar a los suizos que hablan italiano (recuerden, Lugano es parte de la Suiza italiana) cosas como “la maggior parte del cibo non lo abbiamo potuto mangiare”… y conste que lo dicen por lo sabroso, no porque no les gustaran los tlacoyos.
Pero bueno, volvamos a lo sabroso en términos de narrativa: en cualquier formato que lo quieran poner, 72 millones de euros o de francos suizos (repito, son casi la misma paridad) son muuuuucho dinero y dan para vivir bien. En una realidad ajena a la quimera de “¿qué harías si de repente tuvieras diez millones de pesos?”.
Amilcar es un producto químicamente puro de la 4T.
Sí ya sé: el PRI robó más, el PAN también, el FOBAPROA fue un atraco transgeneracional a los mexicanos con cargo a Ernesto Zedillo (¿o era Salinas?); la Casa Blanca de Peña Nieto y su grácil esposa La Gaviota fue algo bochornoso. El caso Odebrecht y la “estafa maestra” ¿qué tal? Todo eso lo hicieron los neoliberales y lo peor: aún no sabemos “cuánto gana Loret”, por ejemplo. ¿Eso debe alivianarnos al enterarnos de los latrocinios en tiempo real que cometen quienes prometieron no robar, no traicionar y no sé cuántas ocurrencias más?
Pues parece que sí… mientras esa banda tenga el “pasado prianista” para culpar de todas las inmoralidades que ellos mismos cometen a escala mayor, las cosas son controlables y con candados de seguridad más eficaces. ¿Cómo nos enteramos de sus fechorías? Generalmente por investigaciones periodísticas, no por investigaciones de la autoridad, pero casi lo olvidaba: ellos son diferentes.
Hace cosa de un año le dije a un amigo que la única opción de redención y esperanza al alcance de los mexicanos frente a la corrupción nacional, era el periodismo de investigación. Mi opinión le pareció chistosita y se carcajeó “a mandíbula batiente”.
Pues verán: sigo confiando en ese periodismo que aún se ejerce en México… y esa fe en el periodismo no se las ando pregonando por estar influenciado con el argumento central de la película Digger. ¿No se lo saben? Pues se los digo: la tesis de la peli de Iñárritu es que uno tiene derecho a que le cuenten historias de la manera en que nos sintamos menos mal, aunque la realidad sea, para todos (menos para los elegidos), un desastre verificable día a día.
Me gustó reteharto esa peli. Se las recomiendo ampliamente si quieren pasar dos horas con la duda entre quedarse a verla completa o salirse a la mitad de la función… pero si deciden estoicamente quedarse hasta el final quizás concluyan que lo ahí expuesto es cierto (y fársico): lo que uno necesita es que nos cuenten historias en donde los hechos importen mucho menos que la narrativa sobre esos hechos. ¿Por qué? Pues porque así somos menos infelices. Vayan a verla. Creo terminarán diciendo “pinche película tan desagradable y chida”.
El final de la cinta, amigos y amigas, es excepcional.
¿Y el asterisco de allá arriba?
*Un ETF diversificado, por si estaban medio desorientados o con ganas de entrarle guateque en México (o Lugano), es un fondo que cotiza en la Bolsa de Valores y contiene un montón de activos diferentes metidos en diversos negocios, industrias y regiones. Este instrumento financiero permite a los inversionistas minimizar el riego de pérdidas cuando a una de esas empresas les va mal, quiebran o se devalúan.
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