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Creación

Insectos de día

StaffBy Staff1 noviembre, 2026No hay comentarios6 Mins Read
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Valdo Arciga

He tenido varios trabajos, creo que viviendo en México eso es lo común. Una vez leí que ser clasemediero en el siglo XXI es como ser un artista del renacimiento, tienes que aprender a hacer de todo, carpintería, plomería, albañilería… Todos esos trabajos me han gustado, incluso el de una tienda de autoservicio, pero hay uno que no me trae buenos recuerdos, hablo de cuando trabajé en «control de plagas» como fumigador. No de los que van de puerta en puerta, sino de los que los aspirantes a ricos contratan para eliminar bichos y ratas. Éramos la policía de los aracnofóbicos, qué va, éramos el equipo SWAT para los musofóbicos.

El trabajo era sencillo, en la mayoría de los casos se trataba de echar químicos para cucarachas o para matar ratones; en otras ocasiones teníamos que deshacernos de pulgas, grillos, viudas negras, violinistas.

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Fernando, el más sádico de todos, decía que le gustaba pisar a los ratones y ver cómo se les salían los ojos, igual que juguetes de goma. Contaba que de niño no se limitaba a hormigas y cucarachas, sino que mataba gatos y, a veces, perros, si no eran de gran tamaño. Tenía sus mañas para hacerlo, desde cloro hasta ácido muriático, luego de relatarnos los procedimientos minuciosos que tenía para deshacerse de las mascotas de sus vecinos, soltaba carcajadas, todos lo mirábamos, algunos decían «estás bien pendejo», pero él seguía riéndose. Preferíamos alejarnos de él. 

En una ocasión Fernando y yo tuvimos que ir a una casa del centro. La casa era de cantera, fría como un iglú. La dueña era una mujer senil, sorda, loca. En realidad la que nos llamó fue su hija, ella nos explicó que había muchos «bichos», cuando le preguntamos qué clase de bichos, ella solo respondió «bichos feos». Para ganarme su confianza, solté una letanía.

—Debe de tratarse de hematófagos. Son muy molestos; quizá pulgas o chinches. Las garrapatas son menos usuales en zonas urbanas, no se apure, arreglaremos todo —dije.

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Las mujeres se fueron de la casa, les pedimos 48 horas para fumigar.

Exploramos la casa y solo encontramos muebles apolillados y arañas patonas, eso sí, un chingo de polvo, pero ningún hematófago. Nos sentamos en unos sillones viejos de la sala.

—Yo digo que pongamos la bomba y se muera lo que se tenga que morir, que se cargue hasta las pinches moscas —dijo Fernando.

Yo me quité un guante y me tallé un ojo.

—No veo otra opción —respondí.

Nos pusimos las mascarillas y los lentes, y colocamos el dispositivo que soltaba una nube de veneno; lo programamos para que saliera en una hora, mientras tanto, nos separamos para para rociar, detrás de los muebles y en los rincones, insecticida que fabricaban en la empresa.

Yo me fui al segundo piso y Fernando se quedó abajo.

—No has pensado en dedicarnos mejor a cazar fantasmas, yo creo que en esta casa hay más espíritus que insectos.

—Pues los trajes ya los tenemos —dije mientras subía las escaleras.

Fernando no respondió, solo caminó tarareando la canción Ghostbusters y moviendo de un lado al otro la boquilla del aspersor.

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Arriba todo era igual: muebles viejos, humedad, paredes desgastadas. Algunas habitaciones no tenían focos ni ventanas. Todo el proceso debió durar una media hora, sin embargo, Fernando estaba más callado de lo habitual, en otras ocasiones habría estado gritando o cantando, pero esta vez casi todo fue silencio, digo casi porque se interrumpió cuando Fernando gritó, luego se escuchó un golpe. Terminé mis labores y bajé a paso lento, pues suponía que cuando Fernando gritó era porque quería enseñarme algún ratón muerto o algo así. No vi nada. «Seguro este pendejo se salió a fumar», pensé. Lo busqué en el jardín y me asomé en la calle, pero no lo encontré.

Me senté en el sillón. Estaba a punto de quitarme los lentes cuando escuché un crujido. Me levanté de un salto, creí que se había roto una de las tablas del sofá. Un insecto salió de un borde del sofá. Era un bicho gordo, como nunca había visto, algo así como una garrapata, pero con un bulto rojo en la parte trasera. El insecto medía unos cinco centímetros de largo, tenía tenazas en la parte delantera y ojos de mosca. Me dio asco. Le eché encima una gran cantidad de insecticida. Este se resistía a morir, quiso escapar, pero era muy lento. Acabé por aplastarlo y me di cuenta que el bulto rojo era sangre.

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Le di una patada al sillón y salieron más insectos. Corrieron como hormigas. Les rocié el insecticida. Algunos murieron, a otros tuve que aplastarlos. Giré el mueble y vi que cientos de esos bichos se movían, unos sobre otros, en el sillón hueco. Entre los bichos había un pedazo de hule blanco. Fui por un palo de escoba y, cuando lo metí, los insectos lo repelieron, entonces del sillón cayó un cráneo, aún tenía pedazos de carne y pelos, pero las cuencas ya estaban vacías. Grité y di un salto hacia atrás, casi caigo, pero me sostuve de una vitrina. Vi cómo los bichos se movían hacia las orillas del sofá.

Mis ojos casi se salen de sus órbitas cuando advertí que del sillón salía un animal, un bicho como ellos, pero de casi un metro. Con paso lento avanzó hacia donde estaba el cráneo. Sus patas eran peludas y pequeñas, a comparación de su cuerpo. Sus ojos eran indescifrables y el bulto rojo de la parte trasera estaba repleta de sangre, con venas prominentes. Con sus tenazas trozó el cráneo. Una oleada de más de esos animales salió del sillón, fueron al cráneo y lo devoraron. Yo estaba paralizado, solo rezaba porque no tuvieran alas. No dejaron nada del cráneo. Yo, cuando me recuperé de lo que había visto, salí corriendo de la casa. Le informé al dueño de la empresa, pero no me creyó.

No volvieron a ver a Fernando. Yo renuncié. No supe si se deshicieron de los insectos, si la bomba sirvió de algo, o si de plano incendiaron la casa. Nunca volví a saber de la empresa. Y a veces, en mis sueños, veo a Fernando, pálido, siendo absorbido por ese insecto, perdiendo la sangre de su cuerpo mientras la bolsa trasera del animal se infla como un globo rojo.

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