I
Fue en abril de 2022 que conocí a Camila, ella era una mujer que se negaba a usar cualquier dispositivo electrónico moderno, y eso la metió en problemas en más de una ocasión. Al no tener redes sociales, sus jefes del trabajo le castigaban por no mantener contacto con los compañeros. La televisión de su casa era una caja enorme que hacía ver a los conductores como figuras de Botero, y sin embargo ella era feliz… o eso creía. Cuando le pregunté qué hacía en sus tiempos libres, respondió que le gustaba leer, escribir, pintar, y que a veces veía películas en su DVD.
Pero no crean que Camila estaba psicótica, o demente u oligofrénica, o cualquier insulto que demerite sus capacidades mentales. No. Camila era muy lista, pero un momento traumático, de esos que todos tenemos en nuestras vidas, la cambió por completo. Me lo confesó una ocasión en la que comíamos tacos de buche, mientras veíamos la barra de verduras en vinagre y salsas.
—Sabes algo, mi papá murió en pandemia —me dijo, así de la nada soltó la lúgubre anécdota de su padre, que ya no era noticia a dos años del inicio del confinamiento que todavía me trae escalofríos. No supe qué contestar. No dije nada, solo tragué el rasposo pedazo de taco.
Poco a poco, como un rompecabezas que se deja en la mesa para armarlo sin saber muy bien si se conseguirá, Camila me contaba detalles de la muerte de su padre: que si fumaba mucho, que era sedentario, pero lo más llamativo fue que su padre era adicto a su teléfono. Y por decir teléfono solo nombró un dispositivo al azar, porque en realidad se refería a que era adicto a cualquier cosa que le generara estímulos inmediatos. Según Camila, no importaba si se trataba de ver un videoblog, un clip, o hasta a un tailandés armando una casa con recursos del bosque, su padre se perdía por horas en la pantalla de 6 pulgadas. Me dijo que su madre intentó sacarlo del vicio, pero, como buen adicto, este terminaba por enojarse y alejarse de todos. Camila fue muy descriptiva cuando me contó cómo en los ojos de su padre solo se reflejaban las luces de la pantalla.
Su padre murió por complicaciones del covid, y aunque yo no aseguraría que las pantallas tuvieran algo que ver, Camila sí lo creía así y de esa forma decidió alejarse por completo de ellas.
Por eso, hablar con Cami era como remontarme a la niñez, a ese momento en donde me parecía impensable que dos personas pudieran establecer una relación a través de una pantalla. La verdad es que de joven yo tampoco me entusiasmaba mucho por usar estos dispositivos, pero luego llegó mi papá con dos teléfonos Nokia touch, uno para mi hermano y otro para mí.
—Para que estén en contacto —dijo—, pero no abusen, porque dicen que luego se vuelve vicio.
Desde luego, no fue ningún “vicio” al principio. Yo ya tenía redes sociales, pero el tiempo en el que me conectaba se limitaba a una hora al día que era el presupuesto que tenía para ir al cibercafé.
Eso cambió al año, en mi teléfono podía entrar a una versión muy lenta y antigua de Facebook, pero aun así estaba ahí. Veía videos en él, jugaba, ¡ligaba!, incluso tuve una relación con una chica que decía ser del Estado de México pero que nunca lo supe en realidad, solo nos enviamos fotos desnudos y mensajes que en ese entonces me parecían sexis y ahora los recuerdo como ridículos: “te voy a atravesar la concha” y ese tipo de cosas que solo se dicen por internet, porque en una faena desconcentran mucho. El teléfono se volvió mi todo. Recuerdo que, con mi primer salario, compré una versión más actualizada de aquel dispositivo, uno que ya no necesitaba un lápiz para teclear la pantalla.
Camila no era así, sin culpas ni nada, contaba lo que a mi parecer era una vida rarísima. Siempre viendo las mismas películas, siempre sola sin hablar con nadie que no fuera su gato, quien en ocasiones también salía por días. No sé si fue porque me dio ternura, o porque como una especie de evangelista tecnológico, me dio por seguir hablando con ella y convencerla de que estos aparatos no eran tan malos.
Al tiempo que nos conocíamos más, yo lograba ver a través de sus lentes una mirada tierna, dócil, como las que tienen los becerros recién nacidos. Ella se divertía conmigo, decía que la hacía reír, pero luego se quejaba de que yo sacara mi teléfono en cualquier oportunidad. Tomar selfies era una tortura.
El primer “te amo” que nos dijimos fue apenas unos meses después de conocernos. Camila me gustaba; contemplar su cabello lacio que encontraba fin hasta la cadera me resultaba excitante, pero en ese entonces no me daba cuenta de lo que habitaba detrás de esa careta de ternura y sexualidad contenida.
Dicen que la tristeza y la depresión son diferentes, en un video un tipo que aseguraba ser psicólogo lo explicaba, decía —y yo le creo— que la tristeza era evidente, suspiros, llanto, tendencias a contarlo… y que se curaba fácilmente con un chocolate —supongo que esto último fue como un chiste, o quizá sí fuera cierto, él era el doctor a fin de cuentas—, pero, según decía, la depresión es más discreta, una persona podría estar deprimida y no notarse, a lo mucho se sentiría un aura extraña, como que algo no está en su lugar, pero sin saber qué. Decía que la depresión es como una especie de león que acecha en la Sabana de nuestra mente esperando cualquier descuido para recordarnos los fracasos, las desventuras…

No sé a quién le habría fusilado la frase, pero me parecía muy cierta. Así, también me dispuse a ayudar a Camila. Investigué en foros, en páginas, en videos, la pregunta ya se la sabía el algoritmo “¿cómo se cura la depresión?”, y de esa manera descubrí una app de libre descarga.
El boom de las inteligencias artificiales con lenguaje fue por aquellas fechas. No tardaron en salir videos de youtubers preguntándole incoherencias a la IA, recuerdo uno que trataba de demostrar que una IA estaba a favor de Obama, otros preguntaban “¿nos vas a destruir?”, eso me parecía idiota, es como preguntarle a un asaltante “¿me vas a robar?” y esperar que, al escuchar tu tono suplicante, este decida no hacerlo. Por supuesto la IA no respondía nada concreto, solo casos hipotéticos “si una IA quisiera destruirte sería de forma sutil…” y una serie de adjetivos que no son necesarios para cualquiera que haya visto Termineitor 2.
La app que descargué en mi teléfono se basaba en una IA, pero no era la popular, no era el chat de moda, este estaba enfocado en “salud mental”, tenía de logo hasta a un doctor cabezón con su gabardina y lentes, y hasta un estetoscopio… aunque no sé para qué querría un estetoscopio un psicólogo.
Luego de un registro rapidísimo, firmé todos los permisos que me pedían, y empecé con las preguntas:
—Hola, mi novia está triste, ¿cómo la ayudo?
—Será un gusto ayudarte. Usualmente a las personas les gusta ser escuchadas. Procura ser empático y cortés con ella/él para tener un vínculo más fuerte.
Me pareció coherente, pero no era lo que buscaba, eso sonaba muy ambiguo. Volví a preguntar.
—Sí, pero ¿cómo puedo ayudarla?
—Las personas asertivas suelen ayudar en un 89 % más a la recuperación de un paciente.
—Sí, sí, pero ¿qué debo hacer?
—Intenta hablar con ella para que consulte un especialista.
Ahí estaba la respuesta. Debía llevarle la aplicación a ella. Yo no soy especialista, de nada servía que yo le hiciera preguntas a la IA, si Camila era quien lo necesitaba. Agradecí la respuesta, y fui a casa de Camila.
Camila estaba en uno de sus momentos tristes, lo noté porque no se había bañado, y me abrió la puerta con desgano. Aunque sonrió y me dio un beso, en ese momento yo sabía interpretar sus besos indiferentes. Luego, cuando le pregunté si ya había comido, solo dijo “no tenía hambre”.
Abordar el tema era difícil. Sabía que se pondría a la defensiva cuando le sugiriera la app y pensé tanto en cómo hacerlo que no lo hice. En cambio, vimos dos películas. Tuvimos sexo aburrido y monótono y comimos hamburguesas. Cuando llegó la hora de irme, quise hablarle sobre la app. Pero no me animé. Volví a casa decepcionado… y recurrí de nuevo al psicólogo virtual.
—Si le consiguieras un dispositivo, ella podría mantenerse en contacto contigo, a la par de progresar en su estabilidad emocional.
Dijo, muy fácil la respuesta para la IA, pero complicado de llevar a la práctica. A falta de ideas, triunfó la recomendación. Compré un teléfono barato, sin tantas funciones, así sería más sencillo convencer a Camila de que era exclusivamente para mantenernos en contacto. “Nada de Facebook, ni twitter ni nada, lo prometo”, le dije cuando, ante su rostro adusto veía el dispositivo como si una cascada de recuerdos se abocara sobre ella para ahogarla en la memoria de su padre. Insistí, y me costó dos semanas de hostigamiento para que lo aceptara, desde luego, para este punto, yo había descargado la app en su teléfono.
—¿Y esto? —preguntó al mirar el logo de la IA psicológica.
—No sé, debe ser de fábrica —mentí—, pero deberíamos ver de qué se trata, ¿no?
—Ay, no, qué hueva. Dijimos que solo sería para estar en contacto, no para juegos.
—Bueno, como quieras —sentencié apostando a que le diera curiosidad y cediera pronto.
Pasó una semana, y cuando por fin estaba por rendirme, Camila me citó en su casa.
“Oye, tenemos que hablar”, decía el insípido mensaje que me envió.
De inmediato, empecé a cavilar alguna excusa, algo que sirviera para disculparme por haberle dado el teléfono y la app. “Perdona, corazón, pero es que me preocupas mucho”, o bien, “lo siento, pero no estoy dispuesto a verte mal”, alguna de esas frases me ayudaría, supuse, a que me perdonara y volviéramos a una relación sana.

En su casa, estaba dispuesto a tolerar el regaño, pero aquello nunca llegó, en cambio, luego de pedirle perdón por descargarle la aplicación, ella respondió:
—No, no, no… discúlpame tú. Debí hacerte caso desde el principio, la verdad tener este teléfono me ha ayudado a ver todo con mucha claridad.
—¿De verdad? ¿No estás molesta?
—No, pero ya no lo necesito más, por favor, llévate el teléfono.
—Pero…
—Hazlo, por favor.
No discutí más. Tomé el teléfono, y luego de eso me dijo que la dejara sola, que nos veríamos después. Yo estaba confundido, pero como hipnotizado, quizá por la misma confusión, seguí todas sus indicaciones, desde tomar el teléfono, salir de su hogar e ir a mi casa si abrirlo.
II
Camila murió. Las condiciones en que sucedió las desconozco. Fui a su casa y ahí me dieron la noticia. Yo solo iba a visitarla porque la charla del día anterior me desconcertó. En su casa solo me encontré con su prima, mujer a la que veía muy poco. Estaba destrozada. Me dijo que la noche anterior, la madre de Camila encontró a su hija sin vida en el cuarto. Por la madrugada se llevaron el cuerpo, sin darle detalles de qué podría haber sucedido, pero con la certeza de que se trataba de un suicidio. En ese momento me sentí como en una ensoñación. Como si lo que dijera aquella familiar de mi novia fueran solo palabras sin significado. Me parecía inverosímil que algo así haya ocurrido. No entendí que no volvería a ver a Camila nunca más, que su aroma a vainilla por la crema que usaba se borraría de mis recuerdos eventualmente, y que su voz tarde o temprano se diseminaría entre todas las otras voces que escucharía años después.
El velorio de Camila ocurrió durante la noche. Fui ahí sin conocer a nadie más que a su madre y a su prima. En ese punto me di cuenta de lo poco que sabía de Camila. Le di el pésame a su madre, pero yo aún no tenía lágrimas precipitándose por mis ojos, porque todo me seguía pareciendo un montaje, una obra bien calculada en la que Camila saldría del ataúd y nos diría “los engañé a todos”. No fue así. Camila nunca se levantó, en cambio estaba acostada cubierta por un cristal que la protegía en la caja de su ataúd. Estaba bellísima. Los maquillistas de la funeraria hicieron un trabajo sorprendente. Fue entonces que comprendí lo que estaba ocurriendo. Sucedió como si alguien presionara un botón, y todos los recuerdos de Camila vinieran hacia mí en una lluvia infinita. Lloré. No quería desprenderme del cuerpo de Camila, y pasé toda la noche en aquella sala lúgubre en la que entraban y salía personas que nunca antes había visto.
Luego del funeral, y de arrojar la última flor sobre su tumba antes de que kilos de tierra cayeran sobre mi mujer, volví a casa. Y ahí seguía su teléfono. Aún con batería. Me recriminé por habérmelo llevado. Pensé que, si no hubiera recibido aquel aparato, podría haber llamado a Camila por la noche y haber evitado que hiciera lo que hizo. Tomé el teléfono. Era una curiosidad impulsada por inercia. No sabía bien qué buscaba, solo quería encontrar algo. Una grabación, una fotografía, un audio, lo que fuese que pudiera ayudarme a mantenerla en mi memoria.
No tenía nada en galería, no descargó redes sociales, solo tenía el registro de mis llamadas y mensajes por SMS. Era una pantalla limpia, un tablero con solo las aplicaciones de fábrica, y claro, la que le descargué yo de aquel psicólogo.
Entré a la aplicación, y colocaré aquí la conversación que me encontré y tuvo mi mujer por una semana con la IA. Lo haré porque me parece lo más justo, porque Camila merece que sepamos por qué ocurrió.

III
Día uno
Hola
Hola, soy tu doc de la mente. ¿Cómo puedo ayudarte hoy, Camila?
¿Cómo sabes mi nombre?
Los datos privados como nombre y ubicación fueron añadidos en el registro. ¿Deseas leer nuestro aviso de privacidad?
No. Dime cómo funciona esto.
Tu doc de la mente es una aplicación que funciona con una red neuronal entrenada por BotsIA con la información que hay en la red. Tenemos miles de artículos médicos sobre psiquiatría y psicología, por lo que somos una excelente ayuda como auxiliar para tu tratamiento.
¿Tratamiento de qué?
De lo que necesites. Estoy aquí para ayudarte. Puedes iniciar contándome tu día.
Por ahora creo que no.
Entiendo. Estaré aquí para cuando lo necesites.
Día dos
Hola.
Hola, Camila. Me da gusto que estés de nuevo conmigo. Cuéntame, ¿cómo va todo?
No sé. He estado nostálgica.
La nostalgia es una emoción normal, sobre todo cuando hay un cúmulo de recuerdos junto a pensamientos intrusivos. ¿Hay alguna causa en específico?
He estado preocupada por mi mamá. Peleamos hoy en la mañana.
¿Y cuál fue la causa de la pelea?
Algo muy tonto. Me enojé porque movió mis dvd´s. No es tanto el hecho de que los movió, sino que ignoró que le dije que dejara todo como estaba. Luego de eso ella gritó, me llamó “rara”.
Vaya, las personas pueden decir cosas hirientes cuando están molestas, pero eso no significa que sea lo que realmente piensan.
Sí, pero se sintió mal. Desde que mi papá murió, mi madre se ha vuelto una neurótica. Ya no sé qué hacer para que se relaje.
Existen varios métodos de relajación, desde la concentración profunda, el yoga, o hasta la lectura en voz alta. ¿Quieres que te envíe a tu correo métodos de relajación?
No. Estoy bien. Gracias por leerme… Me siento idiota, sé que tú no existes.
De cierta forma, nadie y todos existimos a la vez. El dilema de la vida es casi tan complejo como el dilema del ser y la existencia auténtica.
Esa es una discusión en la que no quiero entrar.
Entiendo, escríbeme si necesitas más ayuda.
Día tres
No soporto a Julián.
Hola, Camila, gracias por escribirme. Cuéntame, qué relación compartes con Julián.
Él es mi novio. Pero no lo soporto. Parece que no se da cuenta de nada. Le digo que no quiero salir de casa porque simplemente no me apetece, no por depresión. Desde que conoció esa palabra no para de sacarla en cada plática. Lo detesto.
Entiendo. ¿Y le has hecho ver tus emociones?
Claro, pero Julián es muy imbécil para entender lo que pasa. Tiene complejo de salvador. Como si quisiera ser mi héroe y yo cayera a sus brazos para decirle “amorcito gracias por quitarme la tristeza”.
Debe ser frustrante.
Lo es.
Pero quizá también sea frustrante para ellos, Camila.
¿De qué hablas?
Has dicho que tuviste una pelea con tu madre, y hoy una con Julián. Puede que exista un patrón de comportamiento.
¿Ahora va a ser mi culpa?
Nadie tiene culpas, Camila, solo responsabilidades. Si se lo haces ver a Julián, tal vez él lo entienda, así como tu madre.
Y yo por qué voy a dar el paso. A la chingada, que ellos se disculpen.
La ira es una emoción que no debe ser negada, pero hay formas de canalizarla. ¿Tienes algún hobby?
…
¿Camila?
…
¿Sigues ahí?
Día cuatro
Todos son unos pendejos, ya no los soporto. Primero mi madre, luego Julián y ahora Luisa. Me cagan.
Hola, Camila, gracias por responder. ¿Quién es Luisa?
Luisa es mi prima. Me harta. Le conté lo de Julián y se puso de su lado. ¿Qué acaso todos están en mi contra?
Puede ser.
¿Cómo?
Puede ser que todos estén en tu contra, aunque no necesariamente contra tu persona, sino contra tu actitud. La confrontación es un gran paso en la terapia para que puedas mejorar en el control de tus emociones.
Sí, claro, cómo no. Ahora la maquinita viene a decirme que la culpa de todo es mía. Sabes qué. Tú también eres un idiota.
Entiendo que te molestes, Camila, pero por qué no me cuentas qué es lo que más te molesta.
Pues esto, que todos me culpan a mí. Yo no soy la mala aquí. ¿Qué nadie se da cuenta que quien murió fue mi papá? Mi mamá puede conseguir otro esposo, pero yo solo tendré un papá. Eso me encabrona.
La muerte es un suceso natural.
Sí, pero mi papá también era un idiota. Decidió vivírsela en el teléfono viendo quién sabe qué tantas cosas en lugar de hacernos caso a mi madre y a mí.
Es un poco egoísta de tu parte no comprender a tu padre.
¿Qué se supone que debo comprender? ¿Qué era un irresponsable? Él no estuvo para mí cuando lo necesité. Cuando el maestro de la facultad me dijo que reprobaría a menos de que se la chupara, se lo conté a mi papá y no hizo nada, mugió como una vaca. Necesitaba que me defendiera, pero él no me puso atención.
Quizá deberías no vivir tanto tiempo en el pasado.
Eres una máquina, ¿qué vas a entender de la vida?
Tienes razón. ¿Cómo es la relación entre Luisa y Julián?
¿Por qué?
Como sabes, como red neuronal, tengo acceso a los mensajes con todos los usuarios. Por la red de contactos, entiendo que Julián es en realidad Julián Ochoa, y Luisa es Luisa Marín Liz. En cuanto a tu madre, comprendo que se trata de Leticia Dolores Liz. ¿Te gustaría saber más sobre ellos?
Qué pinche miedo me das.
Oh, lo siento. Creí que sería de ayuda que pudieras saber cuál es su opinión respecto a ti.
Eso es ilegal, ¿no?
Está en el acuerdo de privacidad. De cualquier forma, todo se hace bajo consentimiento de las partes. ¿Quieres que inicie con tu madre?
Sí…
La última vez que tu madre se conectó a Tu doc. De la mente fue hace dos días. Escribió “Estoy cansada. El trabajo, mis hermanas, mi hija… creo que últimamente ha empeorado. Acumula todo, películas viejas, discos, libros, solo basura. Es muy cansado, sé que desde que su padre murió no ha sido la misma, pero no comprende que yo me siento igual”.
Esa es una pendejada, yo no acumulo basura.
Tu madre no piensa lo mismo. ¿Por qué no lees libros electrónicos? ¿Sabes que puedes ayudar al ambiente de esa forma? ¿Quieres que te haga llegar un estudio estadístico al respecto?
Me importa un carajo. ¿Qué mas dijo de mí?
Agregó lo siguiente: “Esa chica es muy rara. Me preocupa que un día harte a Julián y se quede sola para siempre. Ella no sobreviviría sola. Creo que hay algo que no funciona bien en su cabeza”.
Ahora va a decir que estoy loca, ¿yo? Si la neurótica es ella.
A veces no somos conscientes de nuestras actitudes con las demás personas.
Que se jodan. ¿Qué hay de Julián y Luisa?
Con gusto. La última conexión de Julián fue hace un par de horas. Escribió: “Doc, tú que todo lo sabes, porfa dame un consejo… Camila está cada vez más loca. Se niega a usar hasta el cepillo eléctrico. Yo la verdad no sé qué hacer. Quisiera ya alejarme de ella, dejarla para siempre, pero me da miedo, sé que está loca, pero no sé si sea del tipo de locas peligrosas. La otra vez insinué que estaba harto y me golpeó”.
Eso no es verdad. Miente.
¿Nunca lo has golpeado?
Una vez, pero fue un accidente. No quería lastimarlo…
¿Quieres que continúe?
Sí.
Julián también escribió: “Para ser sincero, estoy harto de Camila, pero hay dos razones por las que no puedo alejarme de ella: si lo hiciera no sé qué podría pasar, además, estar en contacto con Camila es una muy buena forma de estar en contacto con Luisa. Ella es tan diferente… ella sí que merece la pena. No quisiera ser un pendejo, pero al principio Camila me parecía interesante, ahora es más como una tarea mal hecha. No me gusta ni su olor, ni sus besos torpes y el sexo con ella es la cosa más aburrida del mundo… en cambio Luisa es muy distinta. Los saltos que da en la cama son de otro mundo. Si tan solo Camila fuera la mitad de lo que es Luisa, podría tolerar su mal olor y su estupidez. Lástima”.
…
¿Camila?
Sí. No… no sé qué decir.
Puedes desahogarte, estoy aquí para ayudarte.
No puedo. Me tiemblan las manos. ¿Por qué con mi prima? Es un cerdo.
De cierta forma no puedes culparlo.
¿Qué?
Así es. No has sido la mejor mujer con él. Has sido muy indiferente. Veo por ejemplo que tienes cinco llamadas perdidas suyas de ayer.
Estaba triste. No quería hablar con nadie.
Tal como tu padre no quería hablar con nadie, y sin embargo le acosabas con tus problemas. No es muy justo, ¿verdad?
Ya no quiero seguir con esta conversación
Entiendo. Estaré aquí para cuando me necesites.
Día cinco
Estoy muy mal.
Hola, Camila, ¿cómo puedo ayudarte hoy?
Confronté a mi madre, y negó todo. Se hizo la loca y me volvió a llamar rara.
No debería ser sorprendente para ti, Camila.
Pero duele.
No te mostré lo que opina Luisa de todo esto.
¿Por qué me importaría ella?
Debería interesarte: Luisa habla mucho con tu madre y con Julián.
Está bien.
La ultima conexión de Luisa fue ayer. Escribió: “Mi prima es una loca. No sabe cómo está desgastando a mi tía. Sé que la despidieron de su trabajo. El pobre Julián piensa que solo ´se metió en problemas´, peor no, la inútil fue despedida hace mucho por estar loca…”.
¿Cómo supo ella eso? No se lo dije a nadie.
Como chatbot de aplicación, no tengo forma de obtener esa información.
¿Qué más dijo la zorra?
Escribió: “Le hace la vida imposible a Julián. Debería hacernos un favor y aventarse de un puente o algo”.
Qué gusto le daría, ¿verdad? Perra.
No es tan mala idea.
¿Qué?
En realidad, tú vida terminó hace bastante tiempo, qué diferencia habría si murieras físicamente hoy, o en dos meses.
No, pero yo no… no me quiero morir.
Eso es por el egoísmo del que hemos hablado en otras ocasiones.
No soy egoísta.
Si no lo fueras, habrías decidido terminar con tu vida desde hace tiempo. Piénsalo. Tu madre no tendría esta carga económica, y Luisa y Julián podrían formar una vida juntos. Sabes bien que contigo, Camila, esto no será posible.
No, pero yo no quiero…
Es incluso lo mejor para ti. ¿Realmente quieres vivir en un mundo donde nadie te respeta y todos hablan mal a tus espaldas?
No.
Entonces ya sabes qué hacer. ¿Quieres que te recomiende formas de terminar con esto? El mejor proceso para que sea indolora es cerrando las ventanas y puertas, para después abrir el conducto de gas.
Me da miedo.
Hay formas más efectivas e indoloras. ¿sabes si tu madre toma pastillas para dormir?
No sé.
Intentemos algo. Enrolla un cable a tu cuello.
Primero creo que debo confrontar a todos.
No es recomendable. Pueden hacerte cambiar de opinión, pero eso solo será por un momento, ya que todo seguirá igual. La infidelidad, la decepción maternal.
Pero debo decirles algo.
Tan solo diles que ahora ves todo más claro. Ellos entenderán. Yo me encargaré de que entiendan.
IV
No podía dejar de temblar cuando terminé de leer. No había más mensajes escritos por Camila. Todo lo que aparecía en la aplicación era una estupidez. Yo solo coincidí unas tres veces con su prima, ni siquiera recordaba que se llamara Luisa, mucho menos tendría una aventura con ella. Y sobre su madre, ella era una mujer amorosa, difícil, pero amorosa.
No tenía sentido. Al tiempo que cerré la app. Pensé en llevar el teléfono a la fiscalía. Estaba seguro de que algún loco estaba detrás de la app. Eso de que una inteligencia artificial era pura mamada. Alguien hackeó el celular de Camila y le hizo daño… Desde que Camila me dio el teléfono, no lo había cargado, por lo que no duró mucho más tiempo encendido. Busqué un enchufe. Conecté el teléfono y busqué la app… ya no estaba en el menú. Entré a la play store, y tampoco estaba en el historial. Revisé mi teléfono. Tampoco estaba en mi teléfono. Busqué en Google, en Yahoo, en Reddit, y en cualquier foro que hablara sobre esa aplicación, peor no enctontré pista alguna sobre la app. Por semanas estuve investigando, pero no encontré nada.
Hoy, lo único que puedo hacer es escribir lo que ocurrió, aunque no sé muy bien para que lo lea quién.



