Martes 14
Querido Jorge:
Espero que el congreso en Rosario esté siendo productivo y que el hotel no sea tan rancio como el que te tocó el año pasado. Acá en el departamento las cosas están quietas, demasiado quietas, si no fuera por el ruido de la heladera, que últimamente tose como un viejo con bronquitis.
Te escribo por una pavada, pero me tiene un poco de mal humor. El sodero pasó ayer y dejó los seis sifones de siempre. Cuando hoy me serví un vaso para acompañar el bofe con cebolla, la soda salió con una presión rara, como si el gas tuviera que empujar algo que no debía estar ahí. Al principio pensé que era un pedazo de sarro del pico, pero cuando cayó en el vaso, vi que era un trozo de algo rosado. Una hilacha de carne, Jorge. Chiquita, del tamaño de una uña, pero con una textura fibrosa, húmeda.
No me animé a tomarla. La tiré al tacho, pero me quedé pensando si el filtro de la sodería no tendrá alguna rata atrapada. Fijáte si cuando volvés podés llamar al viejo y quejarte. No pago el abono para tomar sopa de bicho.
Cuidáte del frío.
Jueves 16
Jorge:
No me llamaste anoche. Supongo que andarás de cena en cena, pero podrías hacerte un huequito.
Lo del sifón se puso más raro. Abrí el segundo porque el primero me daba asco, pero este salió peor. Ya no son hilitos; ahora son trozos más consistentes. Ayer salió algo que parecía un nervio, un conducto elástico y traslúcido que se quedó bailando entre las burbujas. Lo toqué con el dedo. Estaba tibio. ¿Cómo puede estar tibia la soda que sale de la heladera?
Me puse a mirarlo al trasluz. El gas es hermoso, ¿sabías? Miles de esferas perfectas que intentan escapar del agua, como si tuvieran una urgencia por dejar de ser líquido y ser aire. Pero estos pedazos de carne las retienen. Se les pegan. Es como si la carne se estuviera alimentando de la efervescencia.
Me quedé horas mirando el sifón azul sobre la mesa de la cocina. Me parece que el agua está más espesa, tiene un color apenas perlado, como el de la clara de huevo cuando apenas empieza a cocinarse. No llamé al sodero. Me da curiosidad saber qué parte del cuerpo va a salir hoy.
Sábado 18
Jorge, no vuelvas.
O volvé, pero no esperes que te abra. Estoy ocupada. Entendí lo de la soda. No es una contaminación, es una purificación. El gas es el espíritu y la carne es el envase que lo atrapa.
Hoy salió una oreja. O algo que se le parecía mucho. Tenía los pliegues perfectos, nacarados por el dióxido de carbono. La puse sobre un plato de postre y la vi latir. El gas la hacía vibrar. Tomé un sorbo, solo uno. Pica. La soda entra en la boca y no baja por el esófago como el agua común; la soda se expande, busca los poros, te abre por dentro. Siento que mi sangre es demasiado pesada, demasiado silenciosa. Le falta alegría, Jorge. Le falta ese burbujeo metálico.
Me miré las venas de las muñecas. Son caminos azules y aburridos. Necesitan efervescer. Compré una jeringa descartable en la farmacia de la esquina. La chica me miró raro, pero le dije que era para la insulina de mi tía. Mentira. Es para mi salvación.
Lunes 20
Ya no me duele nada. Al principio, cuando me clavé la aguja y empujé el gatillo del sifón directamente en la vena cubital, sentí un incendio de nieve. Fue un frío que quema, una invasión de miles de cristales de aire que me recorrieron el brazo hasta llegar al corazón.
Mi corazón hizo un ruido de estática, de televisor viejo, y después empezó a latir con una ligereza que me hizo llorar. Soy una mujer-sifón, Jorge. Mi carne ya no es esa masa sólida y fétida que te aburría en la cama. Ahora soy espumosa. Si me aprieto la piel del cuello, escucho el pssshh del gas escapando por los poros.
La casa está llena de trozos rosados que salieron de los envases. Los tengo en frascos, en platos, algunos caminan por los azulejos de la cocina. Son mis órganos de repuesto, los que el agua me mandó para que reemplace mi vieja humanidad.
Mañana voy a vaciar el último sifón, el que tiene la cabeza. La veo a través del plástico azul. Es chiquita, no tiene pelo, pero me mira con unos ojos que son solo dos burbujas de oxígeno puro. Me dice que el final es gaseoso. Que el cuerpo es un lastre que hay que pinchar.
Miércoles 22
(La carta está escrita sobre un papel que presenta manchas de un rojo clarísimo, casi rosado, lleno de círculos concéntricos y agujeros diminutos donde el líquido ha corroído la celulosa).
Jorg… no… pue… hablar. Boca… burbujas.
Siento… el cosquilleo… final. Mi sangre… ya no corre… estalla. Cada latido… es una explosión… de aire metálico. Me pinché… en las encías… en los párpados. Quiero… que todo… se vuelva… espuma.
Ves… estas manchas… en el papel? Son mis… lágrimas… carbonatadas. Si… acercás el oído… a la carta… podés escuchar… cómo me… deshago.
Soy pura… efervescencia. No… hay… más… Sandra. Solo… queda… el ruido… del gas… cuando… se abre… la tapa.
Mirá… Jorge… mirá… cómo… vuelo… en… burbujas… de… sal… y… carne… agria…
Pssssshhhhhhh……
Eva Bitt (1998, Buenos Aires)
Escribe desde la adolescencia. Le encantan los cuentos de terror. Actualmente comparte sus relatos en https://evabitt.blogspot.com
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