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Cuando las capacidades no son suficientes

Gris Rodríguez

Nuestras capacidades humanas como la inteligencia, el conocimiento, la fuerza, la esperanza, la belleza, no son suficientes para resolver nuestros problemas. Nos toca saber y comprender esto porque, si no lo hacemos, podemos pasar por esta vida creyendo que tenemos control total sintiendo siempre ese vacío, ese «algo me falta» y nunca llegar a sentirnos plenos. No es mi responsabilidad salvar a nadie, cualquier persona adulta debe gozar de su individualidad. Somos una unidad, parte de un todo, pero finalmente, somos uno, separado, individuo.

Puedo comentar con mis seres más amados mis puntos de vista acerca de sus existencias. Sin embargo, solo puedo opinar sobre mis propias perspectivas que, poco o nada tienen que ver con las de los demás. Aun así, los límites deben ser claros. Si yo repito la misma opinión acerca de equis tema sobre otra persona y cada vez que la veo saco a relucir mi opinión una y otra y hasta una tercera vez, mis palabras comienzan a ser vacías.

Ya no hay receptor. A ningún adulto, llámese hijo, sobrino, nieto, primo, tío, amigo, hermano, compañero, padre o como se llame, le agrada que lo quieran controlar. Para empezar, es poco menos que imposible y la persona que insiste en repetir lecciones se vuelve un ente ingobernable.

En una ocasión, conversando con una persona que me dobla la edad, es decir, ronda los ochenta años, me sugirió que yo pensaba de esa manera porque mi condición de “imberbe” no me permitía dar sermones a nadie y que no podía tampoco enseñarle nada a nadie. Por lo tanto, mis pensamientos de control ajeno debían limitarse. Sus palabras fueron más allá: tu pobreza, ignorancia, juventud y falta de experiencia te condicionan a ese nivel de pensamiento.

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Bueno, han pasado unos veinte años de esa conversación y recuerdo que dije algo como: “aun así, hay que decirlo: nuestra intervención, directa o indirecta no va a lograr que un adulto haga lo que yo quiera o que una persona cambie, es más fácil que se quede el infinito sin estrellas, o que pierda el ancho mar su inmensidad…» y cantamos juntos para cambiar el tema y poder poner en práctica mis propias palabras.

Aunque tengamos un pensamiento muy poderoso, no gozamos de la capacidad de cambiar a otro ser humano. Hoy en día, de hecho estoy convencida de que es incorrecto pedirle a alguien que se amolde a mis deseos.

También estuve del otro lado. Es insufrible vivir con una persona que, a falta de capacidad para vivir su propia existencia (siempre está sola metida en vidas ajenas y cree saber lo que el otro piensa y siente) lo único que sabe hacer muy bien es estar friegue y friegue y friegue, a veces en formas muy lindas y diplomáticas, a veces no y sí, dan ganas de agarrarla a cachetadas: haz esto, no hagas aquello, camina por aquí, sube por allá, ve aquí, estudia tal, habla con fulano, tómate el licuado.

¿Por qué tomamos estas costumbres los seres humanos?

Por ahora, tengo la costumbre de echarle la culpa a la falta de lectura a todo. Confundimos los conceptos por desconocimiento de definición. Creemos que chingando gente demostramos interés, importancia y hasta amor. Dejarle cuarenta llamadas perdidas a la pareja no demuestra que lo estás cuidando, demuestra ingobernabilidad, falta de cordura, miedo, inseguridad.

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Al exponer esto en una charla hubo una opinión interesante: “Lo que pasa, Grisel, es que tú eres una egocéntrica, soberbia, egoísta que solo piensas en ti, de hecho deberías ir a terapia”. Yo contesté: “Ya voy a terapia, esta soy yo, con terapia”. Por suerte reímos, y pasé a compartirles una experiencia que repito en este momento: una vez salí con un muchacho que al par de semanas me puso en una encrucijada cuando se percató de que yo planeaba desaparecer. Me dijo que si lo dejaba se suicidaría. Ante la amenaza, me fui más rápido de lo planeado. Cuando me hablaron fui a verlo al hospital (por morbo) le sugerí que no volviera a tomar pastillas, con eso nadie se muere, «consíguete un arma y póntela en la cabeza», sugerí.

Mi razonamiento es que si alguien quiere vivir, lo hará, conmigo o sinmigo. Si alguien quiere morir, lo hará, conmigo o sinmigo.

Decirle a alguien “sus verdades» no lo hará creernos automáticamente. Una vez una pareja de amigos habló conmigo. Ella me dijo “él es un desobligado”; él, un sibarita, me comentó en un tono de voz muy bello “creo que Mengana está perdiendo la razón”. Ante tal juicio, la sentencia es clara: ambos tienen razón, él es un balagardo y ella está medio loca. Lo interesante es que así se amaron y aceptaron y ahora, lo que tanto les encantaba, es lo que más odian, todo por querer cambiarse uno al otro.

En mi juventud estaba convencida de que la falta de juicio era atribuible a todos los demás menos a mí y un día tuve que admitir que yo era increíblemente irracional. He escuchado gente muy lista, mucho más experimentada, más rica, más alta, más guapa, más sabia.

Por muchos años creí que la iluminación era la fórmula para cambiar a otros y llegaría a mí. Afortunadamente llegó más rápido la idea de que eso era irracional y una forma muy tonta de perder mi tiempo. Por suerte para mí, creo en Dios. Es como la lavadora, no sé cómo funciona pero me sirve mucho, no tengo que entender a Dios, como no tengo que entender los mecanismos de software o microchips de la computadora para poder usarla y para sacarle el mayor de los beneficios.

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Creo que hay algo más grande, más fuerte, más poderoso que yo, un ser humano limitado. Hoy en día mis relaciones son pocas en comparación de cuando tenía veinticinco años, pero la calidad es también mayúscula, incomparable, diría yo. Una vez que comenté esto con una amiga, me preguntó: ¿”cómo puedo saber si la decisión que estoy tomando es la voluntad de Dios o la mía?”.

Lo pensé unos segundos y luego me reí porque la respuesta es clara y contesté: “Tú lo sabes, no te hagas pendeja. Si quieres dejar de fumar, sabes lo que debes hacer; si quieres bajar de peso, sabes lo que debes hacer; si quieres aprender inglés, sabes a dónde acudir; si quieres contar un chisme, por Dios que sabes a quién llamar, incluso sabes a quién no llamar; si quieres tener salud, sabes, claro que sabes. El autosabotaje es una muy antigua práctica humana y la voluntad de Dios es clara, pero que tengamos la costumbre de hacernos pendejos, es otro rollo.

Dios habla todos los idiomas, Einstein decía que si Dios hablara sería en forma numérica, pero también hubo un biólogo que creo ganó el Premio Nobel y dijo que el lenguaje de Dios era biología… bueno, lo que creo entonces es que Dios nos habla en nuestro propio lenguaje y, en mi caso, no me toca pedir ayuda a Dios, lo que me toca es aceptar su ayuda, un tanto complicado para mí, pero estoy dispuesta porque mis capacidades son limitadas.

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