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Home»Columnas»Expediente vegetal 32: “Siempre tendremos París” (O Zirahuén)
Columnas

Expediente vegetal 32: “Siempre tendremos París” (O Zirahuén)

Raúl MejíaBy Raúl Mejía23 agosto, 2026No hay comentarios11 Mins Read
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Zirahuén
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Parte uno

Me encontré con un mini artículo ligero sobre las amistades y el eventual enfriamiento que padecen, sobre todo cuando uno se va haciendo viejo. Parte de una premisa simple y necesaria: ¿de verdad es esencial para mí (o para usted) mantener en condiciones de cercanía a tal o cual persona? De eso va el mini artículo. Se llama “La economía de la amistad”.

En ese texto, una especialista en “vínculos cercanos” (Elaine Hatfield) suelta esto: Las personas tienden a sentirse mejor cuando perciben que el intercambio en una relación es relativamente justo a lo largo del tiempo. No significa llevar una contabilidad exacta, sino sentir que el cuidado no viaja siempre en una sola dirección.

En una amistad, ese intercambio rara vez se ve. No son solo favores grandes. Es acordarse de preguntar por una consulta médica. Es mandar un mensaje después de una semana difícil. Es proponer un encuentro. Es escuchar sin convertir todo en monólogo. Es notar cuándo el otro desapareció un poco.

Luego otro tipo, en el mismo artículo (se llama Abdulla Alaatouq), menciona que sólo el 53% de los lazos de amistad son recíprocos. ¿Cómo le hizo para sacar ese porcentaje? Ni idea, pero no parece descabellado, pero bueno, no se pongan nerviosos, eso no significa que el 47% de nuestros amigos no nos quieren aunque sí revela una diferencia de percepción: para una de las partes, el vínculo era íntimo; para la otra, opcional. Así de fácil.

Una relación que por años sólo fluye en una dirección hace que una de las partes se pregunte qué pasa, pero nada más. No se piden explicaciones. ¿Hice algo mal? ¿Qué puedo hacer para salvar la relación? Pedir una explicación u ofrecer una disculpa a tiempo suele salvar un reino. Espero coincidan conmigo: una relación importante, de años o décadas que se rompe o enfría merece todas las explicaciones.

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Pero, en general, ni se ofrecen disculpas ni se piden explicaciones. Resultado: con el paso del tiempo, eso de “pedirlas” –las explicaciones, no sean albureros– deja de importar. En otras palabras, el tiempo en donde es oportuno decir “lo siento” o “perdóname”, es muy breve y casi no se pone en práctica por ser víctimas del orgullo, del “me vale madre” o de la salida más miserable: “no es mi problema”.

Las cosas se ponen un poco complejas cuando se cumplen años de edad y luego más años y así, por muchos años  hasta que uno se despierta una mañana y descubre que ya es, al menos administrativamente, un vegetal de sesenta años. Es cuando, a veces, a algunos nos el “cae el veinte”… y suele ser muy tarde.

Cuando eso ocurre, algunos vejetes y vejetas agarran la onda y ofrecen una disculpa; otros –vegetales al fin– se ponen necios. ¿Hay algo peor en esta vida que intentar razonar con un necio? Lo dudo, pero cada quien hace con sus sentimientos y actitudes lo que puede. En mi caso y no es por presumir, cuando me equivoco o lastimo a alguien (y me doy cuenta de ello y/o me lo hacen saber) digo, con sinceridad, “discúlpame” y, en casos muy serios “perdóname”. No me caso con mis ideas: si alguien me argumenta sobre equis cosa y sus palabras me parecen tan relevantes como para ser atendidas… cambio de opinión. Las convicciones, sobre todo las políticas, son ajenas a mi persona.

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¡Ay, sí, soy tan buena persona! Pues sí, pero “tanta bonhomía, grandeza de espíritu y nobles sentimientos en mi corazón”, no han sido suficientes prendas como para evitar ser echado a un lado en algunas relaciones. Obvio, a uno lo botan con relativa facilidad de relaciones superficiales y no pasa nada. Lo feo es cuando uno es echado de relaciones muy importantes –el adverbio “muy” no es gratuito– esas en donde ser castigados con el “látigo de la indiferencia” es doloroso.

¡Pero un momento!

Raúl Mejía

Uno también lo hace con amigos o amigas con una larga trayectoria de amistad y los motivos son tan diversos como no compartir intereses esenciales, por mudarse de ciudad o país, por así convenir a nuestros intereses… o por la más letal y que más estragos ha causado desde el 2018: por no tener las mismas afinidades político/electorales. Pocas causas han generado tanta destrucción afectiva en los últimos años.

Me consta haber sido echado a un lado o enviado a la congeladora afectiva y ese enfriamiento de verdad me hizo sufrir hasta que entendí que hay cariños y amores que mueren en una dimensión… pero se mantienen en otro plano sin necesidad de morirse: en las redes sociales, por ejemplo –¡háganme el favor!

Segunda parte: batear y ser bateado es parte de la vida

¿Cuántas veces me han mandado a la congeladora algunas amistades que SON (en presente) rete importantes en mi vida?

El número es preciso: cinco. Pueden ser más, pero no lo he detectado. Si alguien sabe, favor de avisarme para no andar haciendo desfiguros ni haciéndome el simpático.

Una de esas cinco personas queridas (las cursivas son porque el afecto, la historia compartida, las penas y las felicidades pesan en el balance) me mandó –sin posibilidad de apelación– de puntitas a… bueno, ya saben a dónde por un diferendo partidista. Cuando alguien cercano a nuestro afecto nos manda a la tiznada (y se recibe la notificación respectiva) se siente refeo. En suma: una amistad querida me mandó, cumpliendo el protocolo de avisarme por la vía del whatsapp, al ostracismo.

¿Y las otras cuatro? Detallaré sólo dos. Va la primera.

Todo empezó hace ¡uy! un chorro de tiempo. Ambos apenas nos estrenábamos en la edad en que todo gira en torno nuestro: los treinta años. Todo poder, todo belleza, todo aciertos. Ya son cuatro décadas de amistad, pero durante los primeros treinta y cinco años todo fue encontrar pretextos para vernos y cuanto se quieran imaginar: llamadas por teléfono y “vamos a comer” y “te traje un regalito” y “vamos a echarnos unos tragos” y “creo mejor me quedo a dormir en tu casa, ya es muy tarde” y “eres la persona más importante en mi vida”… y de repente todo terminó. Se acabaron los encuentros, las llamadas. Todo.

Por fortuna el whatsapp tomó los controles. Esa aplicación se convirtió, desde hace cinco años, en el sucedáneo de la amistad presencial y empezó de la manera  más afectuosa, pero algo dejó de funcionar. Le proponía desayunar en algún lugar (mi casa dejó de ser la sede) o ir a tomar un café, unos tragos y SIEMPRE ha habido un pretexto convincente para no hacerlo: agenda ocupadísima, el trabajo, unas visitas inoportunas, enfermedades, flojera para salir, el marido en pleno proceso de tozudez… no falta qué.

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Empecé a tener sospechas respecto al funcionamiento de nuestra amistad cuando ya habían pasado dos años sin encontrarnos en persona. Fue cuando tomé cartas en el asunto e hice lo conducente: reclamé, chillé y amenacé con un rompimiento unilateral de las relaciones bilaterales: “¡Si no nos vemos mañana para comer me vas a perder, Bernarda, te lo juro, me vas a perder!”–grazné, pero no pasó nada. Bernie, hiératica siguió así: hierática

El año pasado hice un análisis estadístico de cuántas veces nos habíamos vuelto a ver en cuatro años. ¿Saben cuántas? Ni una sola. Eso sí, con mensajería guasapera de altísimo nivel de afecto pero cero entrevistas cara a cara. Cero.

Uno termina resignándose.

El último intento de retomar la normalidad fue en enero del 2026. Me puse sentimentaloide y aullé: “no es posible que en cinco años no hayas tenido ni una sola oportunidad para poder vernos, Bernie… empiezo a sospechar que no quieres verme y algo peor: que no te importo”.

La verdad ella sí tenía firmes sentimientos sobre mí, pero la opción de vernos –me enteré– le daba una hueva infinita. Sí, lo que leyeron: yo le daba hueva y preferió guardar en su corazoncito la imagen del sujetoide que tuvo vigencia en sus sentimientos y vivencias más vibrantes por más de treinta años. Quien me informó de su nueva actitud respecto a ese “nosotros” que construimos fue Leandro, un conocido a quien le dura más un pedo en la cola que un secreto que había jurado guardar: “te quiere, Raúl, muchísimo. Incluso dice que fuiste el amor de su vida… pero ya no tiene ganas de verte”.

¡Ay, fue tan triste!

Tercera parte: Casablanca en el corazón

Algunos amores (o amistades) pueden tener a Paris como la referencia a un pasado memorable. Nomás recuerden el final de la peli Casablanca, cuando Rick Blaine le dice a la bella Ilsa que se vaya con su marido justo cuando ella está más que dispuesta a quedarse forever con su amante en ese pueblo bicicletero que era Casablanca en los cuarenta del siglo pasado para seguir chacoteando con toda la fuerza que las feromonas les otorgaban. La bella e inmarcesible Ilsa estaba híper dispuesta a renunciar al buenazo de su esposo, el héroe de la resistencia francesa, el heroico Victor Laszlo. ¡Eran tantas la vivencias con el Rick, que ya poco le importaban las cualidades patrioticas y heroicas del marido!

¿Qué hubiese pasado si Ilsa se queda en Casablanca?

¿Hubiera dido feliz con Rick?

Unos dicen que sí; la mayoría pensamos que no.

Espero coincidan con mi osadía: los amores eternos son los que no se concretan. Por eso Rick le dice a la hermosa Ilsa la frase inmortal: “nosotros siempre tendremos Paris” y ella, resignada, se va con su cónyuge a vivir los años que les quedaban de vida.

Hoy, ese amor lujurioso, impudendo e infiel entre Ilsa Lund y Rick Blaine –cachondos irredentos– es inmortal (suspiro).

Casablanca

Cuarta parte: nosotros siempre tendremos Zirahuén

¿Y eso qué relación tiene con Bernarda, mi amiga, la que me mandó a la congeladora con todo el afecto (y quizás el amor) del mundo?

Con Bernie no tuvimos un París… aunque ese era el plan. No se pudo por problemas en su agenda. A cambio tuvimos Ixtapa, Zirahuén y una escapada a New York. La “gran manzana” (por si se animan) sólo requiere que una de las partes tenga dinero suficiente… y Bernie lo tenía (y lo tiene). Cierto: me tocó poner los boletos de avión: “ni creas que me voy a sentar en clase turista, Raus; gasta un poco más. Me conformo con la clase Premier Economy”. Siempre me gustó su arrojo, su exquisito buen gusto en todo y su sinceridad

Eso de arriba fue un ejemplo de nuestra etapa idílica, feliz y transgresora… hoy tenemos un guasapeo de alta calidad afectiva.

Y bueno, va el segundo caso: un amigo a quien quiero mucho, pero mucho lo que se llama mucho, simplemente me dejó de buscar y me ha evitado de la manera más amable por diez años. Eso sí, cuando el azar nos ha juntado me muestra su afecto de la manera más convincente (y yo a él) pero apenas nos despedimos volvemos a la tónica de la última década: cero trato.

También con eso aprendí a vivir.

Final

Pero bueno, amigos y amigas, a estas alturas de mi dilatada existencia se ha dado un cambio bien recibido en mi ánimo vegetal y paso a contarles para terminar este texto chilletas: a partir de mi adolescencia y hasta bien entrado el quinto piso, lo más enriquededor de las amistades que cultivé fue alimentado por el bendito “no estar de acuerdo”. No pensar lo mismo sobre ciertas cosas, las contradicciones, el “no ser iguales” me posibilitó grandes amistades: “lo que nos mantiene unidos son las diferencias” –decíamos muy orondos y eso valía incluso en el amor.

Las diferencias se celebraban. Eran el esquema necesario para la vida, pero hoy, si me pongo hegeliano y en un ánimo setentero, diría que la dialéctica –en materia de afectos– dejó de interesarme como antes.

Los años que me quedan de vida prefiero pasarlos con quienes tengo coincidencias. Disfruto estar de acuerdo en gustos musicales o de cine (y si es palomero, mejor); me satisface tener los mismos gustos en relación a los libros y cuando me recomiendan uno acepto darle una checada por vía de los adelantos de Kindle. Ya luego decido si los leo o no; me hace feliz tener gusto por el mismo puesto de tacos de canasta, el mismo bar, los mismos restaurantes (caros o de paso). Acepto las diferencias sólo si éstas carecen del potencial de las desavenencias… y viajar solo empieza a cautivarme –eso me da oportunidad de hablar solo sin sentirme mal.

Algo esencial en mi nueva etapa vital. Tiene relación con una frase que le escuché hace muchísimos años, a mi papá y que apenas hace una década tuvo pleno sentido en mi vida: “si no es para hablar bien de una persona… no abras la boca”. Así dijo.

Y sí… así es. Tal cual.

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Raúl Mejía
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Raúl Mejía. Escribidor. Ha publicado libros que nadie ha leído. Publica sus ocurrencias únicamente en Revés Online y son más extensos de lo normal. Sus artículos parece que sí se leen y por eso cuida a sus lectores. Los tiempos no están para andar dilapidando esa especie en franco proceso de extinción.

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