Tal vez ahora no sea recordado, pero en los años setenta había un cómic mexicano muy popular: Fantomas, la amenaza elegante.
El cómic estaba basado en la serie de historias policiacas francesas del mismo nombre, pero adaptado a un individuo enmascarado que anuncia públicamente las hazañas que va a realizar.
Tenía todos los clichés de agente secreto, 12 ayudantes hermosas con nombres del zodiaco, una base secreta, y todos los recursos a su disposición. Un tipo elegante.
De 1969 a 1991 la historieta se convirtió en un referente cultural que mezclaba elementos reales de la historia con eventos ficcionados, como la vez que se enfrentó a Rasputín o al hijo de Hitler.
Uno de los momentos memorables del cómic fue cuando el escritor argentino Julio Cortázar apareció en un tiraje. La historia se centraba en un crimen superlativo: algún criminal desquiciado quemaba las bibliotecas del mundo. Los grandes intelectuales, como Octavio Paz, Alberto Moravia, Susan Sontag y el mismo Cortázar llamaban al enmascarado para que los ayudara, ya que el criminal no solo buscaba quemar los libros, sino que también quería eliminar a los intelectuales que resguardaban el conocimiento.
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Cortázar recibió la historieta en París y lo tomó con humor. “Cuando un escritor entra como personaje en un cómic, eso ya es la celebridad mundial”, dijo.
Pero la cosa no se quedó ahí. El escritor decidió darle un giro y transformar a Fantomas en una de sus historias.
“Si esta gente me ha utilizado como personaje de un cómic sin pedirme permiso, ¿por qué yo no voy a utilizar una parte de este cómic sin pedirles permiso a ellos? Creo que tengo ganado el derecho moral”, afirmó en una entrevista.
De esa forma el autor escribió Fantomas contra los vampiros multinacionales, un folleto que narraba en prosa una aventura política de Fantomas. En la versión de Julio, Fantomas, al tratar de eliminar a un solo villano, cae en la trampa, ya que el genocidio cultural no es generado por un solo individuo, sino por un sistema: el imperialismo norteamericano.
Cortázar reutilizó algunas viñetas, pero al final incrustó una sentencia del Tribunal Russel II, un documento jurídico que examinaba los agravios a los derechos humanos en Latinoamérica y condenaba los abusos y la tortura de los regímenes de extrema derecha, de lo que derivó una sentencia que, en palabras de Cortázar “no tiene ningún valor práctico, pero sí moral”. Para el argentino la sentencia tenía muy poca difusión debido al bloqueo informativo que aplicaban los gobiernos dictatoriales.
Finalmente, el folleto no se vendió en las librerías, sino en los quioscos, con lo que se difundió un poco más la crítica al gobierno imperialista.

