Parece que hay un acuerdo implícito entre los lectores para afirmar que Cien años de Soledad es el mejor libro que escribió Gabriel García Márquez. El mismo Jorge Luis Borges aseguró que la novela colombiana era uno de los mejores libros escritos en cualquier tiempo (aunque luego dijo de forma irónica que a Cien años de Soledad le sobraban al menos cincuenta).
Sin embargo, el propio autor de la obra llegó a contradecir esta idea. Para él, había por lo menos dos novelas que eran superiores a Cien años de soledad. No solo en cuanto a calidad narrativa, sino a lo simbólico de cada obra. La novela de los Buendía estaría ubicada justo después de El amor en los tiempos del cólera, que, al menos en longitud, es relativamente similar: ambos son bloques de casi 500 páginas.
Pero la novela que el propio Gabo reconoció como la mejor de su carrera fue El coronel no tiene quién le escriba. La razón: es la historia que retrataba la realidad cotidiana de manera más fiel, sin perder su esencia de realismo mágico.
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En 1976, la televisora colombiana RTI consiguió una entrevista con el autor. Para ese entonces eso era muy complicado debido a que, según el entrevistador Germán Castro Caycedo, el Gabo era tímido. Desde luego eso cambiaría después de recibir el premio Nobel.
Márquez explicó que se encontraba en París como enviado especial de El Espectador (periódico en el que debutó como cuentista), cuando le notificaron que el medio había cerrado -no por falta de recursos, sino por unos temitas políticos y violentos-. El autor dijo que esa era la mejor noticia que le habían dado: ya no debía regresar tan pronto.
El colombiano tomó su boleto para el vuelo de regreso y pidió que se lo reembolsaran. Metió todo el dinero en una mesita de noche y cumplió el primer sueño de su vida: escribir sin que nadie lo molestara.
Durante ese periodo el autor recuperó una historia que su abuela le había contado. Resulta que su abuelo había muerto esperando que le llegara su pensión militar por participar en la Guerra Civil. Ella dijo que no le preocupaba porque estaba segura que les llegaría a ellos y, si no, les llegaría a los nietos de sus nietos, pero en algún momento habría de llegar.
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Gabo pensó que esa historia le serviría para una comedia, entonces se dispuso a escribirla. Todas las mañanas, encerrado en su cuarto, tecleaba en la máquina de escribir, luego sacaba dinero del cajón y se iba a comer a un local cercano… hasta que el dinero se acabó. Por más que rascaba el cajón, no encontraba nada.
Para seguir subsistiendo sin descuidar su escritura, envió cartas a sus amigos en las que pedía ayuda. Su rutina cambió. Ahora, todas las mañanas bajaba para corroborar si había respuesta, luego, al no advertir ninguna carta, regresaba al cuarto para seguir escribiendo.
Cuando se dio cuenta que la ayuda de sus amigos nunca llegaría, dejó de escribir una comedia. El coronel no tiene quién le escriba se convirtió en lo que es ahora, una cruenta novela sobre un tópico de la literatura: la esperanza mata.
El relato no supera las cien páginas y guarda un lugar en la memoria de los fanáticos del realismo mágico, aunque se vea opacado por otras novelas más conocidas.


