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Columnas

El problema no es que seas pobre… sino todo lo demás

Raúl MejíaBy Raúl Mejía12 abril, 2026Updated:12 abril, 2026No hay comentarios12 Mins Read
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Rico contra pobre
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Una amiga me escribió preguntándome los motivos que tuve para escribir un texto sobre trapos de cocina y papel sanitario habiendo tantos temas relevantes por abordar. Eso me puso dubitativo y pensé para mí mismo algo así: “la posibilidad de que la Unidad de Administración Financiera (UIF) pueda congelar cuentas de ciudadanos y empresas nomás por sospechar que algo anda mal con esos infelices, es relevante; el informe de la ONU sobre desapariciones forzadas en México, también ¿por qué no me ocupo de eso?”.

Me respondí con certeza indubitable: “pues porque otros lo hacen mejor y prefiero leer a quienes pueden ilustrarme”. La última vez que me puse serio fue cuando solté, en estas páginas, un rollazo sobre Cuba hace dos semanas y quedé agotado. No cabe duda: pensar en serio cansa. Lo mío es lo sencillo y si logro ser entretenido, mejor.

Por ejemplo, en un sitio llamado Transfermarkt me enteré del sueldo de Cristiano Ronaldo, un futbolista demoniacamente rico, famoso, presumido, mamoncísimo y talentoso en su oficio. Tiene un salario, para este 2026, de 200 millones de euros. Obviamente no gana esa cantidad de manera neta porque seguro le descuentan cerca del 50% en impuestos, pero ese chico, también por seguro, se las arregla con otras chambitas misceláneas para compensar los abusos del fisco.

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Debemos dormir bien al precio que sea

Con esas talachitas podemos especular: yo creo sí llega a los 200 millones de euros anuales en su cuenta. De eso hay que descontar el pago a los empleados que administran su presencia en algunos partidos de exhibición y administradores de sus empresas. No está nada mal. Cualquiera podría vivir tranquilamente con un salario así. Luego me entró una curiosidad malsana: ¿cuánto es eso en vulgares y modestos pesos mexicanos?

Las cifras y los ceros me abrumaron. Ronaldo gana 555 mil euros al día. ¿Se imaginan? Cada 24 horas más de medio millón de euros caen en su cuenta del banco BBVA. Eso son poco más de once millones de pesos every day. ¿Se imaginan?

Salvo jeques árabes, empresarios agrupados en la categoría Masters of the universe, presidentes de países bananeros y gente dedicada al crimen organizado (clase premier) pueden juntar ese dinero. Con los del crimen organizado me da una especie de ternura porque los problemas que soportaron para meter ese dinero al sistema bancario fueron enormes, penosos. Por fortuna se inventaron las famosas “factureras” o “factureros” —lo que se conoce como “lavar el dinero”. A través de ese ingenioso mecanismo, ese dinero se convertía en legal y los de la UIA aprendieron a mirar a otro lado.

Los ricos (los realmente ricos, no los sucedáneos que de repente vemos en Tres Marías o Altozano acá en Morelia) andan tensos. Ya no saben a dónde irse para evitar el trato con la humanidad, ese sector de personajes secundarios de colores, texturas, tallas y olores inauditos. El problema representado en los jodidos ha acuciado a ciertos gobiernos: “¿qué hacemos con los pobres?” ha sido la pregunta nodal y no se ha resuelto, pero los hiper mega ricos ya supieron qué hacer con la humanidad residual: mantenerlos al margen de ciertos espacios urbanos, familiares y sociales. No saben ustedes lo complicado que resulta encontrar personal de servicio que entienda las reglas de convivencia con sus patrones opulentos. ¡Es tan difícil encontrar personal residual capacitado!

Va un ejemplo de la vida real: un homínido de servicio, por ejemplo, jamás debe mirar a su patrón ni dirigirle la palabra. Ese humanoide está para obedecer e incluso anticiparse a las necesidades del jefe. Al menos esa era la política en los hogares de, por ejemplo, Harvey Weinstein o de Jeffrey Epstein. Si me dicen que es lo mismo en el hogar de Brad Pitt, los magnates árabes, en la casa de Max Verstappen, la de Carlos Slim o del novio de Emma Watson, lo creeré “a pie juntillas”.

En este momento alguien se preguntará quién es el novio de la inmarcesible, bella, admirable Emma Watson y se los digo: es un aborigen mexicano de rancio abolengo y responde al nombre de Gonzalo Hevia Bailleres. A la pareja de tortolitos la han visto dándose baños de pueblo en lugares como Punta Mita en Nayarit y saciando antojos en el formato cuasi popular del restaurante Mendl (está chido ese lugar para desayunar). Me informan que de repente se dan sus escapadas también a El Cerrojo.

Ser hiper rico no es fácil, hay que decirlo sin ambages. Debe ser de lo más incómodo que se les queden mirando sólo por ser celebridades o por ser eso: hiper millonarios en dólares.

En alguna parte de las notas que como gambusino leo y luego archivo por ahí, hay una sobre el tema de las peleas en los aviones provocadas por el incómodo e irresoluto tema de las clases sociales (tanto en la vida real como en los vuelos). Salió en el diario digital El Confidencial, firmado por Héctor Barnés y publicado el 6 de mayo de 2016. ¿Sabían ustedes que uno de los actos más incómodos para la clase Turista y la Primera Clase en aviones es tener que cruzarse unos con otros? Me refiero al momento en que los de primera clase (no ejecutiva o premier o celestial) ya están acomodados en sus asientos y se ven en la desagradable experiencia de ver pasar, a su lado, a los jodidos de la clase Turista con rumbo a sus miserables asientos.

Es una experiencia abominable para ambos bandos: la odian los de la infamante clase Turista y los de la Primera Clase. Por eso se inventaron espacios —en algunos vuelos— en donde los pobres no rompen la atmósfera y la estética del lujo. Van un par de párrafos del texto que me topé en El Confidencial:

Si usted es rico, responda mentalmente a la siguiente pregunta: ¿cuánto tiempo hace que no ve a un pobre? Si usted es pobre (vamos, como el 99% de la población), haga la siguiente reflexión: ¿cuánto tiempo hace que no ve a un rico (la tele no cuenta)? Son dos preguntas burdas, pero que nos ayudan a entender que cada vez es más frecuente que las diferentes clases sociales no convivan en un mismo espacio físico quizá porque (…) resulta estresante tanto para los menos privilegiados como para aquellos conscientes de que pertenecen a la élite.

Con fina ironía, el autor del texto comenta:

Ya no hay reservados en las discotecas desde donde observar al populacho, ni casas lujosas en mitad de un barrio popular, ni una primera clase al lado de los viajeros turistas. Más bien, hay bares para los ricos y para los que no lo son, barrios lujosos y barrios de clase media, aviones privados y líneas low-cost que garantizan que los caminos de ambos no se crucen. Un buen ejemplo es lo que está ocurriendo en ciudades como Londres, tal y como explicamos en un reciente artículo: que la proliferación de mansiones iceberg y complejos sistemas de transporte provocan que, virtualmente, sea casi imposible ver a uno de esos ricos por la calle.

Pero si personas súper ricas no andan en este mundo ni en mi código postal ¿dónde sí andan?

 No puedo responder a esa pregunta, pero sí puedo desvariar con el asunto como una manera de entretenimiento con quienes leen mis artículos y paso a hacerlo.

Hace unos días me topé con un artículo interesante en el New York Times. Se llama «Sin colas, sin gente normal: volar en avión de ultra lujo desde Paris». El artículo lo firma Sarah Lyall y reseña el viaje de un escritor en las clases más prestigiosas de Air France.

El vuelo reseñado fue de Paris a New York y bueno, aquí se demuestra que la famosa frase de Orwell respecto a que en cierta granja todos son iguales “pero hay unos más iguales que otros” ya no la rifa. De entrada, el servicio transatlántico de primera clase de Air France, comienza cuando una limusina Mercedes traslada al pasajero del hotel a una entrada exclusiva en el Aeropuerto Internacional Charles de Gaulle. Finaliza en el JFK, donde un empleado de Air France lo acompaña personalmente desde su asiento a través de una fila especial de aduanas…

Hay más maravillas, pero dejemos eso porque uno tiene sentimientos y siente feo. Una cosa es cierta: los súper ricos ya están hartos de toparse con pobres y cada vez se aislan más. Lo bueno es que siempre hay soluciones que permiten que esos sujetos cumplan sus sueños: alejarse de la chusma.

Les cuento algo sólo con el fin de hacer comparaciones: por mero azar, en alguna ocasión tuve la oportunidad de treparme en el mítico y hoy descontinuado Airbus A-380. Un avión gigantesco de la línea Air France. No lo hice en la modesta clase turista, sino en otra conocida como Turista Premium o Premium Economy. No crean que es como las que usan los hiper ricos, sino la que usamos —si los astros y Dios Nuestro Señor se nos alinean favorablemente— los clasemedieros al menos una vez en la vida. La Premium Economy o Turista Premium cuesta el doble (o un poco menos) que la infame Turista. De ahí para arriba (clase Bussines o Primera Clase) los precios se ponen delirantes y si uno anda de suerte y agarra ofertas, suelen andar en los 350 mil pesillos por ir de CDMX a Paris.

La clase plebeya (turista) es una monserga con la que las aerolíneas con trayectos intercontinentales deben lidiar. Es un esfuerzo inmenso de las aerolíneas tener que llevar, en sus vuelos, a gente normal y clasemediera. Todo en la clase turista parece hecho adrede para agraviar: asientos pequeñísimos y con capacidad de reclinación que no debe sobrepasar los tres grados (en Primera Clase es de 180 grados), menú estandarizado y bebidas rigurosamente limitadas. Se debe hacer una fila para tramitar el viaje —mostrar pasaporte, entrega del boleto, asignación de asiento y cosas así. Además, la espera para abordar se debe hacer en corrales sin prestaciones. Todo precario, pues.

La Premium Economy, por el doble de dinero, ofrece asientos en donde uno hasta se puede estirar. Digamos que es como un asiento de ETN. Uno puede treparse con más equipaje, menú con opciones, bebidas con menos restricciones, acceso a salas VIP en el aeropuerto, prioridad en la documentación del equipaje, fila especial para treparse al avión antes que los plebeyos.

¿Esas diferencias hacen la diferencia?

Pues… sí.

Cuando me trepé al Airbus A-380 no pagué el doble. Fue un milagro que sólo opera cuando uno va acompañando a una persona con miles y miles de millas acumuladas en vuelos por aquí y por allá que le permiten, de vez en vez ciertas recompensas.

Esa vez estábamos en la patria de Michel Houellebecq, de Kylian Bpappé, de Charles Aznavour y Sylvain Provillard. Estábamos formados en la fila plebeya de Air France y cuando llegó nuestro turno en el mostrador, la empleada vio el pasaporte de mi acompañante Verónica y graznó: “Madame Veronique Villaseñor, nous pouvons vous proposer, à vous et à votre père, des sièges en classe Premium Economy pour deux cents dollars de plus”.

No entendí nada, pero el tono indicaba que era una jugosa oferta. Exigí una traducción. Madame Veroniqué me la dio: dijo que Air France ofrecía a ella “y a su papá” (o sea, yo) lugares en la clase Premier Economy porque Madame Villaseñor tenía un chorro de millas acumuladas.

La escuincla que me acompañaba —de quien no soy su papá, sino su tío— dijo, muy ufana “no, gracias” (en francés, claro). ¿Por qué hizo semejante desplante? Porque ella es, como solía decirse en el pasado remoto, “modelo pitufo”, es decir, una pequeñaja que cabe en cualquier asiento. Incluso en un mini espacio de clase turista ella va súper cómoda. Yo me quedé pasmado y respingué: “a ver a ver a ver, señorita —le espeté a la empleada en mi rudimentario inglés: “¿nos está diciendo que por doscientos miserables dólares adicionales podemos ir mi sobrina y yo en Premium Economy?”.

La respuesta fue afirmativa.

A veces los milagros ocurren en aerolíneas como Air France. Eso me puso en el ánimo que debió embargar a Enrique IV (1593) cuando la condición para convertirse en Rey de Francia era que dejara el protestantismo y se convirtiese al catolicismo. A él se le atribuye la frase “Paris bien vale una misa”. Lo mismo me pasó a mí en el mostrador de la aerolínea: “¡Joder, yo los pago… Premier Economy bien vale la transacción!” —expuse con ánimo tribunicio.

Pero esa clase en la que viajé por primera vez (luego hice lo mismo en otras ocasiones porque, lo que sea de cada quien, a lo bueno uno termina por acostumbrarse y es verdad lo que dice la leyenda: uno tiene un pequeño burgués en el fondo del alma). Esa clase, les decía, no tiene vínculo, relación, cercanía o analogía con lo que una persona rica (pero de verdad rica, no payasos como yo, milagrosamente instalados en la clase Premium Economy) se puede permitir sin la menor preocupación. Vean las fotos.

A esa clase, la del súper lujo trepidante, pertenecen los nuevos amos del universo (si quieren saber sobre eso de los amos, vayan y lean lo que escribí sobre Cuba en este link.

Para terminar, les dejo las palabras de Anne Perkins, periodista de The Guardian:

En Londres, las plazas y los parques que una vez fueron abiertos a la sociedad, cada vez más son propiedad privada. Incluso los parques reales del centro de Londres tienen que generar beneficios cercando zonas para llevar a cabo conciertos o ferias en las que tienes que pagar para entrar. Por una parte, es un proceso de privatización de lo público por el cual se intenta maximizar la rentabilidad de bienes que en un pasado fueron comunes. Pero la investigación recién publicada sugiere un peculiar correlato psicológico: que si estas cosas ocurren es, entre otras razones, por lo turbador que le resulta a los pobres ver a los ricos y a los ricos ver a los pobres. Ojos que no ven, corazón que no se indigna.

Las cosas no son diferentes en México.

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Raúl Mejía
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Raúl Mejía. Escribidor. Ha publicado libros que nadie ha leído. Publica sus ocurrencias únicamente en Revés Online y son más extensos de lo normal. Sus artículos parece que sí se leen y por eso cuida a sus lectores. Los tiempos no están para andar dilapidando esa especie en franco proceso de extinción.

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