«Cada día nos convertimos en criaturas de espléndida gloria o de un horror impensable».
-C.S. Lewis-
Sylvette Cabrera Nieves
Tuve miedo, mucho miedo, durante la caminata por el denso bosque. Sentía se me erizaba la piel con cada paso alcanzado. La presencia de pupilas y entes que, a pesar de no verlos, intuían con certeza mis sentidos. Entonces, miré mi reloj y no atiné a ver bien la hora. El terror me cubrió cuando los ojos del guía se tornaron como en los de un dragón. Aturdida no comprendía la gravedad del asunto.
Él articulaba palabras que no entendía. Advertí en su iris un destello diabólico que me dejó petrificada, por un instante, que me pareció eterno. Comencé a escuchar alaridos aterradores como de un animal herido y se me heló la sangre. Mis piernas, al principio, inmóviles reaccionaron con torpeza, pero, al fin, logré huir aterrorizada. Trataba de ubicar algún espacio dónde refugiarme, hasta que observé una arista marcada de blanco. Sin embargo, cuando me creía a salvo, no advertí que aquel ser malévolo estaba frente a mí y me asestó un golpe mortal. Vi pasar mi vida completa, en un suspiro, mientras caía lentamente al abismo.
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—¡Ay, mijo: lo está pisteando una bruja!*
En mi travesía vertiginosa se iban apagando todos los ruidos y comenzó un zumbido extraño que saturaba mis oídos, sumado a un latigazo en el cuello que empezaba a manifestarse como un estallido de huesos. Un frío adormecimiento invadió mi cuerpo y no supe, al final, lo que realmente aconteció. Lo último que captaron mis percepciones fue un estruendo, semejante a un relámpago, contra el agua.
Sin saber qué sucedía ni cómo, todo fue silencio en pleno mediodía. Yazgo dentro de un universo desconocido, oscuro y hostil. Soy la ahogada que no consigue adaptarse del todo al agua. Quedarse sumergida como lo hacen los peces y por instinto natural.
Desde entonces, destaco mi presencia haciéndome notar de varias maneras. A veces, canto una melodía contagiosa ante alguien y cuando viene en mi auxilio desaparece en la profundidad de las aguas.
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En otras instancias, por ejemplo, simulo la voz de un niño llamando a sus padres y recurren a recatarme. Una amante repitiendo con ardor el nombre de su pareja cuando hay luna llena.
O un animalito desvalido pidiendo ayuda a través de sus quejidos y llantos. Esa ha sido mi estrategia, darles una sorpresa para bajar sus defensas y hacerlos vulnerables ante mis súplicas.
El resto de los animales no se acercan a este lado del bosque porque instintivamente saben que gobiernan las fuerzas del mal en estos predios y se mantienen a raya.
Soy la aparecida de río abajo y juro, por los benditos clavos de la cruz, que las desapariciones irán en aumento. Confieso no tener noción de la cantidad de ánimas que he reclamado tras mi cruce a la otra orilla. No empecé, debo completar la cuota de almas que me asignó el dios del inframundo, aquella aciaga mañana, en que decidí irme de excursión a la Gruta del Diablo.



