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Nos quisimos mucho, pero ya no puedo vivir con Netflix

Netflix

Mi romance con Netflix comenzó por allá de 2013, cuando la plataforma lanzó la serie House of Cards, protagonizada por el posteriormente funado Kevin Spacey y la extraordinaria Robin Wrigth. Esa nueva opción de entretenimiento era el sueño de millones de consumidores de contenido que no queríamos pagar televisión de cable donde los pocos canales con buenas películas tenían un costo adicional.

Netflix, en cambio, tenía un precio justo, se podía compartir con quien quisieras, no tenía comerciales y se podía ver en la Tablet, en la computadora, en la Smart TV o en el celular. Un puto invento de los dioses, carajo.

Después llegó Breaking Bad, que se convirtió en una telenovela milenial. Era como ver las narcoseries de Telemundo, pero con mucho presupuesto, un guion perfecto y actores de primera línea. En ese entonces se decía que todo lo que pasara por esa plataforma tenía “calidad Netflix”, es decir, no estaban permitidos churros o solo el entretenimiento para medio ver mientras lavabas los platos.

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Por varios años pagué 99 pesos mensuales que me parecían una ganga. Acumulaba series y películas todas las semanas sin tener que pagar más. Por si fuera poco, evitaba las palomitas y los refrescos sin gas de las salas de cine.

Una noche, quizá de 2023, me puse a calcular cuántos años llevaba de matrimonio con Netflix. Por lo menos eran 10, diez años que no puede durar con ninguna de mis parejas, A ese ritmo, ya le había pagado a la plataforma por lo menos unos 12 mil pesos. Y aunque tuvimos nuestros momentos de felicidad, nuestras noches eternas, había llegado el momento de la frialdad, de la indiferencia, de dormir en camas separadas.

Como todo amor tóxico, Netflix y yo hemos intentado retomar la relación desde entonces. De pronto me ha lanzado coqueteos en los que he caído, pero tras algunos acostones regresan las diferencias. Es tan compleja esta relación que hemos optado por el poliamor. Netflix ya vive permanentemente con amistades mías, y en aquellas noches de soledad, de aburrimiento, les propongo que me la cedan por un par de horas, que me compartan de su carne, con la promesa de devolverla casi intacta.

No sé si alguna vez vuelva a casarme con esa cosa. Sobre todo porque ya es muy cara, tiene comerciales, no se puede compartir tan fácilmente y su contenido -en el 90% de los casos- es una pinche basura.

Ya no, Netflix, lo nuestro fue bello mientras duró, pero no tiene futuro alguno.

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