Tuve noticias de HBO en los noventa y no era algo generalizado. Creo recordar que dependía de la zona donde uno tuviera su casa. ¿Había más canales de pago para ver películas? Creo que no, pero hasta donde la bruma del tiempo me deja ver, se tenían los Blockbuster que mejoraron la oferta de pelis en Beta y luego en VHS que algunas personas, por la libre, surtían a los consumidores.
Hasta te llevaban a tu casa las películas.
Así vi, por ejemplo, la primera cinta por vía de la renta entre particulares: Volver al Futuro parte uno. ¿Cómo le hacían para tener esas películas unos simples ciudadanos aspiracionistas? La leyenda cuenta que algunos llegaban al extremo de grabarlas en el mismísimo cine, pero eso terminó, al menos en Morelia, cuando los Ramírez abrieron espacios de renta de pelis y música en CD.
Recuerdo la más popochona en la Avenida del Campestre —que luego devino avenida Ramírez Miguel. Todo fue bello mientras duró y las anécdotas menudearon. Por ejemplo, la multa si entregabas los VHS sin rebobinar. La masificación de lo que ahora se conoce como “streaming” me agarró como hacedor de guiones para la tele y empleado de un puesto de hamburguesas en Estados Unidos.
El viejo Netflix
Chequen el dato: estaba suscrito a Netflix, compañía que había llevado a extremos excelsos el servicio de renta de DVD´s a domicilio. Un servicio que al poco tiempo cambió: de ser un servicio de renta a domicilio a ser un servicio de “video bajo demanda”. Me pregunté, todo apantallado, hasta dónde podríamos llegar. Sobre todo porque el nostalgiado walkman de casete se rindió ante el iPod, tan chiquito, que parecía un timbre postal y albergaba unas cien canciones. El iPod para mí fue el acabose. Como diría el único héroe nacional actual de origen michoacano: ¿a dónde vamos a parar?
¿Y las rolas? Yo las “bajaba” a través de Napster, Ares, Lime Wire… hasta que las corporaciones como Spotify y los de iTunes se quedaron con el negocio. Por cierto, en Netflix hay una peli palomera buena sobre cómo empezó Spotify.
Hoy, la oferta satura y aburre. Casi todo está a nuestra disposición y claro, cuando algo abunda… aburre, se abarata. Y no sólo en el streaming, sino en los besos, los amores, los post en el feis… todo lo abundante es barato.
Ahora lo complejo es cómo obtener música, pelis, documentales, libros, revistas, periódicos de “calidad” y que no sólo sean recomendaciones personales por vía de los algoritmos, pero uno ahí sigue y se percata de que cada vez consume más basura de lo humanamente procesable.
¿Pagar por calidad?
¿Quieres calidad o lo que, según tú, tiene calidad más o menos comprobable sin algoritmos?
Pues paga por ello. Para terminar, les diré que si uno sabe buscar, aún hay cosas decentes incluso en Netflix, pero cada vez es más difícil. La verdad es que mi gasto en lo que yo considero que tiene calidad de contenidos es de unos dos mil pesos: unos seiscientos en periódicos y revistas y poco más de mil doscientos en plataformas de cine, series y cosas así.
En el sector de pelis y series abandoné a Disney, Mubi (mi calidad de cinéfilo no da para esas plataformas), HBO y otras. Me quedé con Neflix, Apple TV, Prime Video y YouTube Premium.
Me despedí de The Economist y en breve de The Guardian (creo lamentaré despedir a este medio de comunicación inglés pero ni pex). ¿Qué pasa con el consumo en streaming? ¡Paren esta masacre!
Lee la siguiente historia:
El día en que decidí divorciarme de Netflix


