Lo último de Trump ha sido un meme en donde algunas imágenes de la expareja presidencial formada por Obama y Michelle son insertadas en escenas de la película El Rey León. No sólo ellos, salen otras personas que le caen mal a Trump. El elenco lo completan jirafas, pajarracos, changos…
Obama y Michelle, su esposa, son changos.
En un mundo menos desbarajustado como este, cualquiera se percata del mal gusto y nula educación de quien hizo el meme, pero sobre todo de quien autorizó su difusión mundial: Trump.
Me recuerda a otro primate: Hugo Chávez, de Venezuela, cuando andaba en uno de sus regocijantes recorridos por Caracas y preguntaba quién era el propietario de tal o cual edificio y si le parecía buena idea, sentenciaba: “¡exprópiese!”… y se expropiaba. Nomás porque las gónadas se le inflamaban al homínido bolivariano.
Así con Donnie. Vio el meme, le gustó y dijo “¡publíquese!”
Y se publicó por unas horas.
¡Ay, ese Donnie Trump no descansa!
No puede.
Hacer idioteces que afectan reputaciones, acciones que cuestan vidas y abducciones de dictadores, le encanta.
Lo que hizo con el meme de El Rey León debe tomarse como una gracejada presidencial. Tampoco exageremos.
Cuando iba en el Air Force One, alguien le preguntó si despediría a quien le pasó a revisión ese meme tan “chistoso” y dijo, sin inmutarse, haber visto sólo una parte. O sea, no contestó si lo despediría. ¿Cómo va a despedirlo si la animación Salió con el sello oficial del presidente de la nación más poderosa del mundo?
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Pero sí dijo que se trataba —la animación esa— del fraude del 2020 y lo repugnante que resultó esa elección.
O sea ¿de verdad cree que ESO es la esencia del meme?
Sí.
Lo cree… y millones también.
Luego, una reportera le dice que algunos republicanos le piden ofrezca una disculpa y responde, muy orondo “No, no cometí ningún error; reviso muchas cosas, miles. Al principio estaba bien (la publicación del meme) porque era una imitación muy fuerte del fraude electoral…”
No importa lo que se ve o se confirma cuando se trata de los poderosos.
Hay una frase que las redes sociales atribuyen a Stendhal (incluso yo estaba seguro —desde antes del auge de las redes sociales— que aparece en una novela de ese francés que yo “había leído”).
El mito va así: un marido encuentra a su esposa retozando en la cama con un chamaco fogoso y ella le dice —al marido— lo que marca el reglamento vigente para esos incómodos momentos: “Esto no es lo que parece, mi amor, permíteme explicarte”.
¿Qué pasó con la esposa retozona? Pues nada anormal: el marido no le creyó y ella sacó la frase sibilina y amorosa: “¿Prefieres creer lo que ves… que lo que te estoy diciendo?”.
Esa salida es buenísima porque —a todos y todas nos pasa al menos tres veces en la vida—uno suele creer las explicaciones de la persona amada (o extremadamente deseada) y duda de lo que uno ve “con estos ojos que se tragarán los gusanos”.
El amor y la pasión también se viven de esa manera. Me consta.
Así con los actuales Master of the Universe y sus versiones regionales en todo el mundo. La vigencia de la novela de Orwell (1984) tiene sus ciclos de popularidad, pero en estos momentos, más: con inquietante ingenuidad, empezamos a creer con fe casi guadalupana, lo que se nos dice desde el poder… y no lo que uno está viendo, sufriendo, constatando.
Los hechos, las personas “inferiores”, son basura. Vean si no: Ghislaine Maxwell, la matrona que le llevaba menores de edad a un tal Epstein respondía, cuando le preguntaban quiénes eran las chicas que daban masajes y de las cuales ambos abusaban: “Nadie… son basura”.
Por eso Trump dice, sin el menor pudor, que la mujer asesinada por la banda del ICE, que “ella trató de atropellar al policía”, aunque lo que vimos en el video muestra justo lo contrario.
Por fin lo logramos o nos falta poco para hacerlo: vivir en la postverdad, ese cómodo espacio en donde todo se ajusta a nuestros deseos. Por fin —ya era hora— aumenta la incertidumbre, se desvanecen las certezas y se entierran los consensos básicos y bueno, no por andar de chismoso, pero sin ellos (los consensos esenciales), lo que más rápidamente se propaga son las “realidades alternativas”.

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Van unas preguntas que se hace Marta García Aller en su podcast llamado Pausa: “¿Por qué cada vez es más difícil ponerse de acuerdo en algo? ¿Son todas las opiniones igual de válidas? ¿Eso nos llevaría a un relativismo sofocante? ¿Importan más los hechos que las opiniones? ¿Podemos hablar ya de la normalización de la mentira, de cómo hemos sustituido la pluralidad por una lógica tribal?”.
Cada vez con mayor naturalidad vivimos bajo las reglitas de los diferentes colectivos identitarios. La verificación de los hechos —aunque sea mínima— no funciona cuando la verdad se convierte en eso: una cuestión de identidad.
De ahí a las teorías conspiranoicas sólo hay un paso, pero es un paso esencial si se vive bajo la férula de un populismo: “… una teoría de la conspiración funciona porque nombra un malestar, porque señala a alguien a quien hay quien odiar, pone ese rostro a la furia. Y cuando hay mucha gente que se siente excluida, que se ha dejado de sentir interpelada, que es invisible y de repente aparece en el centro de estos discursos, pues una ansiedad que puede ser existencial o económica o material, se canaliza a través de la identidad y sobre todo del reconocimiento” (fragmento de la conversación entre Ana García Aller y Mariam Martínez Bascuñán en el podcast Pausa. Las cursivas son mías. RM).
A nivel local, el performance más reciente tuvo como actor principal al Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Ese señor tan sencillito y de togas con grecas precolombinas, se dejó limpiar los zapatos por dos lacayos. Algo bochornoso que él justificó de manera inverosímil a pesar de que todos podemos ver que él jamás impidió que sus colaboradores se pusieran a limpiar su calzado marca Flexi —muy cómodos, por cierto.
Hasta les facilitó la tarea a los dos sirvientes disfrazados de colaboradores.
No pasó nada.
Fue irrelevante.
Además, como bien dijo la presidente Sheinbaum “ya se disculpó”.
Con eso basta.
Punto y aparte.

En este caso, las opiniones están divididas y eso, a fin de cuentas es la realidad: quienes disculpan cualquier derrape del poder (que en otros tiempos y regímenes no toleraban) minimizan el acto de limpieza zapatera; quienes no simpatizan con el actual régimen, lo quieren quemar en leña verde.
¿Y los hechos? Pues son los hechos, pero sin consecuencias.
Otra opinión —por si hiciera falta: no hagamos de un acto tan irrelevante como que dos empleados se apresuren a limpiarle los botines a un poderoso —que dice ser humilde— algo desmesurado.
No es para tanto.
Los del PRI y el PAN eran peores.
¿Y la ética? ¿El decoro? ¿El sentido común?
Buen tema para una próxima entrega.

