En 2019 la taquilla rompió récord. En México se acumuló un total de 19,050 millones de pesos en boletos. Era un muy buen momento para ir al cine… y luego llegó la pandemia.
El coronavirus cerró las puertas de lugares públicos de alta afluencia, como los multicinemas mexicanos. En marzo todo se suspendió, de buena gana, con la esperanza de reabrir en menos de un mes, como ocurrió en 2008 con la pandemia de la influencia H1N1, pero no fue así. Tuvimos que esperar varios meses para volver a las salas.
Ese año fue catastrófico, tan solo acumuló 3 mil 692 mdp. Con la asistencia a cines regulada, el 2021 se duplicó a 7 mil 495 mdp. Las cifras fueron estabilizándose en 2022 a 12 mil 202 mdp. En 2023 mejoró a 15 mil 955 mdp y desde entonces ha vuelto a descender. En 2025 mostró un comportamiento similar al 2024, y, de acuerdo con Canacine, en México tan solo se recaudaron 14 mil 983 mdp el último año, es decir, incluso menos que hace una década.
El cine está muriendo. Y no, no lo mató la pandemia.
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Cuando hago esta aclaración no me refiero al arte, sino a reunirse con un grupo de personas a ver una película en una sala oscura.
Si alguien se preguntara qué lo está matando, la respuesta no sería de opción única.
Además de la pandemia, las plataformas de streaming, la inflación -que afectó a los precios de los boletos y de los alimentos-, y sobre todo, la oferta cinematográfica poco atractiva.
La caída del modelo de negocios tradicional del cine afecta no solo a las casas productoras, sino a una gran cantidad de empleados. Eso incluye a los intérpretes, creativos, auxiliares y negocios anexos. Por ello, es normal que algunos héroes, o heroínas, quieran salvar al cine, y la mejor forma -o la única que conocían- fue regañar a las audiencias por preferir quedarse en casa viendo una película en su celular.
“No es lo mismo”, dicen unos; “si no la ves en el cine, no eres cinéfilo”, dictan otros más agresivos.
Recientemente Ryan Gosling, como parte de la gira promocional de su película Project Hail Mary, declaró algo que pocos miembros de la industria suelen decir, quizá por ir en contra de la narrativa de los realizadores cinematográficos.
“Hace seis años, recibí el manuscrito. La cosa más ambiciosa que he hecho nunca. Parecía algo imposible. Era demasiado bueno para no darle una oportunidad. Seis años después, lo hemos hecho. Aquí estamos, estamos todos de vuelta en los cines.
No es su trabajo mantenerlos abiertos, es nuestro trabajo hacer cosas que hagan que merezca la pena que salgan al cine”.
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Y no puedo evitar estar de acuerdo con él. Las excusas que ha dado Hollywood en las que reclama que actualmente existe un público perezoso, son, paradójicamente, razonamientos perezosos. ¿Realmente es culpa de la audiencia decidir no gastar lo correspondiente a un día de salario mínimo en un par de boletos y unas palomitas? Con el precio de dos boletos bastaría para contratar un mes de contenido en una plataforma de streaming, ¿por qué razón una persona desearía ir al cine bajo el riesgo de ver un bodrio?
A título personal, el año pasado vi dos películas que me hicieron enojar bastante, tal como enojarse con un trámite infructífero y kafkiano: Cacería de brujas y No me sigas. La visión, hasta cierto grado experimental, de Luca Guadagnino sobre las “funas” la vi en la comodidad de mi casa donde uno puede roncar más a gusto que en el cine. En cuanto a la segunda, una película mexicana con más lugares comunes que Matando Cabos (que al menos es divertida) la vi en una sala de cine tradicional. Con No me sigas me enojé más, porque no solo perdí dinero, sino tiempo.
Los realizadores, no solo mexicanos, tienen enteramente la responsabilidad de atraer al público con contenidos de calidad y campañas de publicidad igualmente que construyan narrativas también interesantes.
Lo demás, son, citando un antiguo paremio mexicano, patadas de ahogado.

