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Sobre pulpos, tortugas y la aritmética inútil de los grandes imperios

Por Roberto Jáuregui

Estimado Adrián: los pingüinos también van a jugar el Mundial

Antes que nada, la aritmética. Tenés razón: Egipto lleva siete mil años de cultura y Argentina apenas ciento sesenta y siete de existir como tal cosa, y sin embargo ahí está Messi, primera palabra buscada en la historia de un buscador que ni siquiera existía cuando los demás ya habían inventado la escritura. No sé si eso nos redime o nos condena, pero prefiero pensar que la historia, como el fútbol, no siempre premia a quien lleva más tiempo jugando: a veces el arquero que entra en el último minuto ataja el penal que decide todo, y nadie le pregunta hace cuántos siglos aprendió.

Dicho esto, vengamos a lo que de verdad quiero contarte, y para eso voy a robarte el final de tu carta, porque cerraste citando a Homero y esa cita se merece algo más que quedar ahí, sola, esperando el sábado. Preguntás quién cruzaría por placer la llanura salada de las aguas sin fin: yo te pregunto qué hubiera sido de la Ilíada si en vez de un puñado de héroes discutiendo frente a los muros de Troya, Agamenón hubiera convocado a sesenta y cuatro reinos, incluidas las islas que nadie visita y los pueblos que ni siquiera tenían flota.

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La epopeya se sostiene porque son pocos: Aquiles, Héctor, Ulises, un puñado de nombres que uno puede llevar en la memoria sin esfuerzo. En 2030 vamos a tener sesenta y cuatro selecciones repartidas en seis sedes, y te confieso que ya no sé si eso es una fiesta democrática del deporte o directamente la Ilíada reescrita por un comité de marketing: todos entran, nadie se queda afuera, y por eso mismo nadie va a recordar el nombre de nadie.

Vos mismo lo dijiste mejor que yo cuando hablaste de tu Mundial 78, el de Brasil, Francia, Italia y Suecia compartiendo un grupo que hoy sería un imposible estadístico: aquello era un grupo de la muerte de verdad, no el eufemismo publicitario que usamos ahora para dos selecciones medianas y un anfitrión. Con sesenta y cuatro equipos no hay grupo de la muerte posible, porque para que exista la muerte hace falta que algo importante esté en juego, y a los grandes, con más equipos, les va a resultar más fácil llegar descansados a las fases que sí importan.

Va a jugar todo el mundo, hasta los pingüinos, si la Antártida alguna vez se afilia a una confederación. Nos van a vender esa multiplicación como inclusión, y en el fondo va a ser lo contrario: cuantos más participan, menos arriesgan los de siempre.

Y hablando de multiplicaciones sin sentido, tengo que hablarte del periodismo, porque me acordé de aquel jugador egipcio que citás, el que preguntaba para qué los invitan si de todos modos quieren que gane Argentina. Esa frase, que a vos te sirvió para hablar de imperios y de tiempo, a mí me sirve para hablar de otra cosa: la pereza que se disfraza de indignación. Porque ese comentario no es análisis, es tablón con micrófono, y lo peor es que ya no distingo dónde termina el hincha resentido y dónde empieza el periodista acreditado, porque ambos dicen exactamente lo mismo con la misma sintaxis pobre.

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Pensaba en esa escena de Ciudadano Kane, esa donde Kane, con todo su poder y su dinero eleva a su amante a la categoría de diva operística y logra que cante en la ópera. Todo eso es un desastre porque la mina no pega una nota ni aunque quiera. Kane llega, entonces, a la redacción de su diario y allí ocurre algo maravilloso: él, que podría crear la verdad que quisiera (después de todo es el dueño de la cadena de periódicos más poderosa de Estados Unidos) escribe una nota lapidaria sobre lo ocurrido. Kane, megalómano, déspota, ambicioso, tiene, ante la verdad, un atisbo de respeto, de honor, de coherencia.

¿Te imaginás eso hoy en día? Yo no, no puedo; hoy alcanza con un teléfono y una indignación de treinta segundos. El periodismo deportivo actual no informa ni analiza, opina, y esa opinión alimenta exactamente el mismo fuego que después señala con el dedo como si viniera de otro lado. Es un incendio que se enciende solo y que después se queja del humo.

Y ya que hablamos de incendios pequeños y estúpidos, dejame cerrar con algo que me tiene, no sé si maravillado o desesperanzado. ¿Te acordás del pulpo Paul? Aquel cefalópodo alemán que adivinaba resultados con una seriedad casi litúrgica, como si el oráculo de Delfos hubiera decidido reencarnar en un acuario de Oberhausen. Ahora tenemos a la tortuga Margarita, al pato Lucas y a la araña Julián, y la sola idea de que necesitemos consultar a un artrópodo para saber quién gana un partido de fútbol ya te dice bastante de dónde estamos parados como civilización.

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Pero lo que de verdad me heló la sangre (exagero, ya sabés cómo soy. En realidad me causó gracia al principio y después me produjo en profundo cansancio) esta semana no fue ningún animal: fue la gente. Después del golazo de Julián Álvarez contra Suiza, un gol que cualquiera con dos ojos y algo de memoria futbolística reconocería como una obra completa, empezaron a aparecer comentarios de «pero el de Cabo Verde fue mejor», como si el fútbol funcionara por eliminación directa y no se pudiera disfrutar de dos cosas hermosas al mismo tiempo sin que una le robe algo a la otra.

Ni siquiera Emiliano Martínez, que se lo comió en carne propia, pudo evitar decir «qué golazo me metieron» con la admiración de quien reconoce belleza incluso en su propia derrota parcial. Si el arquero que recibió el gol entendió mejor lo que había pasado que la mitad de las redes sociales, no sé qué esperanza nos queda, salvo la de seguir escribiéndonos estas cartas como quien enciende una vela chiquita contra la estupidez organizada.

Espero, como siempre, tu respuesta con la misma fiebre con la que Guadalajara recibió a los coreanos en el tren ligero.

Un abrazo,

Roberto

Morelia, Michoacán, 13 de julio de 2016

*Este es un intercambio epistolar entre Adrián González Carmargo y Roberto Jáuregui.

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