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Vidas ejemplares: Caliche Caroma, agiotista de la literatura

La última vez que me topé con Caliche fue en su casa/librería para ver si de puro churro aún tenía tres libros de Isaac Asimov que anunció en su canal de Youtube y me dieron unas ganas irrefrenables de leer -aunque estaban en edición de papel y cada vez leo menos en ese formato por cuestiones económicas.

Uno era La formación de América del Norte; otro, La formación de Inglaterra y el tercero La formación de Estados Unidos 1763-1816. Esos libros son de Alianza Editorial y todos lo sabemos, son objetos preciosos los libracos que esa casa excreta al mercado y bueno, leer a Asimov es un deleite que sólo he llevado a cabo dos veces y ahora que el Caliche los anunció le dije que pasaría a ver si aún los tenía en venta.

¿Qué pasó?

Pues ya los había vendido, pero prometió guardarme una copia cuando cayeran nuevamente en su estanquillo de libros usados o reciclados. Se llama La Inundación. Está en la calle Cayetano Andrade 260, colonia Gustavo Díaz Ordaz. Una calle perpendicular a la calle donde se ubica la entrada principal a la Ciudad Universitaria de Morelia.

Espero no se le olvide la promesa de guardarme esos ejemplares, aunque veo difícil que vuelva a tenerlos en su local.

Caliche Caroma en La Inundación
Caliche Caroma, medio culto y medio mocho

Nos quedamos un rato platicando (Raquel incluida) en uno de los pasillos atestados de volúmenes de toda índole y me llamó la atención que sabía cosas de quienes se llevaron los libros que yo pensaba comprar. No sólo de ellos, sino de los diferentes tipos de compradores lectores que van a su casa/librería.

Caliche es un tipo que, en lugar de multiplicar, divide. Al menos en materia de afectos. Hay quienes apenas lo soportan (en eso nos parecemos: hay varios amigos muy queridos -por mí- que apenas disimulan que me detestan) y hay quienes lo queremos con sinceridad porque es un tipo fiel a sí mismo, aparentemente rudísimo, defensor de causas perdidas, amante de peros y gatos y un conversador de la clase premier. Sabe un chorro de cosas y las expone de manera natural, como si ser un buen platicador fuese algo sencillo de conseguir. La charla inteligente con Caliche siempre es una forma de reivindicación de lo que se conoce como “el pan de la conversación”.

Cuando me dio detalles de quienes se llevaron los libros de Asimov (todos… y eran como seis) supe que este chamaco ama su oficio, que en su librería se convierte en un guía, un lazarillo en el laberinto de papel que es su domicilio. Justo lo que se necesita cuando un lector novato ingresa con terror a una librería y no sabe para dónde orientar sus pasos. Justo lo que necesita un lector experto cuando busca joyas para su biblioteca.

… y pensé en hacer un apartado más en estas entregas semanales. Una que se llama, a partir de hoy, “Vidas ejemplares”. El otro apartado ya lo conocen quienes me hacen el favor de leerme. Se llama “Expedientes vegetales”. Aquí empieza ese apartado y la próxima semana entrevistaré a otro librero y así, de vez en cuando, me ocuparé de personas que, para mí, son ejemplares.

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Pero, les decía, estaba con Caliche y le solté, sin avisar, si era negocio vender libros usados.

Ni se inmutó. De hecho, se medio sacó de onda porque el tema que nos ocupaba era el inminente partido de México contra Chequia. Esos cambios de juego son medio acalambradores, pero me contestó “Claro que es negocio, si no lo fuera, pues estaría trabajando en otra cosa, como funcionario morenista, por ejemplo. Hay que conocer el oficio, contar con variedad y trabajar duro. El plus es amar los libros”.

Eso es básico: amar lo que se hace y tratándose de libros hasta parece fácil amarlos, pero mi duda iba por otro lado y, para no quedarme con ella (la duda, se entiende), le pregunté si les daba para vivir vender esas mercancías tan poco atractivas o si pensar en un rendimiento bajo la óptica capitalista era lo de menos: “Da para vivir y más. Pero insisto, hay que saber quiénes son tus clientes, conocer los temas, editoriales, novedades, antigüedades, etcétera. Y, si la sabes hacer, no necesitas trabajar en nada más”.

La respuesta de Caliche fue la clásica de los manuales de superación personal: “ama tu trabajo y jamás tendrás que trabajar”, y cosas así, pero por una desviación interpretativa, la ubicación de su librería me hacía preguntarme si era la mejor y mejor le pregunté; a fin de cuentas, el tema del mundial ya lo habíamos dejado de lado: ¿Es un éxito una librería en una colonia popular?

“Considero que debería existir una librería en cada colonia de Morelia, y el éxito, a pesar de su relatividad, estaría presente”. (Ah, órale, chido). Amplié la pregunta porque cuando alguien piensa en ser librero tiene en mente ofertar sólo los que le gustan a esa persona, pero luego se dan cuenta de que es un negocio y eso es de nichos. ¿Cómo resuelves eso? -le espeté.

“No tengo ese problema, vender nada más lo que uno lee (hay libreros que no leen, por cierto) es un error. Tampoco se debe juzgar a los clientes. Como librero vas aprendiendo día con día que el mundo de los libros es inmenso, y así es tu mercado, si tienes criterio amplio te irá bien”.

¿La realidad del mercado te hizo ser realista en materia de oferta/precio o sigues en la resistencia?

“Hay libros que se deben vender a precios accesibles, pues se trata de ser una opción en el mercado, pero también hay libros que son únicos y allí se le gana bien. Me refiero a primeras ediciones, firmados, raros, etcétera”.

Me animé a hacer una pregunta que, por mera prudencia, no se hace: ¿Cuáles son los márgenes de ganancia? ¿Priva la política de “según el sapo es la pedrada”?

“A un libro le puedes ganar doscientos por ciento, o más, si lo compras a buen precio y lo das a un costo razonable. Es una cadena de negociación en donde importa mucho ser justo y, al mismo tiempo, sagaz”.

¿Algo de psicólogo o de gurú se debe poseer para ser un vendedor de libros eficaz o, mejor, seductor?

“Basta con ser sincero, ni tanto que queme al librero, ni tampoco que no lo alumbre”.

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