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El Unabomber advirtió los peligros de la IA

Raúl MejíaBy Raúl Mejía27 septiembre, 2026Updated:27 septiembre, 2026No hay comentarios15 Mins Read
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Unabomber
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Desde hace meses traía en la mente al sujeto del cual quiero platicarles hoy. Un académico (matemático) con un IQ sobresaliente que devino ícono popular y murió en junio de 2023. Era un genio, pues.

Podemos conjeturar que este sujeto, a juzgar por el lugar donde vivía cuando dieron con él –luego de dieciocho años de búsqueda– fue un lector atento de las ideas de un tal Henry Thoreau, filósofo y naturalista gabacho quien en 1854 publicó un libro de ensayos llamado Walden. Me metí a la IA de Google para ver qué onda con ese libro y saqué lo siguiente: «El autor cuestiona duramente el ritmo frenético, el materialismo y las convenciones de la sociedad industrial, argumentando que la mayoría de las personas malgastan su vida en una «silenciosa desesperación» por acumular bienes innecesarios […] Thoreau defiende la necesidad de simplificar nuestra existencia, demostrando mediante un cálculo minucioso de sus gastos que es posible subsistir con muy poco trabajo y dinero, alejándose del consumismo».

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Vamos por partes y contextualicemos primero a Henry Thoreau: vivió, por dos años, dos meses y dos días en un bosque de Massachusetts a la orilla del lago Walden en una cabañita de poco más de 3×4 metros (trece metros cuadrados). Luego de ese lapso decidió regresar a la vida normal porque “tenía varias vidas más que vivir”. Su libro inspiró a millones de personas interesadas en la práctica de la vida en contacto con la naturaleza, sin depender tanto de la sociedad. El movimiento hippie abrevó de las páginas de Thoreau, por ejemplo.

¿Y qué pex con el personaje de esta semana?

Pues nuestro “héroe” hizo lo mismo que Henry Thoreau, pero en una zona boscosa y aislada de Lincoln, Montana. Su cabaña medía 3×4 metros y su hermano menor, David, le ayudó a construirla. Similar a la de Thoreau. Nuestro personaje era profesor asistente en la universidad de Berkeley pero renunció en 1969. Dos años después se fue a esa cabaña a vivir en “la soledad más solitita”. Sin luz ni agua corriente.

En una zona boscosa y aislada de Lincoln, Montana. Su cabaña medía 3x4 metros y su hermano menor, David, le ayudó a construirla.

En esa cabañita vivió desde 1971. Ahí se hubiera quedado feliz con su enajenación, pero una fresca mañana de abril de 1996 llegó una banda de agentes del FBI. Luego de un corto diálogo lo esposaron como sospechoso de ser el autor de varios atentados terroristas. Ahí terminó la vida de Ted. Al menos la vida activa como asesino serial iniciada en 1978.

El gobierno gabacho gastó, en su búsqueda de casi dieciocho años, más de cincuenta millones de dólares de 1996 –unos 106 millones de dólares actuales– . La mayor cantidad de dinero para buscar a un tipo que había matado a tres personas y herido a más de veinte con su método criminal: los paquetes/bomba. En total fueron 16 atentados.

En septiembre de 1995, la sociedad gringa ya había entrado en pánico con ese tipo que mandaba paquetes explosivos a personal de las universidades y líneas aéreas. ¿Qué motivó que ese sujeto dejara de mandar sus cajitas mortales? No lo sabemos. Quizás pensó que era el momento de cambiar de giro profesional y le entró una ráfaga intelectual y de autor publicado. Ted siempre quiso ser filósofo y esa frustrada vocación le volvió en ese año.

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Aquí es donde la vanidad de esos seres que le dedican tiempo a la escribidera lo traicionó y empezó a cometer errores. El primero fue mandarle una carta –con unas cuantas páginas mecanografiadas anexas– a unos pocos periódicos. Ahí, les informaba que estaba dispuesto a no matar más gente a condición de que esos medios de comunicación le publicaran su obra cumbre: La sociedad industrial y su futuro. ¿Acaso Ted pensó “mmh… sí, ya es hora de bajarle de huevos a mi Choco Milk”?

Unabomber

Me van a disculpar, pero yo tengo otros datos: nuestro personaje perdió la “ecuanimidad asesina” cuando lo atacó el virus de la publicación. Si ese frenesí por ver su nombre “en letras de molde” no lo hubiese invadido, su carrera como asesino serial hubiera sido más dilatada para desgracia de las eventuales víctimas de sus explosivos delirios. La famosa frase “publicar o perecer”, atribuida a varios famosos, no se debe tomar como dogma… y menos siendo asesino serial.

Los directivos de esos periódicos se pusieron a discutir si era ético o moral publicar el legajo de un terrorista y como no llegaban a un acuerdo, se comunicaron con el FBI para decidir qué hacer con el ensayo que les había llegado: ¿lo publicamos o no? Las autoridades se pusieron en “modo pragmático” y convencieron a los periódicos The Washington Post y The New York Times para publicar el mamotreto de Theodore Kaczynski. ¿Por qué? Confiaban en que, una vez publicado en un tiraje de 850 mil ejemplares, lo más seguro era que alguien reconocería el estilo, la sintaxis, los giros en el manejo de las ideas, el ritmo de la narración… y acertaron.  

“El manifiesto del Unabomber” se dio a conocer, íntegramente, en The Washingron Post. Los de la revista Penthouse dijeron que ellos le entraban al negocio (porque lo era), pero el FBI se negó e hicieron lo correcto. Es más, yo hubiera hecho lo mismo: tantas hermosas chicas encueradas distraerían al lector.

La sociedad industrial y su futuro se publicó en septiembre de 1995. Consta de poco más de doscientos incisos en cuarenta páginas con un estilo de puntuación muy gabacho (o sea, complicado y enredoso a la hora de traducirlo a una lengua romance). Si algún lector de mis textos semanales lo desea, se los puedo mandar a través de Inbox (Facebook), por e-mail o Whatsapp.

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El ensayo de Theodore Kaczynski, mejor conocido en el mundo entero como el Unabomber, lo leí hace un par de años y lo guardé en un archivo de mi compu. Lo volví a leer a raíz de las recientes noticias acerca de los peligros de la Inteligencia Artificial (IA), pero sobre todo a partir de la renuncia del investigador franco/británico Jacob Coxson a la compañía Anthropic y su advertencia de la posibilidad de que la especie humana desaparezca si no le ponemos límites a esa cosa.

El tema de la IA, como simple mortal iletrado en el tema, me preocupa mucho. Sobre todo luego de leer Nexus, de Yuval Noah Arari. Lo que ese chico expone en su libro lo suscribo: el equilibrio entre naciones guerreras y abusivas en el pasado (con la guerra fría, por ejemplo) era “estable”, pero esa rivalidad, en tiempos de la IA, es cada vez más precario y la incertidumbre nos tiene agarrados de salva sea la parte.

No sólo Coxson ha puesto señales de alarma. Ese escuincle (27 años) es el más algoritmizado en estos días, pero otros famosos, con diversos intereses e intensidades, hicieron lo mismo. Pienso en Evan Hubinger, “responsable de ciencia de alineación en Anthropic  [quien] respaldó estas preocupaciones y estimó en más del 10 % la probabilidad de una extinción humana en la próxima década” y Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, quien ha advertido “sobre los riesgos de perder el control de sistemas avanzados si su desarrollo no se regula con prudencia”.

Debo mencionar, con carácter de improrrogable, las dos entrevistas que Carissa Véliz –filósofa española/mexicana que trabaja en la universidad de Oxford– concedió a León Krauze y a Denise Maerker hace unos días. Las pueden ver en Youtube. Están de verdad interesantes.

El escrito del famoso Unabomber (se suicidó en su celda en 2023, a los 81 años) contiene prácticamente todas las advertencias que hoy nos alarman respecto a la IA. En términos generales es un escrito que contiene verdades difíciles de refutar. ¿Desde cuándo se percató de los riesgos del desarrollo tecnológico? Quizás antes de 1969, cuando renunció a su chamba de profesor asistente en Berkeley y se fue a vivir como ermitaño a Montana. Ted era un psicópata, no hay duda, pero sus ideas sobre los peligros de la tecnología no estaban (ni lo están) fuera de lugar. Es más: yo coincido con ellas.

Lean algunas líneas de su argumentación. El inciso 172: «Supongamos que los informáticos consiguen desarrollar máquinas inteligentes que pueden hacer todas las actividades humanas mejor que los propios humanos […]. Incluso si no se les otorga un control absoluto de forma deliberada, la dependencia humana hacia los sistemas automáticos será tan grande que apagar las máquinas equivaldría al suicidio social. Por lo tanto, el ser humano perderá la capacidad de decidir por sí mismo».

Cuando su texto se publicó, internet y esas macanas estaban en pañales en comparación con lo que tenemos hoy. Ted dice que si las cosas se dan como él suponía –en el año de la publicación de su ensayo–, la sociedad se enfrentaría a una alternativa fatal: “que las máquinas tomen todas las decisiones o que sean los humanos quienes tengan el control [pero] incluso si no se les otorga un control absoluto de forma deliberada, la dependencia humana hacia los sistemas automáticos será tan grande que apagar las máquinas equivaldría al suicidio social”.

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En el inciso 175 apunta: «Pero supongamos ahora que los informáticos no tienen éxito en desarrollar la inteligencia artificial y el trabajo humano siga siendo necesario. En ese caso, advierte que “la automatización dejará fuera del mercado laboral a millones de trabajadores que será imposible absorber en todos los países”.

Esas advertencias son ahora el tema del mes y serán recurrentes por mucho tiempo, pero claro, los optimistas dicen que terminará siendo regulada y todo será felicidad. Para documentar nuestro pesimismo, las entrevistas de Carissa Véliz son básicas. Por piedad, véanlas. A Carissa no le angustia en sí la IA, sino quiénes la tienen en sus manos. Coincido.

¿Tenemos remedio?

Pues verán, no soy optimista, pero, aunque no quiera y sea crítico palomero de la IA, la uso de manera cotidiana. Este texto bajo su mirada, por ejemplo, me hubiera ocupado por varios días sin los avances cibernéticos actuales. No fue necesario, para su redacción, consultar mis libros, ni acudir a un ya inexistente archivo de artículos en papel, ni ir a la biblioteca pública. Todo se obtiene en la compu, con los algoritmos… con la IA.

No llego al grado de ponerme a platicar con esa cosa del demonio o pedirle consejos para mi vida, pero dudo que la mayoría de usuarios consuetudinarios de las computadoras estén exentos de utilizar la IA en alguna de sus múltiples versiones.  Ya no se puede. Como dicen los italianos: “Porca miseria!”.

Las cosas se dieron como los previó el FBI. La esposa de David (el hermano de Ted Kaczynski) siempre sospechó algo siniestro en su cuñado y cuando leyó el ensayo en The Washington Post le dijo a su marido que esa forma de escribir era extremadamente similar a la del cuñado. Discutieron mucho. Al final, David llamó al FBI: “Tengo sospechas de que el Unabomber… es mi hermano”.

Kaczinski dio sólo una entrevista en su vida de recluso y se puede ver en Netflix. Se titula Unabomber en sus propias palabras. Luego de verla, a uno le queda claro el desequilibrio mental del tipo. De verdad estaba mal de la cabeza –no tanto por su planteamiento del peligro del avance tecnológico, sino por los mecanismos para tratar de detenerlo.

En esa serie hay detalles interesantes. Pienso en la etapa donde decidió, a los 17 años, ser voluntario, de 1959 a 1962, en un experimento diseñado para evaluar la resistencia psicológica a los interrogatorios. Ted lo recuerda “como una prueba de resistencia psicológica bajo fuerte presión y hostigamiento verbal, como una vivencia sumamente dañina”.

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De acuerdo a un artículo publicado el 5 de septiembre de 2023 por parte del Cambridge Center Behavioral Studies titulado “The Unabomber: An Extreme Reaction to Behavior Modification”, quizás ese experimento en el que participaron Ted y otros voluntarios es “el resultado más extremo y terrible imaginable de una tergiversación y un malentendido de una ciencia”. Más adelante, comentan de las advertencias que sobre esa prueba expresaron algunos especialistas de la conducta:

«En una escala totalmente diferente, Morris y sus colegas […] han documentado numerosas distorsiones y tergiversaciones del análisis conductual moderno. La ciencia y sus aplicaciones son públicas. Como tales, siempre están abiertas al escrutinio –lo que genera comentarios, elogios y críticas. Aceptar la retroalimentación constructiva es fundamental para cualquier empresa científica con el fin de que la disciplina y personas como Kaczynski no pierdan el contacto con la realidad.

«La retroalimentación siempre debe ser bienvenida y nunca rechazada por ser algo que no queremos oír. Proporciona perspectiva y recuerda a los analistas de la conducta cuestiones más amplias de la cultura a las que debemos prestar atención al desarrollar intervenciones. Los «hechos» y las evaluaciones falsas, como las de Kaczynski, son una parte desafortunada de la vida contemporánea en Estados Unidos».

Dato para la trivia tenebrosa: ese experimento fue apoyado y financiado por la Universidad de Harvard y la CIA.

¿Cuándo se le botó la canica a Ted? Él dice que desde 1962 ya odiaba la tecnología, o sea, cuando terminó su etapa de voluntario en el experimento sicológico. No hay información (no a mi alcance) de que sus ideas sobre la tecnología las haya querido dar a conocer al público a través de un libro o artículos en revistas. Dudo que alguien se hubiese interesado en publicarle esas “ocurrencias” –ahora, con una perspectiva de treinta años, se ve que no eran descabelladas sus hipótesis sobre la computación y el desarrollo tecnológico.

Me pregunto por el rumbo que la vida de este sujeto hubiera tomado si alguna revista o editorial se hubiese animado a publicar sus planteamientos muchos años antes de su publicación forzada en The Washington Post. ¿Hubiera vuelto al camino del sentido común? No creo, pero la duda se queda. Les dejo la transcripción del inciso 96 de su manifiesto, en donde reconoce que sus ideas no hubieran interesado a ningún medio de comunicación y por eso ha optado por la violencia. Les pido poner atención a la parte que puse en cursivas… sobre todo las últimas líneas:

“En cuanto a nuestros derechos constitucionales, consideremos por ejemplo eso de la libertad de prensa. Ciertamente no queremos acabar con ese derecho: es una herramienta muy útil para limitar la concentración de poder político y para mantener a raya a aquellos que lo tienen, exponiendo públicamente cualquier mala conducta por su parte. Pero la libertad de prensa es de muy poca utilidad para el ciudadano medio. Los medios de masas están en su mayor parte bajo el control de grandes organizaciones que están integradas en el sistema.

“Cualquiera que tenga un poco de dinero puede imprimir algo, o puede distribuirlo en Internet o de alguna otra manera, pero lo que tenga que decir será sumergido por el vasto volumen de material lanzado por los medios, por tanto, no tendrá un efecto práctico. Es por eso casi imposible para muchas personas y grupos pequeños el hacer un efecto en la sociedad con palabras.

«Tomémonos como ejemplo. Si no hubiéramos hecho nada violento y hubiéramos presentado los presentes escritos a un editor, probablemente no hubieran sido aceptados [pero] si hubieran sido aceptados y publicados, probablemente no hubieran atraído muchos lectores, porque es más divertido ver el entretenimiento lanzado por los medios que leer un ensayo sobrio. Incluso si estos escritos hubieran tenido muchos lectores, la mayoría hubieran olvidado pronto lo que habían leído porque sus mentes habrían sido anegadas por la masa de material a que los medios las exponen.

«A fin de presentar nuestro mensaje ante el público con alguna oportunidad de crear una impresión duradera, tuvimos que matar gente”.

Usando el clásico “¿Y si sí?”, vuelvo a la inquietud expresada más arriba: qué hubiera pasado si su manifiesto se hubiera publicado y difundido a principios de los setenta como parte de la opinión de un genio de las matemáticas. Su madre conservaba, desde años atrás, manuscritos de su descarriado hijo. Uno de esos manuscritos en poder de la mamá era el germen del manifiesto publicado en el periódico en 1995… pero volvamos al meollo: ¿le habrían hecho caso como para que la humanidad fuera consciente de los peligros del avance tecnológico? Por supuesto que no. Por “mucha razón” que las opiniones de Ted tuvieran, la historia demuestra que ningún avance técnico en la historia de la humanidad se ha cancelado. No la máquina de vapor, no la imprenta, no la televisión, no la energía nuclear… tampoco la IA se detendrá ni se pausará ni se cancelará.

Me dan mucha desconfianza los optimistas en relación al asunto de la IA, pero también los pesimistas.

Inteligencia Artificial Unabomber
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Raúl Mejía. Escribidor. Ha publicado libros que nadie ha leído. Publica sus ocurrencias únicamente en Revés Online y son más extensos de lo normal. Sus artículos parece que sí se leen y por eso cuida a sus lectores. Los tiempos no están para andar dilapidando esa especie en franco proceso de extinción.

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