Por Yazmín Aburto Z.
Hija de nuestros tiempos, femina videns a la Sartori, reconozco que no he leído la distópica novela El cuento de la criada de la escritora canadiense Margaret Atwood. En cambio, sí vi completa la serie homónima protagonizada y producida por la talentosa Elisabeth Moss. Eso me impide retomar alguna frase precisa, pero me permite reconocer —casi respirar— en un reciente discurso del jefe del Pentágono el mismo orgullo fascista de los comandantes de la República de Gilead: el país totalitario y teonómico —regido por la ley divina— que, en la novela y en la serie, se instaura en Estados Unidos tras una guerra civil.
Pete Hegseth, actual secretario del Departamento de Guerra de Estados Unidos —como Donald Trump ha vuelto a llamar, sin carácter oficial, al Departamento de Defensa—, fue anfitrión de la Conferencia Anticártel de las Américas el pasado 5 de marzo. Durante el encuentro, celebrado en la sede del Comando Sur de Estados Unidos, en Florida, se expresó a sus anchas y sin empacho ante altos mandos militares de una quincena de países latinoamericanos[1]. México, por cierto, no estaba entre ellos.
Procuro seguir la consigna de no consumir ni difundir contenidos de odio, conspiranoicos o abiertamente mentirosos. Haré aquí una excepción que me parece necesaria. Comparto un fragmento del discurso de Hegseth que muestra con claridad —por si aún lo dudábamos— que la distópica Gilead y sus comandantes fascistas, resueltos a restaurar un mundo, una identidad y un ethos guerrero perdidos, ya están entre nosotros. Este pasaje del discurso resume, y rezuma, el contraataque patriarcal, imperialista, militarista, capitalista y cruel que estamos viviendo (las cursivas y la traducción son mías):
Todas las naciones representadas en esta sala son descendientes de la civilización occidental. Nuestras naciones están y siempre estarán unidas por nuestra herencia, nuestra historia y nuestra geografía en este nuevo mundo.
Compartimos los mismos intereses y, por ello, enfrentamos una prueba esencial: si nuestras naciones serán y seguirán siendo naciones occidentales con características distintivas, naciones cristianas bajo Dios, orgullosas de nuestra herencia compartida, con fronteras fuertes y pueblos prósperos, gobernados no por la violencia y el caos sino por la ley, el orden y el sentido común. O si seremos permanentemente desgarrados por otra cosa, desviados por fuerzas en competencia: el narco-comunismo radical y la narco-tiranía, que amenazan a nuestros pueblos, fronteras y territorios soberanos en nombre de una falsa soberanía o una falsa paz.
La migración masiva descontrolada, que abruma los recursos internos destinados a ciudadanos merecedores y provoca delincuencia y violencia sin control. O la creencia en el llamado globalismo, que busca borrar nuestras identidades nacionales distintivas en nombre de la tolerancia; borrar nuestras fronteras en nombre de la compasión; y borrar nuestro ethos guerrero y aquello que nos hace fuertes en nombre de la llamada diversidad y la corrección política.
Hay mucha tela de dónde cortar en esta frase, que me resulta paradigmática de lo que la antropóloga argentina Rita Segato llama la «pedagogía de la crueldad» —o «de las cosas»—: aquella que enseña a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas, y que se nutre de masculinidades afines a la guerra, al distanciamiento y a la baja empatía. Me detendré, por ahora, solo en tres ideas —la noción de «globalismo», la fórmula de «narco-comunismo radical» y la disputa por el «sentido común»— porque fueron las lucecitas que alumbraron mi atónita mente mientras me reponía del knock-out de tan abrumadora declaración.
En la retórica guerrera de este supremacista blanco, la compasión —un valor bastante cristiano, por cierto— y la tolerancia —cuya ausencia, según los estudios de paz, incrementa la discriminación, el odio, la ira, la violencia, la violación de derechos y, en última instancia, la guerra— aparecen como un estorbo. Si «la paz se construye a través de la fortaleza», como se asienta la declaración de esta conferencia, la compasión, la tolerancia y el respeto a la diversidad son una debilidad.
Una invención del «globalismo», pues.
Una noción que, junto con el progresismo, el feminismo y la llamada «ideología de género» —expresión de manufactura vaticana contra los derechos sexuales y reproductivos y retomada también por el feminismo trans-excluyente— articula a una variopinta «nueva derecha». Una constelación que reúne, según Agustín Laje, uno de sus ideólogos latinoamericanos y bro de Javier Milei, a «libertarios no progresistas, conservadores no inmovilistas, patriotas no estatistas y tradicionalistas no integristas».
A mí me parece que les viene mejor otro nombre: la «internacional del odio».
Se trata de grupos —durante mucho tiempo política, económica y culturalmente dominantes— para quienes los principios del progresismo o del feminismo, que en las últimas décadas han alcanzando amplios consensos en organismos multilaterales, representan una aceleración excesiva de las transformaciones sociales y, sobre todo, la erosión de sus privilegios y de su estatus.
No hay que negarlo. Tienen razón.
De eso se trata, en efecto. De vivir en sociedades democráticas en las que no existen fundamentos trascendentes ni leyes naturales inmutables, sino —sobre la base de valores como la libertad y la igualdad— órdenes sociales convencionales y provisionales, producto de la historia y de las relaciones de fuerza, sometidos al cambio y abiertos a la negociación.
Tampoco sorprende que, frente a los señores de la guerra, reaparezca la vieja retórica de las fuerzas foráneas y ajenas que amenazan una identidad nacional supuestamente «esencial» y ponen en peligro a la civilización occidental y cristiana. Es el mismo repertorio discursivo que utilizaron las dictaduras latinoamericanas en la segunda mitad del siglo pasado.
Antes el comunismo. Ahora el globalismo. El enemigo muta, la lógica permanece. Hoy la amenaza son los nuevos sujetos subversivos: los sujetos de la diversidad. El feminismo, los movimientos LGBTIQ+, el indigenismo, el ecologismo, el multiculturalismo.
Sobre la falaz amalgama del «narco-comunismo radical» conviene señalar, primero, que en América solo un país está gobernado por un partido comunista: la menguante Cuba, donde en este momento más que una revolución comunista —sustituída desde hace años por una dictadura, según el análisis de algunas periodistas y el testimonios de personas exiliadas— lo que acontece es una emergencia humanitaria. Y, segundo, que el narcotráfico nada tiene de comunismo, radical o no.
Para hablar del narcotráfico, frente al cual nadie duda que es necesario actuar, resulta más plausible la noción «capitalismo gore», acuñada y desarrollada por Sayak Valencia. Para la filósofa transfeminista mexicana, esta variante del capitalismo es el precio a pagar por los países del «tercer mundo» para poder hacer frente a las lógicas capitalistas, patriarcales, consumistas y militares del «primer mundo», tan explícitamente planteadas en Gilead —perdón, por los liderazgos contemporáneos norteamericanos, como el de Hegseth.

Son esos sistemas —transfronterizos como casi todo— los que han dado lugar, dice Valencia, a los self-made men del capitalismo gore: una amalgama de emprendedores económicos, emprendedores políticos y especialistas en la violencia, inspirados en el machismo y en las masculinidades hegemónicas. Son masculinidades marginalizadas que surgen de la vinculación entre la pobreza y la violencia, de la yuxtaposición entre la proliferación de mercancías y la exclusión del consumo, y que emplean la violencia como herramienta de empoderamiento y acumulación de capital.
Una reverberación del narcisismo imperial que lo produce.
Por último, sobre el «sentido común», comparto algo que he aprendido en uno de los libros más reveladores que he leído en los últimos tiempos: El fin del mundo común. Hannah Arendt y la posverdad, de la politóloga española Máriam Martínez-Bascuñán.

Desde el marco arendtiano, el «sentido común» no es —como lo plantea el actual jefe de la guerra gringo— el sentido que compartimos con quienes piensan como nosotros, con nuestra tribu, ni el de nuestra bien trabajada caja de resonancia algorítmica. O no solo eso. El sentido común se construye a través de la conversación, no mediante la imposición. Es un sentido que nos da la facultad de situar nuestras experiencias individuales dentro de un mundo compartido con las otras personas, casi siempre diferentes.
El sentido común nos permite armonizar nuestros otros cinco sentidos —o siete, si agregamos esos recientemente identificados, la propiocepción y la interocepción— para orientarnos dentro de la realidad. Un sentido sin el cual se erosionan la solidaridad, la confianza y la posibilidad de vivir en democracia, entendida —más que como un régimen político— como un modo de comprendernos mutuamente, como una red invisible de significados compartidos. Un mundo en el que no reinen las cicatrices de la historia: las fronteras fuertes, con sus muros, sus alambres de púas, sus desiertos y océanos devenidos fosas comunes. El sentido común es, pues, la piedra angular de la vida en común.
Sin desestimar la complejidad de hacerlo —y precisamente por ello encarando el desafío que implica—, resulta conveniente, por no decir evidente y urgente, pensar y actuar desde feminismos dispuestos a tejer alianzas y construir coaliciones estratégicas. Como las que plantean bell hooks, Donna Haraway, Judith Butler, Teresa de Lauretis, Sayak Valencia y muchas otras feministas que, por fortuna, aún tengo pendientes por leer.
Ante los neofascismos que invocan o imponen la «unidad», nos convendría pensar menos en enfrentamientos de suma cero y concentrarnos más en desarrollar estrategias políticas que nos permitan habitar un mundo común: uno en el que la conversación y el diálogo —incluso atravesados por el disenso— sigan siendo posibles. Es desde ese tejido que podremos sostener que ninguna persona es una cosa, que nadie es desechable y que somos capaces de habitar un mundo común en el que, con nuestras diferencias a cuestas, todas tenemos derecho a aparecer.
[1] Argentina, Bahamas, Belice, Bolivia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Guyana, Honduras, Jamaica, Panamá, Paraguay, Perú y Trinidad y Tobago.

