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Columnas

Expediente Vegetal 28. Debemos dormir bien al precio que sea

Este mundo se divide en dos: los que duermen bien… y los infelices militantes forzados de la vigilia.
Raúl MejíaBy Raúl Mejía29 marzo, 2026Updated:29 marzo, 2026No hay comentarios9 Mins Read
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dormir
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Dormir bien al precio que sea. Escucha aquí la columna de Raúl Mejía:

https://revesonline.com/wp-content/uploads/2026/03/Dormir-bien.wav

Fuentes dignas de todo crédito me informan que una querida amiga vegetal (Ana Mary Rodríguez Aldabe) andaba muy contenta en su casa, tranquila y sin molestar a nadie.

Mala señal.

Cuando uno anda “muy contento y sin molestar a nadie” —siendo un vegetal o una vegetal — suele olvidarse de que somos viejos y todo rechina o le falta lubricación, pero hay algo peor: creemos que “no hay pedo” y emprendemos ciertas tareas sencillas y de alto riesgo.

¿Qué le pasó a esa mujer? Lo tradicional: un esfuerzo de más y de inmediato se puso en operación el mecanismo prescrito en el reglamento senil: algo truena, una bisagra que se desacomoda o un desperfecto en el área de la cadera. ¿Por qué todo pasa en esa zona anatómica a “cierta edad”? ¿Cuántas veces escuchamos frases como “iba bien feliz a la tienda, se cayó y se fracturó la cadera”?

Desde aquí mi deseo de una recuperación bienhechora para Ana Mary, lectora atenta de estas entregas. Que recupere la normalidad de su vida y la recomendación encarecida: evita, Ana Mary, por lo que más quieras, levantar o mover de lugar refrigeradores, estufas, camas o cualquier objeto de más de cuarenta kilos.

Entremos en materia.

Andan diciendo por ahí que uno de los flagelos de la humanidad es el insomnio y que, en promedio, el 35% de la humanidad lo ha padecido alguna vez en su vida.

Es mi caso.

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“No dormir bien” fue una experiencia plena de experiencias de toda laya y padecida hasta fecha relativamente reciente. Poco más de diez años, justo cuando devine vegetal de pleno derecho. Mi vida antes de pasar a las filas de los insomnes era la de un tipo despreocupado, luego todo cambió y requerí de varias sustancias para conseguir el sueño. Primero con somníferos de la medicina alópata —que casi siempre funcionan, pero fastidian muy feo al organismo — y luego con cosas homeopáticas. Las primeras suelen funcionar; las segundas, sólo cuando uno quiere que funcionen.

Cuando uno deviene vegetal, se deja de producir una cosa que se llama melatonina… pero mejor vamos a los datos duros porque son de lo más simpáticos.

Leí un texto perturbador respecto a la calidad del sueño y la responsabilidad de unos químicos cerebrales muy cotizados en esto del bien dormir. Me refiero, como casi todos lo habrán vislumbrado, a las hipocretinas. Esos cosas son las responsables de lograr (o no) un sueño reparador y son generadas, de manera harto codiciosa y neoliberal, por un pequeño grupo de neuronas domiciliadas allá, por el rumbo hipotálamo, al sur del tálamo y al norte de la glándula pituitaria. La idea atrás de mi gesto ubicador de esa cosa, es por si están interesados en el tema.

Chequen el dato perturbador: de los poco más de mil millones de neuronas que poseemos, sólo unas cincuenta mil tienen el monopolio de la producción de hipocretinas. O sea, estamos en manos de una avariciosa, sectaria y elitista banda de neuronas: ¡cincuenta mil en un universo de mil millones! Cuando ese grupúsculo decide que la producción de esas sustancias facilitadoras del sueño ha saturado el mercado, dejan de generarlas (las leyes del maldito mercado pues; la oferta y la demanda hasta en los procesos fisiológicos) y ya sabrán: cunde la narcolepsia, la vigilia forzada, el sueño a cualquier hora. Un desmadre en toda regla.

Neuronas dormir

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A medida que uno se hace viejo deja de dormir como Dios manda y los científicos, laicos por naturaleza y ajenos a cuestiones filosóficas sobre el arte de hacer nada, se pusieron a investigar el asunto en perros y ratones. Todos llegaban a la misma conclusión: los ratones viejos pierden hasta el 39% de capacidad dormilona y si pasa con esos bichos… pues es lo mismo con los humanos. La hermandad entre los roedores y el homo sapiens es estrecha.

Darme cuenta de eso y no atribuir mis desvelos a maniobras aviesas de la vejiga me hizo entender por qué tantos colegas estaban activos en sus redes sociales a deshoras. Como desvelado consuetudinario y culpígeno irredento, asumí como un hecho insobornable, la imposibilidad de reconciliarme con el sueño. ¿Qué hago? ¿Me pongo a leer o ver una película en Netflix, HBO, Prime, AppleTV, Disney Channel, MUBI o cualquier otra plataforma a las cuales estoy suscrito? Lo hice, por supuesto, pero a veces me metía al whatsapp a las tres de la mañana. Aquello estaba habitado por adultos mayores comunicando al mundo las lecturas llevadas a cabo, memes, videos  —y el envío del archivo respectivo, claro.

Veamos: un grupo compacto y cada vez más numeroso de vejetes —con fuerte tendencia a desaparecer— dejó de vivir normalmente. Para esos sujetos, hasta hace poco —digamos unos veinte años— los desajustes en los horarios personales eran cosa privada, pudorosa. Ninguno llegó a la edad provecta con información sobre la naturaleza de los desvelos, ni la rigurosa pertinencia de las horas destinadas al descanso.

Luego, sin apenas darse cuenta, empezaron a notar los cambios. Nada alarmante porque lo atribuíamos el simple hecho de ser vegetales. De hecho, la experiencia resultaba agradable porque un porcentaje significativo de esos individuos e individuas —si contaban con ingresos decorosos por vía de una pensión— ya había decidido que su verdadera vocación era escribir o pintar o tomar fotos y claro, hay que tener tiempo para hacerlo, aunque fuese en la madrugada. Las crónicas refieren lo desquiciados que pueden ser los creadores tardíos en el momento de ser poseídos por las musas.

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El caso, para no aburrirlos de más, es que sufrí mucho con el insomnio hasta que fui consciente de lo irrelevante de mi sufrimiento y lo pertinente de convertirme en un ser humano improductivo, un bueno para nada: si me despertaba a las tres de la madrugada, me decía “vaya, parece que me volveré a dormir a las siete de la mañana” y dejaba de preocuparme. Total: mi agenda estaba vacía por todo el mes.

Pero bueno, hasta las experiencias novedosas dejan de serlo cuando se hacen cotidianas y lo supe: sí me daban ganas de dormir como gatito ronroneante toda la noche. Sólo era cuestión de encontrar un remedio que no pasara por la medicina alópata ni los menjurjes homeopáticos.

La solución a mis problemas de insomnio llegó a través de uno de mis hijos: Fabrizio. Este escuincle se dedica a muchas cosas. Biólogo de formación abandonó (creo jamás ejerció esa profesión) y se convirtió en un intérprete de altísimo pedorraje del inglés al español y viceversa. Dejó de serlo cuando un robot le quitó la chamba que por años desempeñó como un humano competente en eso de traducir al español lo que decía algún abogado o médico angloparlante para traducirlo a un paisano en Estados Unidos en problemas legales o médicos.

Hoy se dedica a lo que más le gusta en esta vida: cuidar y atender perros, hacer trabajos de herrería y atender las necesidades de ciertas personas con achaques diversos y no graves.

Gracias a uno de sus brebajes, el insomnio dejó de ser un tema de mi atención. Tres gotitas de su aceite mágico y bye. Me duermo de corrido y si acaso una inoportuna micción me obliga a levantarme, ocurre el verdadero milagro: recupero el sueño de inmediato.

Dormir

Antes no era así. Una meada a las dos de la mañana tenía efectos inmediatos, no podía reconciliar el sueño y todo mundo (sobre todo en el sector varonil) sabe las jugarretas que la vejiga y la próstata infligen a los varoncitos. No para uno de levantarse a altas horas de la madrugada para tributar exiguas micciones que bajan el nivel de vida de esos sujetos miserables con próstata rebelde.

Mi dependencia de ese gotero con sustancias propiciadoras del sueño, me convirtió en un adicto light y me preocupé. ¿Qué pasará si un día —Dios no lo permita— Fabrizio se enferma y no puede fabricar más aceites mágicos? ¿Qué será de mí y docenas de insomnes consumidores de ese aceite de los dioses si decide cambiar de rubro emprendedor? Eso me angustió y se lo comenté a mi cuñado Felipe, quien me dijo que había descubierto un plan alternativo a los aceites de mi hijo. “La angustia de no tener esos aceites me tenía enfebrecido” —me dijo. Obvio, le pregunté si tenía un plan B porque la angustia de ver cómo el gotero se va agotando me pone como un miserable yonkie.

Y sí, lo tenía: “Ponte Vick VapoRub aquí, atrás del lóbulo de la oreja”. No le creí, pero como dice la filosofía en su vertiente de la paremiología: “El jodido, a todas va” y esa noche me puse la famosa pomada.

Santo remedio… por unos días, porque la ciencia atrás del Vick VapoRub no ha avanzado mucho y sólo me durmió por una semana. Luego, la dependencia del brebaje mágico de Fabrizio volvió a alterar mi paz espiritual y dormilona. Decidí comprar un paquete de cuatro goteros de esa sustancia. Nota pertinente: el Vick VapoRub en ciertos homínidos sí funciona de manera razonable.

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Sé que el insomnio mata la calidad de vida. Por eso les doy el chisme de esos aceites mágicos. De su eficacia también puede dar fe la convaleciente Ana Mary —mencionada más arriba.

No quiero crear falsas expectativas: la sustancia no opera de inmediato. Se toma su tiempo, pero hay algo fuera de lo normal y sólo los insomnes profesionales valorarán la mejor de las prestaciones aceitosas: usted se puede levantar a miccionar a las tres de la mañana, se regresa a la cama… y vuelve a dormirse.

Este mundo se divide en dos: los que duermen bien… y los infelices militantes forzados de la vigilia.

No sufra. Pida informes en los comentarios, por whatsapp o por inbox.

Este Expediente Vegetal fue un servicio social.

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Raúl Mejía
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Raúl Mejía. Escribidor. Ha publicado libros que nadie ha leído. Publica sus ocurrencias únicamente en Revés Online y son más extensos de lo normal. Sus artículos parece que sí se leen y por eso cuida a sus lectores. Los tiempos no están para andar dilapidando esa especie en franco proceso de extinción.

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