Creo el asunto lo he abordado en mis entregas semanales: ¿cuál es la agenda de los perros? ¿A dónde van con esa cara de preocupación, como si ya estuvieran retrasados para llegar a alguna parte?
Mi relación con los cánidos, peludos, huellitas o viles perros es añeja y fraterna, pero nunca he sido dueño de uno. En cambio, uno de mis hijos (Fabrizio) los adora más allá de lo comprensible y tiene tres en su casa. Mi hermana (Iliana) dedicó parte de su vida a recoger perros de la calle y luego les encontraba hogar (le dejó tres a mi cuñado como recuerdo); una de mis nietas tiene cuatro perros en casa, tres tortugas y como quince peces.
Los perros me caen bien, pero reclaman una atención que no tengo ganas de dispensárselas (o no todavía). Lo mío lo mío va por lo felino. He convivido con esos seres independientes, indiferentes, convenencieros. Llegué a tener dos lindas gatas negras como la más oscura de las noches y sufrí más de lo humanamente recomendable cuando una se salió a vagabundear con sus amiguitos del tejado y alguien me dijo que la encontró muerta a la orilla de un lote baldío. La otra simplemente no regresó de vaya usted a saber qué andanzas del alba andaba.
Pero volvamos a los perros.
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Los derechos que esos animales han conquistado —por interpósita persona— son palpables y cada vez más generalizados. Por ejemplo, en las farmacias de la franquicia “Guadalajara” (o al menos en la que está cerca de mi casa) en esta época de calor, los canes pueden estar en la sombra del establecimiento sin ser molestados y hasta agua se les pone. Me informan que eso ocurre en otros sitios. Eso está chido.
Tengo varios amigos que los aman, cuidan y presumen. La mayoría son perros de la calle, sin “estudios universitarios” y poca educación. Perros suertudos pues: la vida ya los había condenado a vivir en el borde de la tragedia, pero esos amigos los recogieron, adoptaron y ahora son parte de una perra clase de peludos con suerte, privilegiados y minoritarios—-como sus pares de fina estampa e importantes antepasados.
¿Hay algo más triste que ver un perro con pedigrí a quien sus dueños han abandonado a su suerte lejos de casa? Andan espantosamente desorientados, sin saber qué hacer, a dónde ir y siendo objeto del desdén de los perros de colonias bravas en donde nomás “no se hallan”. Duran poco con vida porque el arte de cruzar las calles es un aprendizaje sólo al alcance de perros callejeros y se aprende ahí, en el asfalto. Esos canes del “género finoles” no alcanzan a ser duchos en eso de cruzar avenidas y mueren jóvenes o al poco tiempo de ser arrojados a la vida real.
Pero no me pondré en plan melodramático.
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Hace unos días andaba muy ontológico y ya saben cómo nos ponemos quienes somos víctimas de la ontología. Mi caso era el normal en estos casos: me puse a intentar definir la naturaleza del ser y la realidad, cuestionando la existencia de conceptos universales, de objetos abstractos (como los números irracionales que andan sueltos por ahí), y la relación entre mente y materia.
En eso estaba cuando vi una banda de perros callejeros trotando con un ritmo similar al que adoptan algunos humanos que van a una reunión de trabajo importante.
Los perros callejeros (y sólo ellos) siempre parecen tener una agenda llena de compromisos. No pasa lo mismo con los perros finos ni con los corrientes que han sido adoptados y viven en el privilegio por la vía del azar.
No.
Me refiero a los peludos de la calle. Esos a quienes uno ve pasar corriendo o trotando o caminando con parsimonia a algún lugar.

¿A dónde van?
Los perros que me arrancaron de mi ánimo ontológico pasaron junto a mí ignorándome. A unos pasos de mis cavilaciones se detuvieron, cruzaron miradas y dos de ellos enfilaron al Sur, otro al Este y el otro se sentó a lamerse los huevos, una actividad lúdica muy procurada por los canes callejeros, sobre todo cuando merodean carnicerías y hay chorizos colgando.
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Un perro siempre tiene un asunto por resolver a unas cuadras de distancia. Puede estar echando la hueva en una banqueta y de pronto “se acuerda” de algo. ¿Una cita? ¿Debió ir a enterrar un hueso robado de una carnicería?
Como simples humanos estandarizados, nunca sabremos de qué se “acuerdan”. El caso es que se levantan de improviso, ponen cara de “en la madre, se me olvido que…” y se lanzan con rumbo desconocido. De ahí viene la frase humana de “eres un pata de perro”.
Eso no le pasa a un gato. Un gato tiene rutinas muy claras, incorruptibles. En este ensayo, análisis o simple relato, no me ocupo de los gatos callejeros porque viven muy poco. Son tantas las broncas en que andan inmiscuidos que en cualquier callejón “les dan piso” a temprana edad.
Mi tema son los felinos hogareños. Todo felino digno de respeto y habitante de un hogar decente sólo se levanta para que le den de comer, para que lo acaricien, para salirse en la noche a echarle la bronca a otro gato o para “cogerse cariño” con una gatita ronroneante y víctima de un estado sicalíptico desbordado —pero en sana y festiva consonancia con la calentura del machín.
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Echarle la bronca a otro gato y cogerse con una gatita sólo aplica si el felino hogareño cuenta con sus dos adminículos masculinos bien puestos, es decir, si aún conserva sus dos huevitos colgando en la parte de atrás de su ágil cuerpecillo. Si sus dueños ya se los extirparon, la razón de ser de un gato se reduce a las dos funciones básicas: comer y ser acariciado. Eso es plenamente explicable: nadie anda orgulloso por la calle… sin huevos. Una vez desvirilizado, deshuevado (en la práctica o metafóricamente hablando), todo machín digno de ese apelativo, se retira de la vida pública, opta por el hogar, por no salir con amigos, se ponen ontológicos y escriben textos piteros sobre perros y gatos, por ejemplo.

Piensen en esto: un león raras veces deja de echar la hueva. A cambio de su melenuda protección, sus leoncitas —siempre son varias y de muy buena estampa— se ocupan de la enfadosa tarea de cazar cebras, por ejemplo. Póngase serio y responda: ¿a cuántos leones han visto corretear cervatillos por las praderas? Eso es cosa de mujeres (de leonas pues). Ellos, como reyes, llegan cuando todo está servido, comen primero y se van a seguir echando la hueva.
Pero los perros no. Ellos, como les mencioné antes, tienen una agenda muy ocupada e inaccesible a los seres humanos. Fíjese bien la próxima vez que vea un can trotando: su mirada no se distrae. Siempre mira al frente y sólo hacen pausas para echar meadas territoriales cada treinta metros. Cuando llegan a una esquina otean el ambiente, hacen la lectura de los vientos y sin dudarlo se van a la izquierda, a la derecha o siguen derecho (raras veces retroceden). ¿A dónde carajos van?
Una cucaracha lo sabe: sale de la coladera y se va a su casa (la de usted, lector) para ver qué onda con los desperdicios y avergonzarlo si hay visitas y todos la ven corriendo a velocidades supersónicas a esconderse (“¡Ay, qué horror! ¡Es la primera cucaracha que veo en mi casa, se los juro!”).
Un gorrioncillo lo sabe: va por un bichito en el jardín o en la calle; una gallina lo sabe, va, pragmática, “al grano”; una abeja por el polen; un puerco a tragar porque es lo único que hacen… y nosotros, humanos al fin, a creer que somos importantes, que no perdemos el tiempo, que nos admiran y que hacemos Historia —con mayúscula.
Yo, la mera verdad, llevo años preguntándome a dónde van los perros cuando se incorporan de repente, como recordando que se les olvidó una cita con un amiguito en otra colonia.
La próxima vez que la ontología me agarre de salva sea la parte, me sacudiré esa incómoda sensación de ponerme conceptualmente intenso y seguiré a un perro con agenda atestada.


