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Columnas

¿Publicar en el Real Madrid o jugar en Penguin Random House?

Si un escribidor quiere ser leído (razón de ser de todo escribiente que se respete) deben crear su “nicho de mercado”.
Raúl MejíaBy Raúl Mejía15 febrero, 2026Updated:15 febrero, 2026No hay comentarios14 Mins Read
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PRIMERA PARTE

Cualquier intento oficial o no oficial por promover la lectura de libros nomás por el placer de leer tiene mi apoyo… pero si hay suficientes millones de libros en el globo terráqueo para leer toda la vida ¿para qué pintarle otra raya al tigre? Respuesta: ¿por qué no? Es legítimo aspirar a tener nuestro libro publicado. Sólo debemos orar para que alguien lo lea… algo, de suyo, difícil de conseguir.

Cuando me entero de la ingente cantidad de libros que se editan hoy en día hasta nervioso me pongo. Vean este dato escalofriante: en Amazon/Kindle se autopublican, cada año, aproximadamente tres millones de libros y (opinión personal) para mí el 99.1% es pura basura. Por cierto, en esa plataforma —y en ese ominoso porcentaje— tengo tres de mis obras maestras perfectamente desconocidas por “el gran público”.

Cuando me percato de cuántos escritores son excretados cada mes en Michoacán, por ejemplo, viene a mi memoria un sobrino, Imanol se llama, quien decía —con el sobrado aplomo de los doce años— que cuando tuviera quince estaría jugando en las fuerzas básicas del Real Madrid.

Muy conmovedor, pero ¿qué relación tiene mi sobrino con la lectura de libros?

Pues la tiene, pero deben tener paciencia.

Al final, mi sobrino logró su sueño futbolero de acuerdo a sus circunstancias de clase, economía, lugar de nacimiento, relaciones balompédicas de su familia (nulas), código postal, nivel de los equipos y cosas así: mi sobrino pudo jugar, por un poco más de un año, en la tercera división futbolera profesional de México. Concretamente en el Estudiantes FC de Morelia.

Algunos de los lectores se preguntarán si jugar en la tercera división es algo como para presumir o si ese chamaco no tenía más por ofrecer en la ciencia futbolística.

Creo mi sobrino tenía talento “para más”, pero los factores sociales, económicos, culturales mencionados más arriba, fueron tan gravosos que sólo “le alcanzó” para que los directivos del Estudiantes FC se fijaran en él. Irse al Real Madrid era una linda ilusión; pretender ser como Messi, Kylian Bbappe o Yamile Yamal es una excelente aspiración.

Al final, mi sobrino —por si estaban preocupados por su destino— terminó en un ecosistema donde el código postal, el origen social o las relaciones no tienen tanto peso específico, pero en donde sí se requiere de un talento por arriba de la media nacional. Me refiero a la ingeniería en general y a una de sus ramas en particular: la aeronáutica. En ciertas áreas del entorno universitario (ciencias exactas, sobre todo) la rifa más la calidad académica, los conocimientos comprobados y esas prendas o cualidades cosas que se miden con raseros estrictos y con independencia de la clase social, relaciones y color de piel.

SEGUNDA PARTE

Tener referentes celestiales puede ayudar a formar a un buen futbolista de barrio y si el soñador tiene muchísima suerte, a un crack de segunda o tercera división. Pero ¿saben una cosa?, incluso así, son millones quienes quedarán fuera de la oportunidad de jugar en esa franja del futbol profesional. Serán futbolistas de calle, de llano, de colonia.

¿Qué es de los millones que sueñan con tener una oportunidad en el Manchester United? ¿Serán más los millones de aspirantes a futbolistas profesionales que los aspirantes a publicar un libro o a ser ingenieros en aeronáutica?

Sigo con el fucho (y con los escritores, aunque no lo crean) y le pregunto a Google qué significa ser un jugador de nivel medio. Me responde a través de la inefable IA:

Un futbolista de nivel medio es un jugador profesional que se desempeña de manera competente y constante en clubes de ligas medianas o pequeñas. (También) es un jugador de rotación o suplente en clubes más grandes de ligas top. Su principal característica es la consistencia y la capacidad de sustentar a su club con un rendimiento fiable, sin ser considerado una superestrella o «crack» mundial (…) Pueden tener cierto prestigio a nivel de club o nacional, pero generalmente no figuran en los rankings mundiales de los mejores jugadores, que están dominados por élites que juegan en los clubes más grandes de Europa. 

Un jugador de nivel medio ya es una cima respetable. Cualquiera de los auxiliares y comparsas ocasionales de Jude Bellingham o de Erling Haaland, cotizan en la definición de Google.

¿Dónde quedan los millones que tampoco llegan a la medianía de la élite futbolera?

La idea ya está clara: estar en la cima, en donde se respiran atmósferas inimaginables a los mortales, implica tener hartísimo talento, pero también suerte. Hay miles de ronaldinos que no conocimos; igual con los escritores.

¿Messi llegó por pura suerte al olimpo?

La leyenda lo proclama: desde que era un feto ya daba muestras de ser un crack del balompié.

¿Dije feto? Pues me equivoqué. Siendo apenas un mini espermatozooide nadando con cadencia de tritón hasta el óvulo de la madre que lo parió, sus espermáticos y seminíferos compañeros de ruta ya especulaban sobre su calidad: “Ese güey hará poesía con el balón” —dijeron cuando el pequeño gameto con sus 23 cromosomas invadía el óvulo materno. Así dio comienzo la epopeya. Un talento así necesita beca. Barcelona FC se la dio.

Messi fue un milagro de la madre naturaleza para beneplácito del mundo futbolero. Un genio, un prófugo del siglo de oro español en plena postmodernidad. Messi era, fue y todavía sigue siendo un genio. Los genios, en cualquier ámbito, son casi siempre accidente del destino y se agradece. ¿Logran colarse algunos advenedizos en las élites de ese deporte? Sí. Ocurre. También en el mundo del Derecho (ahí se cuelan casi todos), la Psicología, la Economía, la Política (ahí se cuelan los peores seres humanos), la plomería, la agricultura.

Real Madrid

TERCERA PARTE

Hace unos meses, un amigo que tiene muchas credenciales académicas en su área de interés (cuenta con maestría, doctorado, postdoctorado, diplomados por doquier y vainas de ese talante) asistió a una de las reuniones que un amigo y su mujer propician cada fin de año en su domicilio, en un lugar conocido como El Zapote. Ahí estábamos todos bien contentos de vernos y haciendo grupos con conversaciones de toda laya.

“En un momento dado”, un grupo selecto agarró un tema que ameritaba toda la atención y trasladamos el chisme al jardín. Sólo así nos libramos de ser interrumpidos por conversaciones superficiales. El tema: el infame nivel educativo en México.

Como ya es de todos sabido, somos “mayoría calificada” quienes consideramos que nuestro sistema educativo genera una perturbadora cantidad de burros desde la primaria (sobre todo en ese nivel) pero aún hay más: llegan a la licenciatura y se titulan. Es incontenible la marejada de badulaques con ese grado y con muchas ganas de reproducirse, pero además son osados: quieren seguir estudiando. ¿Alguien puede detenerlos? A veces, sí.

En esa reunión le preguntamos al amigo con un chorro de grados académicos, si pasaba lo mismo en el exclusivo y alto nivel universitario en donde él escancia sus conocimientos (los posgrados) y dijo que no. Hasta sonrió con la displicencia característica de los científicos cuando se comparan sus feudos precisos, analíticos y casi sin molestas subjetividades… con esa macana de la especulación y la invención sin freno propia de la sociología, psicología, la economía o la sociología.

Notarán que no mencioné la filosofía. Fue a propósito. Las matemáticas y la física, por ejemplo, están más vinculadas a la filosofía, la dialéctica y la poesía… que la economía, por ejemplo. Cuando escucho a ciertos invertebrados hablar de “la ciencia del Derecho”, sonrío socarronamente. La mayoría de los licenciados en Derecho que conozco no se toman en serio esa chistosada del carácter científico de su oficio. Porque a eso es: un oficio de sofista a sueldo.

Pero bueno, el caso es que Mijail Hrusak —así se llama nuestro amigo de sonrisa suspicaz y conocedor de los más recónditos secretos de las matemáticas— dijo que no era posible: en su mundo y a partir de ciertos niveles del conocimiento era imposible que un palurdo (o un burro) llegue a los niveles de conocimiento en donde él y otros druidas enseñan. No cualquier fulano le entiende a la Hipótesis de Riemann… y son menos quienes le entienden a  la suavidad de las ecuaciones de Navier y de Stokes.

Lo mismo pasa con los filtros para acceder a una ingeniería en aeronáutica u otra “disciplina dura”. Ahí, si alguien tiene talento —pero no tiene dinero— se le beca.

Las cotas de exigencia académica en donde Mijail es feliz son tan altas, que sólo cierto tipo de seres humanos pueden superar los implacables filtros de calidad a que son sometidos los apirantes. Eso me reconfortó: al menos en el rubro de las matemáticas no logran colarse las hordas de catetos con iniciativa que se cuelan en otros campos del saber.

Eso trajo a mi ya fragil memoria una clase de matemáticas en la secundaria a cargo de un profesor súper exigente. Ese señor, muy serio y con cara de aburrido, nos contó que en la entrada de la Academia de un tal Platón, había un letrero que decía más o menos así: “nadie que ignore geometría, penetre bajo este techo”. Lo dijo como advertencia de lo que se nos venía en esa materia.

Nunca he olvidado esa clase ni esa frase. De verdad me apantalló e influyó en varias parcelas de mi vida (hasta la fecha). Sobre todo, me hizo intolerante a la necedad, a los colectivos identitarios y alérgico a la ideologización (sobre todo partidista) de las relaciones.

La calidad, el mérito, los filtros insobornables para acceder un nivel superior, pero sobre todo la exigencia, hacen la diferencia. Por fortuna las matemáticas y/o las ciencias duras están un poco más alejadas de las intepretaciones hipersubjetivas… y uno esperaría lo mismo de la medicina (pero ya circulan ciertas dudas) o la ingeniería (pero ya hay pruebas de su relajación).

Para lo que no hay filtros es para la incompetencia y la necedad. Eso me recordó otra frase contundente cuando de los grandes acontemientos se trata, me refiero a esos sucesos a los que les buscamos grandes causas u orígenes. Fue expelida por un señor que se llamaba Bioy Casares y va así: “El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez”.

Esa inmarcesible cualidad humana (la estupidez, la necedad) está en plena expansión y ya ni nos damos cuenta de su presencia. La tenemos, como se dice actualmente, “normalizada”.

CUARTA PARTE

Las cosas no son diferentes en el mundo de los libros.

Pero sobre todo entre quienes aspiran a ser escritores o ya creen serlo.

Pero sobre todo en los que se mueren de ganas de publicar su libro.

Pero sobre todo con esos apirantes que quieren ser como Messi y creen que “echádole ganas” lo conseguirán.

¿Y la lectura? Lo que sí importa es leer y eso, a muchos neoescribidores, les preocupa menos. Publicar, importa; leer o ser leídos, no tanto.

En el mundo —me informan— cada año emergen millones de mediocres aptos para publicar un libro (eso ya lo puede conseguir cualquier pelagatos); otros tantos ansiosos de fama (eso ocurre cada vez con más frecuencia) y otros quieren ser leídos (eso sólo ocurre por mediación de un milagro).

Pocos quieren ser sólo lectores. La mayoría anhela llegar a la fase superior de la medianía: escritores que nadie leerá. Irrelevantes por derecho propio.

¿Sirve de algo darle una beca a alguien para que escriba una novela o un libro de poesía? Pues para quien recibe la beca, sí; para la sociedad, no. Sobre todo porque los filtros de calidad y exigencia a los que aludió Mijail Hrusak en la fiesta de El Zapote, son una vacilada fuera del ámbito científico. Cualquiera puede ser escritor o poeta. Es cosa de graznar, por unas semanas, “soy escritor” y todo su entorno le cree. No hay filtros pues. De hecho eso me pasó: alguien dijo “es escritor”… y lo creyeron.

Para fines realistas, con beca o sin beca, lo que ese sujeto o sujeta escriban es trivial. Podemos vivir sin su aporte a “la ciencia de la literatura”. A nadie le importa… pero si quieren ser leídos, la cosa cambia y hay buenas noticias: en ghettos como las redes sociales seguro habrá diez o treinta o cien personas que digan “Ey, mira, Rosita publicó otro poema en su feisbuc”. Cuidar, procurar a esas amables personas que nos leen en las redes sociales, habla de nuestra buena educación.

¿No hay forma de controlar la micosis de escritores emergentes y chafas? ¿Y los milagros que de repente se dan en la provincia? Pues nada. Ahí están, esperando otro milagro.

FINAL ESTRUENDOSO

Les diré algo tajante (pero realista): uno de los mejores escritores que ha dado esta tierra de palomas mensajeras suspendidas en su vuelo es Sergio Monreal. Este chamaco podría ser parte del catálogo del holding Planeta o el del FCE, pero está cañón que lo pelen por lo que mencioné hace rato sobre mi sobrino que se veía en el Real Madrid a los quince años. No hay estructuras que permitan salir del charco local… y muchos son felices en ese charco. Eso está chido. Cada quien sus gustos.

Hace unos días, un columnista (Alberto Olmos) soltó esto: “La realidad, ya que estamos, es muy otra, y yo se la cuento porque para eso me pagan: usted no tiene ninguna posibilidad de publicar un libro en España en una editorial importante. Absolutamente ninguna. Puede escribir usted Guerra y Paz o La montaña mágica, no le digo que no; pero nadie se las va a publicar (…) A voleo, les diría que el 90% de los nuevos autores que vemos cada día en los escaparates llegaron a las editoriales por uno de estos caminos: 1) recomendados por autores relevantes del propio sello, 2) amigos del editor; 3) amantes del editor; 4) amigos o amantes de amigos o amantes del editor; 5) periodistas de la sección de Cultura”. (“El placer de rechazar manuscritos”, publicado en El Confidencial, febrero 8, 2026).

¿Hay solución?

Obvio, sí, sólo que mi oportunidad para andar proponiendo soluciones específicas a problemas generales ya caducó hace años, pero de que las cosas tienen solución y pueden ser diferentes y mejores, no tengo duda.

Tal como veo las cosas y mientras le damos chance de nacer a la generación que descifre el misterio de la mediocridad michoacana en casi todos los ámbitos, lo único a la mano (en materia de lectura) es poner la atención y el cuidado en los lectores que sí tenemos. De cien u ochocientos amigos en el feisbuc, por ejemplo, seguro hay cinco o treinta que leen nuestros textos creativos y, eventualmente, se animarían a comprar un libro de nuestra autoría. Eso ya se hace y parece funciona de manera adecuada.

Si un escribidor quiere ser leído (razón de ser de todo escribiente que se respete) deben crear su “nicho de mercado”. Se recomienda dejar de lado el romanticismo: los magnates de los emporios transnacionales librescos nunca leerán al gran escritor de Zamora, por ejemplo. ¿Entonces qué? Pues nada, que sería chido que fuésemos el mercado de lo que decimos preferir. Ahí está la clave.

Ya es posible publicar cincuenta ejemplares (o menos) de nuestra novela, poemas, ensayos y cuentos. Si de ser leídos se trata, con eso basta. Seguro una o dos docenas de los feisamigos comprarán nuestro aporte a la literatura universal… y quizás hasta lean esos librillos de a peso. Esa es la medida de nuestros alcances —salvo excepciones.

Pensar así salva la vida de docenas de arbolitos que no quieren ser libros, sino eso: arbolitos… pero no nos confundamos: no es lo mismo presumir un libro en papel que uno en versión electrónica.

¿Quién iría a la presentación de un libro digital?

Peor: ¿quién lo leería?

La vanidad en forma de libro mantendrá a las imprentas (únicos negocios aún rentables en materia de impresos) en números negros por un buen rato. Hasta las editoriales se han metido de lleno en el negocio de la maquila. Sobrevivir es la divisa.

Pregunta clave para terminar: ¿alguien leerá tanto libro pitero?

Por fortuna, no muchos.

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Raúl Mejía. Escribidor. Ha publicado libros que nadie ha leído. Publica sus ocurrencias únicamente en Revés Online y son más extensos de lo normal. Sus artículos parece que sí se leen y por eso cuida a sus lectores. Los tiempos no están para andar dilapidando esa especie en franco proceso de extinción.

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