Con aquello de las fiestas patrias, la oficina se puso muy mexicana. No de ese México que aparece en los discursos baratos de políticos, ni mucho menos el de los libros de historia. Se llenó de un México más sencillo, más popular: el de las imágenes de la lotería mexicana.
A una compañera se le ocurrió poner ese juego típico por todos lados. Corrió a una tienda de chinos, compró varios juegos gigantes y tapizó las paredes del edificio. De pronto, aparecieron El Sol, La Luna, El Catrín, La Dama, La Rana, El Gorrito, La Estrella y todos los personajes que los mexicanos conocemos desde niños. El lugar se advertía festivo. Varios compañeros preguntaron por qué la Lotería como decoración, como si no hubiera algo más mexicano que ese juego.
Mientras observaba a los personajes de los muros, un compañero se acercó a mí
-¿Cuál serías tú? -dijo.
No supe qué responder. Hice lo que debe hacerse para no parecer tonto: le devolví la pregunta. Eligió El Árbol.
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Aclaró que no era su personaje favorito, ni había un significado especial o algo por el estilo. Se identificaba con un árbol porque le gusta la naturaleza, los bosques, el aroma y la sensación de tranquilidad que produce estar en un bosque, rodeado de paz.
Su respuesta me pareció fulminante y, aún más, poética. De pronto, las cartas tuvieron otro significado. Juntos, iniciamos un juego en el que nos identificábamos con las imágenes. Las cartas se convirtieron en espejos. Le dije que yo elegiría la estrella. No solo porque está arriba en el cielo, sino porque me encanta la idea de estar a la distancia, observar todo y, al mismo tiempo, brillar.
Continué con el Catrín, porque no hay nada como vestir bien. Podría parecer vanidad, pero la elegancia implica respeto, algo no muy común en nuestros días.
Concluimos que La muerte, si bien da miedo, es transformación. El corazón es amor y vulnerabilidad. La Luna puede representar misterio, imaginación o incluso esas partes de nosotros que preferimos no mostrar en público.
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Entonces descubrí por qué la Lotería Mexicana sigue siendo importante para los mexicanos. Además de estar presente en las fiestas y celebraciones familiares, sus imágenes parecen haberse quedado a vivir en algún lugar de nuestra memoria. El Catrín, El Nopal, El pájaro, La Dama, El Valiente, La Araña…
No necesitamos explicaciones sobre su origen. Los reconocemos porque el juego no pretende mostrarnos un México perfecto o histórico, sino uno real.
Hay una tensión entre el amor y la muerte, la belleza y lo grotesco, la riqueza y la pobreza, la religión, el campo, el trabajo, la suerte, el miedo y el deseo y, hasta cierto punto, una manera de reírnos de nosotros mismos en ese pequeño universo de 54 cartas. Quizá por eso podemos seguir encontrando algo nuestro en ellas.
Si hiciéramos nuestra propia lotería cada quien tendría una carta que los demás reconocerían de inmediato. Quizá habría alguien que sería El Árbol porque le gusta la naturaleza -como mi compañero-, otro sería El Sol, porque necesita iluminarlo todo, alguien más sería La Campana porque siempre está anunciando algo, otro sería La Rana porque parece estar siempre dispuesto a saltar hacia otra cosa y, con toda seguridad, habría uno que sería El Borracho, aunque dé pena admitirlo… yo empiezo a considerarlo.
Algo es seguro, en este momento me quedo con La Estrella. No es por soberbia o superioridad, sino porque me gusta la idea de estar allá arriba, mirar las cosas desde la distancia y conservar mi luz propia. Quizá mañana, si alguien me hiciera de nuevo la pregunta, elegiría otra carta.
Todos cambiamos y talvez esto sea lo más interesante del juego: las cartas permanecen iguales, pero nosotros no. Un mismo personaje puede significar algo distinto a los veinte, a los treinta, cuarenta o sesenta años. Quizá de eso se trata crecer, de volver a mirar las mismas cosas y descubrir que ahora significan algo diferente. De volver la vista atrás y darme cuenta de que todos los años vividos han dejado alguna huella que ahora me hace ver todo desde otro ángulo.
La próxima vez que vea una Lotería Mexicana, con toda seguridad, ya no la miraré de la misma manera. Quizá busque mi carta, mi personaje, o tal vez me quede mirando las cartas de los demás, tratando de descubrir qué encontraron de sí mismos en ellas. Después de todo, la Lotería nunca fue solo un juego de azar, quizá también ha sido, sin que nos diéramos cuenta, una manera muy mexicana de reconocernos.



